“El pueblo está como cuando la pandemia”
Consecuencias de los temporales
Los pocos vecinos permanentes de Benamahoma se adentran “cansados” en su tercer fin de semana de ‘confinamiento’ y con la A-372 hecha unos zorros
Así es la vida en Benamahoma, aislada por el colapso de la A-372
El 1 de agosto de 2014 encontraron a Bartolo, a sus 89 años, sentado en una piedra del monte apoyado en su palo de caminar. Parecía dormido, pero estaba muerto. Bartolo vivía con sus cabras y una pequeña radio que siempre emitía noticias en una de la decena de casitas dispersas del Boyar, el puerto a medio camino entre Benamahoma y Grazalema donde se puede ver en los días claros la Bahía de Cádiz. Lo de vivir con las cabras era literal. Me cuenta Pili, una sobrina suya que trabaja en el ayuntamiento, que no era raro llegar a su casa y ver a un chivo dando botes en su cama.
Bartolo no era cualquiera. Era un sabio. Por el comportamiento de las cabras era capaz de predecir la llegada de las lluvias y, como no está Bartolo, no podemos saber cómo se comportaron las cabras cuando se estampó la primera de las borrascas de 2026 en la sierra de Grazalema y el cielo cayó sobre las cabezas de sus vecinos. Ahora en el Boyar sólo queda un matrimonio de nonagenarios tozudos que se han negado a venir a refugiarse al pueblo de los temporales. Uno de los familiares ha ido estos días a llevarles víveres primero en una motillo y luego, a pie, sorteando la carretera rota, la A-372, que mantiene aislado a Benamahoma por arriba y por abajo.
La figura de Bartolo se recuerda en un azulejo -“en sus manos están los surcos por donde corre el agua y el tiempo”, se puede leer- en la entrada a la placita donde se celebran las verbenas de la fiesta de los moros y los cristianos. En esos días de verano el pueblo está hasta los topes de gente que alquila las numerosas casas turísticas con las que la mayoría de los de por aquí se ganan un sobresueldo. Hoy, no. Hoy, Benamahoma es un pueblo fantasma, sin un solo bar abierto, ni siquiera el Bujío, la popular venta que anuncia el final del sendero del río Majaceite que en primavera parece la Gran Vía de la cantidad de caminantes que hacen el recorrido entre El Bosque y Benamahoma. Ahora el sendero aparece clausurado con cintas de ¡Peligro!
Abandonados
Un agente de medio ambiente me dice que ha visto raíces de pinsapos podridas, lo que es muy raro por lo acostumbrados que están al agua, que el manantial rebosaba como nunca, que Los Cachones, donde nace el Majaceite, parecen los Pirineos, irreconocibles. El pueblo del agua, el pueblo de las fuentes a donde vienen de tantos sitios para llenar garrafas de agua pura, está hasta el cuello de agua. Una anciana que espera la llegada del médico que la atenderá en el ayuntamiento, porque el consultorio se inundó y ha quedado inservible, valora que lo único bueno que tiene esto es que antes tenían un servicio sanitario dos horas al día y ahora tienen médico de guardia las 24 horas. “Sabemos que lo peor se lo ha llevado Grazalema y que fíjate en Ubrique, que parecía una cascada, pero la verdad es que aquí también nos hemos sentido un poco abandonados, quizá porque somos pocos”, me relata una vecina.
Benamahoma tiene 450 habitantes porque se ha decidido así, pero no hay censo oficial. Es una población flotante que a todos los efectos son habitantes de Grazalema, un pueblo que ahora está a cerca de una hora por el rodeo que hay que dar para llegar. Y sí, tan pronto hay muchísima gente como muy poca. Y ahora hay muy poca, los menos de 300 a ojo de buen cubero que viven allí de manera permanente, según calcula Pili, que se muestra eufórica por el nacimiento de seis nuevos paisanos, lo que permitirá a la escuela rural permanecer abierta unos cursos más.
“He visto pinsapos con las raíces podridas y el manantial está irreconocible”
Uno de los pocos jóvenes que es habitante permanente es Manolo, que regenta el supermercado y estanco que ha heredado de su padre, que acaba de publicar sólo para la gente del pueblo sus memorias. En Benamahoma hay un enorme orgullo de pueblo y no son pocos los que cuando consideran que ha llegado el momento escriben sus recuerdos, los recuerdos de la gente de las montañas. Es Manolo el que me dice que “lo que estamos viviendo es lo más parecido a la pandemia, el pueblo vacío vacío”. Como uno de los principales abastecedores, me informa de que “desabastecidos no hemos estado, más allá de que hemos estado tres días sin pan y ha podido faltar puntualmente algo de fruta, pero también te digo que ha sido complicado”.
