Crítica VII Tío Pepe Festival

India Martínez, un concierto con el alma a flor de piel

  • La cordobesa se gana al público de Tío Pepe Festival con cercanía y entrega

India Martínez, un concierto con el alma a flor de piel

India Martínez, un concierto con el alma a flor de piel / Vanesa Lobo (Jerez)

La fuerza de la naturaleza y la poesía serena pueden coexistir. Las ganas de tener un sello propio y el compás en la sangre hacen el resto. De esta forma se puede definir las dos horas de concierto de una India Martínez en el esplendor de su carrera. La cuidada sucesión de propuestas musicales lleva a crear un ambiente intimista, lleno de guiños a la tierra jerezana, y a unas gentes, las de Jerez, que fueron piropeadas en más de una ocasión como parte de las musas que se hicieron presentes en la noche del martes pasado. Un concierto muy cercano a la tierra del Tío Pepe, con la presencia de gente de la familia Carpio y los Vargas entre sus palmeras y el coro, un recuerdo a Fernando Pantoja con palabras sinceras y, a la vez, emocionadas y, para colmo, con un dúo sublime con María Terremoto, que subió al escenario invitada para compartir sentimientos y que junto a India subieron al olimpo de las voces del compás con quejío.

Atrás quedan años de búsqueda de identidad, de vaivenes más o menos acertados, de apuestas comerciales para abrirse paso o de inventos más o menos arriesgados. Cuando la caja torácica funciona, las cuerdas vocales se cuidan y la cabeza se tiene en su sitio, no hay más remedio que obtener resultados saludables. Porque tras los efectos de una pandemia, la salud de hierro es la que permanece impasible ante el ataque de los virus digitalizados de la música enlatada. India, parece inmunizada a todo y las defensas de su cuerpo hacen el resto para ser un organismo vivo encima de un escenario. Una forma de entender la música muy vital, una cantante que derrocha energía en todos sus trabajos, pero más en éste que ha presentado en Jerez, a pleno pulmón, bajo el auspicio de las palmeras de su Córdoba natal, pero sin que faltaran pinceladas de sus temas de siempre, donde la dulzura de una tesitura armónica sigue siendo su carta de presentación, en volandas de una garganta que hace que las notas siempre acaben levantando el vuelo de terciopelo de su tierra andaluza. En cada canción, se puede sentir el amanecer de cualquier playa andaluza, se hace un viaje con los sentidos en el que se llega a vibrar con cualquier atardecer cercano, con sus olores y sabores característicos a aceite de oliva y a sal de las marismas.

La formación musical le rebosa cada vez que entona y la elegancia sobre el escenario hace que el directo sea de mayor calidad de lo esperado. La fuerza de la mirada, la del cuerpo retorciéndose de energía y la de las manos abanicando su mundo son su carta de presentación continua. Una artista de la canción y una pintora de las sensaciones, que a modo de poetisa es capaz de poner los vellos de punta cuando alcanza los agudos, hace cambios de tonos necesarios y los mantiene sin esfuerzo haciendo que las modulaciones siempre estén por encima de los ritmos fuertes de las percusiones y las notas musicales, aprovechándose muy bien de los acordes dominantes.

La vivacidad de su apuesta canora se resalta en muchos momentos. El registro de la voz de India es tan peculiar que, por conocido, no deja de asombrar, gracias, por supuesto, a una interpretación vocal muy acertada y al apoyo en todo momento de sus artistas que le acompañan. A destacar el tempo creado por un Antonio Bejarano inconmensurable, que la lleva, al piano, por donde ella se siente cómoda y el compás de los recursos de los instrumentos como el cajón que hacen que, en todo momento, se mantenga la correlación entre los grados y las notas de la escala que le favorece a ella. La puesta en escena muy contenida, sin grandes artificios, muy centralizada en los efectos lumínicos de decenas de focos, con contrastes cenitales y direccionales que llenan de sobra el escenario sin molestar en ningún momento.

El concierto empieza con expectación. El público, desde un principio está entregado. Ella aparece con su pelo azabache recogido, de negro y plata, con chaquetilla torera y abriendo el concierto con la famosa canción de la Saeta que tan sutilmente ha personalizado, con unos arreglos hechos a su medida, con el escenario repletos de focos de un rojo sangre que acerca la vida y la muerte hasta tal punto que es imposible sustraerse a una forma trágica y muy meditada de captar la atención para empezar a crear sobre las tablas.

En la segunda rumba consigue tener el beneplácito del público y ya le pide que la acompañe en los estribillos. A la tercera, va la vencida, India es dueña de la situación y nadie es ajeno al recital de ganas que se le ve en sus ojos y se le siente en su garganta. Jerez, en un momento dado, la convence de gitanear por bulerías. Ahí, es cuando, además de empezar a sentirse cómoda, se revira de sus ancestros y, sentada en un cajón, alcanza la gloria con una soleá llena de soniquete de la verdad verdadera de una voz que pudo ser la mejor voz del flamenco en mayúsculas.

Con pequeños descansos para conectar con el público, acierta dando importancia a los momentos que se están viviendo en directo. Momentos que alcanzan el valor del significado más auténtico durante toda la noche. Los recuerdos de su dúo con Marc Anthony o el momento especial de invitar a subir al escenario a una adolescente fan, de nombre Alma, llevan el concierto hacia la intimidad del alma que atesora y de las vivencias más intensas de una artista nacida para abrirse con sus canciones. Una intimidad repleta de sinceridad porque tanto artista como público llegan a crear ese ambiente que se debe sentir cuando alguien se olvida de respirar con un beso bajo el agua como ella afirma.

El momento ramito de violetas, con el escenario plagado de tonos violáceos, con India recostada sobre el piano del maestro Bejarano, hace que todo el mundo cancele sus enojos y abriendo sus ojos como platos, puedan degustar un directo digno de los mejores festivales. Son tales las ganas, que, a modo de trance emocional, ofrece algunos momentos a capela, en los que es capaz de llenar el cielo de los jardines del festival de la ternura desgarradora de sus cuerdas vocales consiguiendo remover conciencias y poner los vellos de punta sin piedad.

El engranaje técnico funciona a las mil maravillas. El sonido, uno de los mejores elementos de este festival. El escenario amplio, con dos grandes pantallas de apoyo en directo. La accesibilidad conseguida. La apuesta de la organización por el cambio de ubicación, funciona, es más cómoda y, lo más interesante, tiene múltiples posibilidades de espacio y de puesta en escena para el futuro. El ambiente entre bastidores, de fiesta veraniega entre botas de vino y soleras.

Y en una noche de agosto, India Martínez, y no sabemos cómo lo hace, es capaz, a la vez, de acariciar las estrellas y pisar con pié firme el patio de butacas, sentando cátedra en la cuna del flamenco con romanticismo y con compás. El impulso de bajar para cantar junto al público es una muestra más de la enorme seguridad en ella misma. De saber lo que se trae entre manos y, sobre todo, de expresar a las mil maravillas lo que quiere contar de sus anhelos en forma de canciones. Los bises, después de muchas horas, todavía se oyen en muchos tímpanos de los presentes, porque, lo que eran ganas de dejar de cantar no habían muchas.

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