Diario de las artes

Absoluto tratado de pintura realista

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REALISMO. Galería Benot. CÁDIZ

La pintura que representa la realidad, a pesar de los tiempos y sus circunstancias, de las modas y de las muchas exigencias interesadas que rodean a lo artístico, sigue manteniendo su imperecedero status y generando convencimientos y adhesiones inalterables. Su salud, por tanto, es óptima y no ofrece algunos de esos episodios terminales que muchos llevan tiempo considerándolos como punto final de su longevo discurrir de siglos. Sin embargo, tras este planteamiento incontestable, hay que diferenciar claramente la pintura realista poderosa, abierta, de acertados recursos plásticos y estéticos, portadora de los eternos valores del arte grande, de esa otra que retrata, sin emoción alguna, lo concreto, buscando meros parecidos o innecesarios efectismos que envilecen una pintura que es, infinitamente, más.

El buen realismo, aquel que nos hace transitar por los caminos que trascienden más allá de lo que la mirada abarca, aquel que descubre registros más profundos que los meros episodios representativos y predisponen para otras sensaciones más profundas, no deja indiferente; no sucumbe a la lineal posición que el ojo capta; el buen realismo transporta más allá de la epidermis, se adentra en espacios donde la espiritualidad habita y el alma sucumbe a tan vehementes posiciones. Además, la gran pintura figurativa, me atrevo a decir que más que otras expresiones artísticas, define al verdadero artista - que no al pintor -, a aquel que transcribe esos esquemas de la emoción más allá de lo que suponen las ilustraciones de lo real.

Fali Benot lleva muchos años ofreciéndonos muy buena pintura realista, de la mejor que se puede contemplar. Desde siempre ha tenido claro cuáles eran los buenos argumentos del realismo y quiénes eran sus más acertados hacedores. Han sido muchos los buenos pintores realistas que han ocupado los espacios de la Avenidas Ramón de Carranza; la lista es interminable. Para constatar todo lo que manifiesto, vale la gran exposición sobre el Realismo que ahora se presenta en estos días prenavideños en una ciudad de escasos adornos por el poco apego de Don Kichi a las luminarias ajenas al Carnaval. Cuatro grandes pintores realistas, de los más ciertos de cuantos dominan esta tendencia, nos ofrecen los variados registros de una pintura que, como digo, deber ser mucho más que la mera copia de lo real.

CARMEN BUSTAMANTE es, sin duda, una de las más preclaras artistas de la pintura de paisaje. Su obra, de tanto realismo como comporta, suspende las propias posiciones representaciones para dotar de un especial sentido mágico a sus realizaciones. En sus playas, en sus dunas, en la espuma de sus olas, en las orillas del mar gaditano, se presiente otro tipo de realidad. Su pintura deja entrever una iconografía particularísima que sólo ella es capaz de conseguir. Es una pintura que podemos llamar "al modo Bustamante"; un personal tratamiento del color que envuelve de un matiz único un paisaje que ella hace, también, único e intransferible. Una pintura que envuelve de magia e inquietante belleza un particular paisaje sabiamente transmitido.

JAVIER BANEGAS suscribe una pintura llena de potencia visual. Sus botellitas de colores o los restos de los lápices después de habérsele sacado punta, además de crear una bella interpretación física del expectante objeto, plantea una contundente lección de pintura realista, generando un importante desarrollo pictórico que es un paso más juicioso y trascendente que esa simple ilustración de la cosa física. Algo que se compendia en la exposición en un espectacular dibujo a lápiz que produce un bello contraste con la potencia cromática del resto de las obras.

CARLOS MORAGO ofrece una galería de espléndida pintura realista. Una serie de bellísimos jardines nos plantean el poder ilustrador de una pintura perfecta en fondo y forma. Y, además, tengo que decir que la acertadísima estructura plástica de sus jardines queda en suspenso gracias a la atmósfera de quietud y serenidad que transmite. Las piezas están envueltas en un halo de misterio que impone un sello de paz que hace transportar a la mirada hasta alcanzar espacios emocionantes donde la sutileza y el rigor de una representación excelsa se acomoda para crear la máxima expectación.

PEDRO ESCALONA, por su parte, nos lleva a su espectacular testimonio artístico. Su pintura está por encima de cualquier dialéctica posible. Su obra nos hace transitar por la perfección artística más absoluta; una perfección, sin embargo, nada afectada ni efectista. Pinta la soledad de las cosas, su esencia, el tiempo que las envuelve. En esta comparecencia el artista nos ofrece dos claros momentos de su gran pintura realista. Por un lado, nos presenta un impresionante barreño antiguo que deja la impronta del tiempo desde un expresionismo pictórico matizado donde cada justísima pincelada es un organismo de sabia estructura artística. Junto a él, el artista nos sitúa en esas naturalezas muertas que trascienden más allá del tiempo y del espacio y que manifiestan unos argumentos texturales sutil y contundentemente interpretados.

Estamos, por tanto, ante un preciso manual de pintura realista. En él se ofrecen cuatro de sus más soberbios y exactos capítulos, escritos por sabios relatores de una pintura llena de absoluta verdad.

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