Crítica de Cine

Christian Petzold trae los nazis a 2018

Paula Beer y Franz Rogowski, en una escena de 'En tránsito'. Paula Beer y Franz Rogowski, en una escena de 'En tránsito'.

Paula Beer y Franz Rogowski, en una escena de 'En tránsito'.

El Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín permitió que la interesante Bárbara (2012) tuviera una amplia distribución que dio a conocer fuera de Alemania al director de cine y realizador de televisión Christian Petzold tras 20 años de profesión. Después vino la también interesante Phoenix (2014), premiada en varios certámenes, entre ellos el de San Sebastián, que volvió a atraer la atención sobre este director que a algunos nos parece una promesa que nunca llega a cuajar del todo porque, pese a que su talento es indudable, no logra resolver las tensiones entre ambición, originalidad, atrevimiento y el genio o creatividad necesarios para afrontar los desafíos que a sí mismo se plantea. Se queda por ello en ese incómodo terreno intermedio de lo interesante que atrae sin deslumbrar a la crítica y los cinéfilos pero aleja al gran público.

Su nueva película adapta una novela publicada en 1944 (Tránsito, hay edición española en RBA) por la conocida activista, ensayista y novelista Anna Seghers, que se convirtió en una escritora popular cuando Fred Zinnemann filmó -ese mismo año 44, dentro de la ofensiva de Hollywood contra el nazismo- su obra La séptima cruz interpretada por Spencer Tracy. Presa de las contradicciones de su época, Seghers luchó contra el nazismo y el fascismo para después erigirse en defensora de la RDA, llegando a presidir durante 25 años la represora Asociación de Escritores. Lo que no quita méritos a sus obras.

Se ha alabado mucho que Petzold saque de su contexto esta obra escrita en 1944 y ambientada en la Marsella de 1940 en la que se apelotonan miles de desesperados intentado huir de los nazis hacia Argelia, Marruecos o Sudamérica. Es ciertamente un gesto interesante y atrevido el de ambientarla en un indefinido presente que trae al presente, como si el tiempo fuera circular, el drama de la Segunda Guerra Mundial. Pero no es innovador. Tratar hechos del pasado como si sucedieran en el presente -renunciando a la reconstrucción de época- era una práctica común en el arte, la ópera y el teatro del Renacimiento y el Barroco. En cine la adoptó Pasolini en su Evangelio según San Mateo, recurriendo a la iconografía renacentista de Piero della Francesca para recrear la vida de Cristo.

Esta opción da al relato una posibilidad de comparación con el movimiento inverso que hoy trae a las costas europeas miles de refugiados africanos, aunque leer la película en esta clave supone un error dado el carácter radicalmente distinto de los horrores de los que unos y otros huían y huyen. La historia melodramática de la mujer desesperada que busca a su marido, la mirada escéptica y angustiada -pero de fondo heroico dispuesto a despertarse, como el Rick de Bogart- del protagonista (gran interpretación Franz Rogowski) que se esconde adoptando la personalidad de un muerto, la corrupción del funcionariado desbordado y a la vez insensible cuando no corrupto, y la desesperación de los perseguidos -la mayoría judíos- que huyen de los nazis crea un fresco al que la ambientación ahistórica y el tratamiento distante restan emoción aunque no interés. En su último tramo, como sucede cuando se asumen riesgos sin saber sujetar las riendas hasta el final, tiende a desmadrarse.

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