Lectores sin remedio

La Inteligencia Artificial y el mundo editorial

La Inteligencia Artificial y el mundo editorial

La Inteligencia Artificial y el mundo editorial

Hace unos días fue captando mi atención las intervenciones que en un programa de televisión, unos especialistas realizaban sobre Inteligencia Artificial (I.A.), y más concretamente en torno al controvertido robot conversacional ChapGPT. Mientras los profesores e investigadores de I.A. Javier Cantón (UNIR) y Javier Valls (UGR) disertaban sobre los ventajas, inconvenientes pero también peligros, que representa esta aplicación y sus posibles evoluciones futuras, mi interés aumentó al escuchar al profesor e investigador Álvaro Cabezas (UNIR), ponernos al día sobre la ingente cantidad de bibliografía que se está editando sobre ChapGPT en estos momentos (alrededor de medio centenar diariamente). Pero lo que realmente me sorprendió y por qué no decirlo también me inquietó, fue cuando el mencionado profesor informaba que en estos momentos existe un gran número de publicaciones saliendo al mercado, desde  trabajos divulgativos y de investigación hasta textos que recorren todos los géneros literarios, firmadas por ChapGPT como autor.

Recordé entonces, era inevitable, los mundos que imaginaron Asimov (‘Yo, Robot’) o Philip K. Dick (‘Sueñan los androides con ovejas eléctricas’) que ahora sí que parecen alcanzarnos. Más arriba les confesaba mi inquietud por la irrupción tempestuosa del Chap GPT en el mundo editorial, y lo cierto es que una vez terminado el programa del que les daba cuenta más arriba, seguí dándole vueltas a todo aquello y medité sobre sus repercusiones en un mundo tan complejo y con tantos protagonistas como es el de la edición.

Y es que esta irrupción de la I.A. se produce en un momento muy difícil si nos centramos en lo literario - yo diría que de desconcierto desde que las autoediciones, la poca rigurosidad en muchos de los textos con pretensiones literarias que salen al mercado, la escasa o nula regulación de lo que llega a los circuitos de distribución y que finalmente lo inunda todo (ahora también textos de ChapGPT)- y hace muy complicado para el buen lector discernir cuáles son los libros que merecen la pena leer entre tanta mediocridad. Hoy los buenos lectoras y lectoras deben hurgar como los clásicos detectives de la literatura, entre la infinidad de críticas literarias no todas fiables, tratando de encontrar pistas sobre lo que merecería leerse, por supuesto desechar el bosque de las pocas objetivas campañas publicitarias de tal o cual editorial y finalmente guiarse también por su olfato, como el inquilino del 221 B de Baker Street.

No, la irrupción de la I.A., en este caso ChapGPT, en el mercado editorial no es el inicio del problema, sino un añadido al problema que arrastramos desde hace algunos años, donde también crecen como hongos los aprendices de escritor que se saltan el imprescindible y previo “cursus honorum” de la lectura, mientras los buenos lectores (especie a extinguir) cada vez naufragamos más en nuestro objetivo de encontrar libros que nos sigan proporcionando el placer de la lectura. 

Obsesión

“Yo soy muy obsesivo. Y cuando me da una obsesión, me entrego a ella sin condiciones. He sido lector toda la vida y cuando estudiaba en la Universidad me dio por leer a todos los escritores hispanoamericanos que caían en mis manos; afortunadamente, el colegio mayor donde residía tenía una magnífica biblioteca, porque de otra manera no me podría haber permitido tanta lectura”, me comentó cierto día un gran amigo, a quien lo de obsesivo (y no solo en la lectura, sino en otros ámbitos que nada tienen que ver con el sexo, no sean ustedes malpensados) no hacía falta que me lo jurase.

Estudiaba en Granada Química y por aquellos años del franquismo agonizante, el ambiente universitario era un hervidero de inquietudes políticas, entre la ilusión y el temor por lo que estaba por venir, y también culturales, ninguna manifestación artística le era ajena al mundo estudiantil. Cursar Química y devorar las novelas que ya estaban consideradas unos clásicos modernos no era nada excepcional; es más, puedo decir que he tenido compañeros de vocación científica tan buenos y grandes lectores, como pésimos y negados entre los dedicados a las letras, lo que no deja de ser tan admirable como lamentable. De los primeros he aprendido mucho; de los segundos, también pero a la inversa.

A riesgo de caer en la generalidad siempre injusta, muy distinto de aquel ambiente es el universitario de ahora. Poco comprometido con la política, quizá ya decepcionado por tanta ineptitud y mentira, y escasamente dado a la lectura, una actividad que pese a los esfuerzos en las aulas poco o nada puede hacerse ante la sociedad de la imagen. De un tiempo a esta parte a mi amigo le ha dado (otra de sus obsesiones) por el baloncesto y por la novela negra; el otro día, sin ir más lejos, me comentó que estaba leyendo ‘La novia gitana’ de Carmen Mola. “Un tostón -me dijo-. Excesiva. La voy a dejar sin terminar”. Bueno, tras tanto éxito incuestionable, alguien tiene que gritar que el rey va desnudo. Y sentado en el bar, mientras espera, paciente, a que la vida le ponga por delante otra obsesión, él pide “otro manchaíto”. José López Romero

 

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