Las ventanas
Cuando el pasado 30 de enero la carretera se fue al traste, partiéndose en dos camino de Grazalema, y cayendo los pinos y el lodo calizo sobre el trazado camino de El Bosque, hubo que decretar el aislamiento del pueblo. Ni entrar ni salir. Con los días, se estableció un sistema de ‘ventanas’, de ocho menos cuarto a nueve y cuarto por lamañana y de 15,30 a 16,30 por la tarde, para transitar hacia El Bosque. En ese recorrido media docena de camiones tratan de afianzar los corrimientos de los taludes con topes de hormigón. Parece una tarea titánica.
“Comprendemos el estado en que se encuentra nuestra carretera, pero es una situación que llevamos años viviendo. No es justo que paguemos hoy las consecuencias de decisiones que no se tomaron a tiempo. Tras los desprendimientos se ha actuado, pero ya es tarde”, se lee en un manifiesto de protesta colgado en internet.
“El estado de la carretera la llevábamos sufriendo años”
Las quejas de los vecinos se han centrado en la rigidez de loa horarios de las ‘ventanas’ y su arbitrariedad, ya que no se corresponden con los horarios laborales. Porque la mayor parte de los vecinos de Benamahoma no trabaja en Benamahoma y muchos de los que trabajan en Benamahoma no viven en Benamahoma.
El resultado es que, como me confiesan dos trabajadores empleados en una fábrica de piel de Ubrique, se saltan el aislamiento a riesgo de que les impongan una multa de 500 euros. Hasta ahora no les han multado, parece como si la guardia civil, comprendiendo la situación, hiciera un poco la vista gorda. “Ellos saben que tu jefe puede entender que llegues tarde una semana o dos semanas, pero ¿hasta cuándo?”.
Una mujer que trabaja de enfermera en el hospital de Jerez me cuenta que ella sí ha respetado los horarios, pero a costa de tener que alquilarse dos días una pensión en Jerez porque “los turnos en el hospital son los turnos”. Reconoce que la carretera no está, desde luego, para el trajín habitual de coches, pero cree que se podía haber articulado un sistema de pases para trabajadores y repartidores. El farmacéutico, por su parte, explica, mientras espera en la cola de coches que den las tres y media para regresar a Jerez, que su escrupulosa observancia de la norma “no es tanto por la multa. Si te metes en la carretera estando cortada y te ocurre algo el seguro no va a querer saber nada de ti”.
Situación parecida viven dos hermanos que son socios de la que dicen es la cooperativa más antigua de Andalucía, la cooperativa de San Antonio, uno de los pocos sitios donde se siguen haciendo los muebles artesanales a mano y que ha podido sobrevivir al desembarco de Ikea. La cooperativa se fundó en 1964 por una decena de vecinos de Benamahoma, algunos de ellos emigrantes que acababan de regresar de Alemania. Ahora es la generación de los hijos la que lleva la inmensa carpintería, una de las más célebres de la Sierra.
Estos dos hermanos son hijos de aquellos fundadores, pero avisan que, cuando ellos se jubilen, ya no habrá relevo. Sus hijos no quieren oír hablar de la carpintería. En estos días ellos, que hace años que viven en Villamartín porque de allí son sus muejres, han sufrido la odisea de intentar seguir activos pese al aislamiento. “Desde hace tres semanas por aquí no hemos visto a nadie. Ni un solo cliente. Al proveedor, que lo tenemos en Prado del Rey, le tenemos la mercancía estancada. No da tiempo con esas ventanas tan cortas. No podemos sacar el camión. Los barnices me los han tenido que dejar en la gasolinera de El Bosque porque no los han podido subir. A Benamahoma no puede llegar nada, excepto las facturas, que esas sí que llegan puntuales con o sin ventanas”.
Pedro y Piti son una pareja que hace dos años decidió extender su negocio de bungalows turísticos, Aires de la Sierra, de Benaocaz a Benamahoma. Ofertan unas estancias muy coquetas para dos personas, ideales para parejas. Ya han perdido el día de San Valentín, que lo tenían al completo, y ahora esperan cómo queda su tercer fin de semana encerrados, para el que también tenían todo reservado. “El problema ya no es que puedas o no puedas venir, que con estos horarios... El problema es que el cliente piensa que luego qué hago si no puedo ir a ningún sitio y en el pueblo no hay ni bares abiertos”, dice Pedro. Piti nos habla desde el teléfono y, de manera muy profesional, enumera las reivindicaciones tanto suyas como la de los hosteleros: “Si no es posible la apertura total de la carretera, lo que queremos son ventanas más grandes y con otros horarios para que los restaurantes y la hostelería puedan arrancar de nuevo”. Pedro apunta también a crear un sistema semafórico para que no haya un tráfico de doble vía, como tienen en Ubrique. Todos aportan alguna idea. Lo que sea que no sea este remedo pandémico de las últimas tres semanas.
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