Hace un millón de años

27 de octubre 2017 - 02:06

Acabo de cruzarme por la calle con dos bultos sospechosos, dos jóvenes (masculinos) que después de comer sendas bolsas de patatas fritas o producto parecido han tirado los envases al suelo, y después de beberse unas latas de otro producto propio de su edad, han eructado y las latas han seguido el mismo camino que los envases de patatas. A la vista de su atuendo y figura, la primera conclusión a la que llegué: desconocen el invento papelera. O más exacto: lo conocen, pero a la que se han encontrado en su camino, le habrán arreado una patada y la habrán tirado al suelo, o es posible que la hayan quemado. Y estuve en un tris de acercarme a ellos y preguntarles no por su actitud tan ciudadana, sino por los libros que han leído. Pero de nuevo me asaltó la conclusión: ninguno. Y más: y si han leído alguno, de muy poco les ha servido, o incluso es posible que lo hayan quemado. ¿Juventud? La misma historia y la misma pedagogía buenista de la que estamos hasta la punta del pelo (eufemismo) ¿Qué hacen esos especímenes más propios de hace un millón de años, en un aula metidos durante seis horas los cinco días de la semana escolar? Seguramente lo mismo que en la calle: molestar, eructar, tirar las cosas al suelo del aula, del patio de su colegio, porque no otra educación han tenido ni creo, por desgracia, que la vayan a mejorar. ¿Los profesores educadores? No, gracias. La educación se trae de casa, incorporada a la mochila, a esa mochila de respeto, de ganas de trabajar, de estudiar que antes nos inculcaban en casa nuestros padres. Preguntarles por los suyos a estos bultos hubiera sido una temeridad, porque ya sabemos cómo se las gastan estos seres primitivos cuando de los culpables de sus vidas se trata. Pero no hay que hacer mucho esfuerzo para imaginárselos. Basta volver a ver alguna película de la prehistoria para ver reflejado el ambiente familiar de estos seres que aún no han evolucionado a personas. ¿Libros? Predicar en el desierto.

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