Cervantes según Jorge Edwards

El cervantes chileno llegó a la literatura gracias al Cervantes excéntrico y psicodélico de la cueva de Montesinos

Cervantes según Jorge Edwards
Cervantes según Jorge Edwards
Pedro Ingelmo

18 de octubre 2013 - 01:00

JA! Realismo mágico. La cueva de Montesinos es un episodio del Quijote habitado por personajes sacados de un viaje de LSD, donde se producen transformaciones y a nadie le hubiera extrañado que la banda sonora estuviera sacada de aquel disco despampanantemente demencial que fue el Trout Mask Replica, de Captain Beefheart. No sabemos lo que sabe Jorge Edwards de psicodelia, posiblemente mucho, pero sí sabemos lo que este premio Cervantes del 99, representante chileno del Parnaso de laureados, sabe de lo mágico y del Quijote. "Para mí, el gran realismo mágico de la literatura en lengua española, el de una fantasía superior, es el de la segunda parte del Quijote, el de la Cueva de Montesinos (...) El maravilloso desfile de la imaginación medieval en el interior de la Cueva de Montesinos anuncia el desfile del mundo moderno en El Aleph de Jorge Luis Borges. En ambos textos, el personaje, llevado por un guía libresco y más o menos absurdo, sufre un golpe, una caída de alguna especie, medio deliberada y medio involuntaria, entra en un estado de sueño profundo, no se sabe por cuánto rato, y despierta para contemplar el espectáculo del universo". Edwards emparenta a Cervantes con Borges, el hombre que llevó la teoría de la relatividad a la literatura, el argentino ciego que negó el tiempo. Cervantes y Borges están juntos en un agujero gusano que Edwards observa al microscopio. Por ahí anda, por cierto, Francisco de Quevedo. Edwards sabe con quién trata. Jorge Edwards, que de niño no es lector, gran poeta que de niño llega incluso a aborrecer la poesía, se topa con Cervantes y encuentra algo en él que no ha visto en las lecturas más desquiciadas. E·stamos hablando de los Rabelais, de los infiernos de Dante, del Mefistófeles de Goethe. Siendo de tiempos tan distintos, ninguno alcanza la capacidad onírica de un Cervantes ya absolutamente libre en su creación, desmelenado. A Edwards le entusiasma. El niño que aborrece la poesía descubre la poesía en la prosa. Decide acompañar al caballero de la triste figura hasta el borde del mismo abismo, de la manita. "Nunca me arrepentí de haber seguido la línea excéntrica, el llamado cuyas consecuencias no supe calcular en un comienzo y que implicaba internarse por un camino más accidentado, más escabroso y dificultoso de lo que parecía a simple vista". Y así fue como Jorge Edwards se convitió en un cervantes.

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