Crítica/Teatro

Apuesta segura de teatro moderno

  • El ambiente de circo ambulante inunda el Villamarta con 'La Strada' exprimiendo el teatro total en todas sus facetas

El teatro en su máximo esplendor de nuevo en las tablas del Villamarta. De la mano maestra de Mario Gas y la pulcritud del teatro de la Abadía no se podía esperar menos. Pero parece que todo eso no basta para que el público responda. Hacen falta nombres atrayentes de la prensa del corazón o sucedáneos de marketing televisivo para que acudan a disfrutar de un arte escénico único. Una apuesta muy digna y completa como la de este sábado, con muchas tablas tras ser representada en decenas de funciones, es capaz de traspasar los cánones y acabar siendo una obra maestra a tener en cuenta en los últimos años.

La película de Fellini, estando presente en todo momento, no tiene nada que ver con la puesta en escena. Desde antes del comienzo, los tres personajes nos reciben entre las butacas, a modo de bienvenida a un mundo onírico creado por y para atrapar al espectador, vestidos con abrigos negros y con narices rojas cual payasos de la tragedia. La escena se llena de los propios personajes para captar la atención y las luces tenebrosas, perfiladas y acomodadas, hacen que el escenario se convierta en otro espacio, el de los metales grisáceos, el de la frialdad de los seres humanos y el de la estrategia de enfriamiento de las emociones.

Tres personajes, los conocidos del guion original, perfectamente creados y delimitados por los tres actores principales. Un comienzo de función enlentecido y repetitivo de manera voluntaria para ser capaz de atrapar miradas de forma más contundente y hacer una presentación de personajes más trágica.

La iluminación, entre tinieblas, es digna de las mejores partituras de diseño de iluminación logrando, desde calles y cenitales, centrar cada personaje en su estado de ánimo de base. La escenografía perfectamente pensada para ser simbólica y ensoñadora es capaz, con pequeños retoques, de ambientar la escena en todos sus entresijos. Un circo ambulante que rueda sin criterio y unas vidas encadenadas a sus miserias y a dejarse llevar por los derroteros de la vida sin esperar nada a cambio es el enlace del guión.

Como mucho un poco de pan, agua y una manta para dormir a la intemperie. El mundo de los vivos y de los muertos en vida es el nudo fundamental de la obra, ahondando en lo de determinismo de las cosas, haciendo que el motocarro o carromato de los cómicos sea el mismísimo ataúd que les cobija. Un carromato, con un papel estelar para la dinamia y para el enlace de situaciones, adornado a la italiana postmussolínica, que describe en el escenario los caminos y las estradas que recorre la muerte de unos personajes hasta el día de la muerte. Y en el subtexto, el amor: el limpio de una jovenzuela, el macabro de un pícaro y el romántico de un loco. Y en las interacciones tres personajes más, los propios instrumentos, con vida propia y encadenados a los anhelos de cada personaje: la trompeta, el tambor y el violín.

Tres personajes que se necesitan para sobrevivir a la realidad que les ahoga. Tres vidas que, como los ángulos, acaban complementándose para sumar ciento ochenta grados, de la misma manera que la distancia que les separa en sus formas de ser y pensar son inalcanzables, por mucho que las integrales matemáticas busquen sentido geométrico a esos ángulos que componen el sentido de sus vidas.

La propuesta de tres pantallas sobre pies atriangulados que sirven para proyectar emociones o para enseñar despojos del mundo del circo en que se relacionan son el nexo perfecto para cambios a vista que otorgan a la vez, dinamismo y continuidad. Triángulo amoroso y dramático que por una parte estira sus lados para hacerse escalenos en busca de las necesidades de cada cual, o triángulos más equiláteros cuando los personajes afilan sus ángulos para enfrentarse a los otros dos sin miedo a dejar de sumar los grados necesarios.

Una obra que, entre líneas, dice mucho. El texto es sencillo para que sea más fresco y claro. Pero hay que prestar atención a las sombras, a los guiños a otros géneros teatrales, a los silencios, las interlineas, los crepúsculos, las atmósferas, las pausas, los suspiros, la repetición de frases, las risas, las melodías del violín, los olores, los contrastes entre la vida la muerte, el simbolismo y las cadenas invisibles de cada cual.

Podemos llegar a ver títeres corales, a la deriva, más que actores unipersonales, que acaban siendo fantasmas de sus propios personajes, y cuando el triángulo se rompe, los propios espíritus siguen presentes en el escenario para que todo coincida. Sombras permanentes, de espíritus de carne y hueso, que en el otro mundo siguen juntos para seguir dándose sentido entre ellos. Espíritus que luchan por vivir. Espíritus que son, a la larga, la máxima expresión de nuestras vidas.

Una propuesta teatral muy rica. Amor por el teatro global y de equipo, insinuaciones dramatúrgicas al cine, originalidad en los movimientos de escena, escenografía cuidada al detalle, introducción de figurantes a vista, apuesta por las proyecciones audiovisuales como personaje importante, mezcla de tragedia y comedia, guiños a la comedia del arte, al teatro del absurdo y a la apuesta de géneros teatrales de varios siglos, abrazo a la inmensidad expresiva del mundo del mimo: trabajo de fondo, en fin, cuidadoso y generoso para producir arte. Y todo esto, se lo han perdido los miles de espectadores que no acudieron la noche del doce de octubre al Villamarta, quizás empeñados en seguir siendo espíritu pero de los otros, los engañados en miles de historias del curioso mundo de la comedia tragicómica que es la vida. Pero claro, es el respetable.

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