Lectores sin remedio

Comuneros

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Los que nacimos a mediados de los sesenta y cursamos la EGB recordaremos sin duda la asignatura llamada “Área Social”, un popurrí de historia, arte, civilizaciones..., adornado con capítulos para la formación del espíritu nacional, eso que hoy llamamos educación para la ciudadanía. Los “baby boomers” de hoy, que vivimos aquella época, memorizamos mucho rey godo, mucho Cid, mucha reconquista y mucho Reyes Católicos. Pero por otros asuntos (Inquisición, trato de los indígenas de América, expulsión de judíos y moriscos...), la materia pasaba de puntillas. Como también fue somera la información que recibimos de unos hechos que cumplen ahora quinientos años, las “Comunidades de Castilla”, más conocida como la revuelta de los “comuneros”. Se nos grabaron tres nombres: Padilla, Bravo y Maldonado. Y una batalla, Villalar, el pueblo donde el 24 de abril de 1521 los líderes del movimiento perdieron la cabeza y los herederos todos sus bienes.

Era la primera vez que las ciudades, el poder local, plantaban cara a su rey, un extranjero que llegó a España con diecisiete años sin hablar una palabra de castellano y colocando a flamencos y borgoñones en las más altas magistraturas civiles y eclesiásticas. Y pidiendo dinero para costear su candidatura al trono imperial. Muchas ciudades castellanas se plantaron, estallando un conflicto que para algunos es la primera revolución moderna, con paralelismos con lo ocurrido en la Inglaterra del siglo XVII o en la Francia de finales del XVIII. Sobre el tema han corrido ríos de tinta, novelas incluidas, como la que en 1847 firma Víctor Du Hamel, “La Liga de Avila”, que llama a los comuneros los del “partido de la independencia”. Pero este quinto centenario está siendo especialmente fecundo en actividades culturales. La Junta de Castilla y León patrocina el proyecto “El tiempo de la libertad. Comuneros V Centenario”, que ha impulsado la ópera “Los Comuneros”, de Igor Escudero, que recorre las principales ciudades que vivieron la revuelta. El “Nuevo Mester de Juglaría” representó en junio en Segovia la versión sinfónica de una historia cantada que ya compusieran en 1972. Viajaba hacia Jaén Lorenzo Silva escuchándola cuando alumbró la idea de su última obra, “Castellano” (Destino, 2021).

“Quizá se la pueda llamar novela. O quizá no. Decídalo quien la lea”, nos propone. Aunque nos dice que es el relato de un viaje, para mí serían dos, porque el autor madrileño con sangre andaluza recorre con los protagonistas los escenarios que vivieron los hechos, mientras se pregunta por la esencia de Castilla, de lo castellano.

El periplo concluye en el Monasterio de la Mejorada, en Olmedo, donde el autor razona que podrían descansar los restos de Juan de Padilla, el primer comunero. Mientras aguardamos nuevos casos del sargento Bevilacqua, con “Castellano” Silva nos ha hecho la espera mucho más placentera. Natalio Benítez Ragel

Aplausos

“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal.”, así comienza el libro titulado ‘Historia de la estupidez humana’ de Paul Tabori, y si a esta cita le añadimos la afirmación de que “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.”, que podemos leer en ‘Las leyes fundamentales de la estupidez humana’ de Carlo M. Cipolla; y abundando en el asunto traemos aquí la idea de que la estupidez es otro de los factores que nos diferencian de las máquinas por su imprevisibilidad, que leemos en ‘Lo imprevisible’, libro muy recomendable, como los anteriores, de Marta García Aller, ya tendríamos, en tres notas, una buena definición de la estupidez humana.

El catorce de octubre pasado, en sesión plenaria del Congreso de los Diputados, al bajar de la tribuna Alberto Rodríguez, que había sido condenado unos días antes por el Tribunal Supremo por patear en una manifestación a un policía, compañeros y compañeras de su partido y de la coalición, entre ellas la vicepresidenta del gobierno, le dedicaron un aplauso. Es decir, los representantes del pueblo, los supuestos garantes de la democracia y el cumplimiento de las leyes aplauden a un individuo que le pegó patadas a un policía. Una versión moderna de aquel viejo tópico del “mundo al revés”, el de los estúpidos. Un día antes, el eterno Alfonso Guerra lamentaba que algunos asistentes al desfile de la Hispanidad hubieran abucheado a Pedro Sánchez y aplaudido a una cabra. Pues si me dieran a elegir entre la cabra y Alberto Rodríguez… José López Romero

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