'Lisístrata', la obra de Aristófanes en formato de comedia musical en el Teatro Villamarta

La crítica

El poder de las mujeres frente al de los hombres, siempre de actualidad

Nicolás Montoya

Jerez, 18 de febrero 2013 - 08:49

La obra tiene la vigencia de los clásicos y a la vez una lectura actual. Atenas contra Esparta. Guerra del Peloponeso. Mujeres hastiadas de maridos dedicados en cuerpo y alma a sus batallas. La guerra acaba por obligarlas a tomar la iniciativa e intentar acabar con ella practicando la abstinencia sexual. La verdad del teatro clásico tan real como la vida misma. Los problemas de los atenienses, los espartanos, o de los romanos, son de la misma actualidad que la de los catalanes o los andaluces. Mujeres y hombres, a la deriva. La mentira de la vida es que a pesar de que hayan pasado más de 2.500 años y más de cincuenta generaciones, aún estamos en pañales en cuanto a dar respuesta a nuestra existencia de lo que se deduce que el avance de la civilización aún está por llegar, y esto se demuestra nada más empezar la primera actuación musical, donde se hace una declaración de principios por parte de una Lisístrata llena de expresividad y voz proyectada, con algo de histrionismo exagerado, desafiando a los hombres, y arengando a las mujeres a ser castas para conseguir sus objetivos. La diferencia entre sexos, la fuerza de la mujer, la huelga de piernas cruzadas y la iniciativa social ante lo que no funciona, son las premisas argumentales de la obra. En vez del 15M, el asociacionismo más instintivo.

El ritmo de musical, los diálogos explicativos y las canciones encajadas con calzador, es la forma de desarrollar la trama, aunque aparece como un teatro temático, que brinca a retazos, entre los diálogos medidos y la notas de ritmo grecolatino actualizado. Todo ello aderezado en formato de comedia musical, con una versión cómica y satírica, y la simplificación que cualquier libreto clásico requiere para la ocasión para así poder tratar temas políticos sin sospechas.

La puesta en escena es digna de los mejores certámenes de teatro grecolatino. Planos realistas-naturalistas puros, y decorados archiconocidos. Túnicas, collares, pulseras, piedras y espadas. Túnicas muy rituales, vivo ejemplo del teatro jónico, que dotan de halo de sacerdotisas a los movimientos de las actrices y sitúan cronológicamente la trama. Piedras a modo de volúmenes, que transmiten pesadez, y a la vez fragilidad. Se huye en todo momento de objetos suspendidos, todos bien asentados y naciendo de las raíces, tal como la osadía de las mujeres. Escenografía limpia y eficaz, a modo de figuras geométricas muy rectilíneas, con dinamismo, cambios a vista de las mismas, y con el uso de la perspectiva para conseguir percepción figura-fondo y profundidad, y a la vez, ambientes diferentes creados con las sucesivas disposiciones de las mismas, de manera que, sin existir, el ciclorama de fondo realza las figuras femeninas a modo de diosas de los templos griegos de la época, consiguiendo buenas transiciones entre los diferentes cuadros, apariciones entre el decorado, con limpieza y pulcritud, aunque los ámbitos escénicos no consiguen siempre que actores y espectadores tengan claro la complicidad de las intenciones.

Aunque el colorido cálido logra ser un elemento expresivo de la puesta en escena, se abusa de los focos en calle, que a veces no consiguen haces nítidos en los personajes. Contras que aportan diferentes recursos visuales muy conseguidos en telón de fondo y en el vestuario. Cenitales adecuados y cambios básicos entre focos de luz fría para los momentos corales y algo más cálidos para los más íntimos. Luces y sombras que se dejan ver en demasía y que, aun queriendo anticipar situaciones, no logran complementar las situaciones para las que se han ideado. La utilería llena de recursos técnicos, con variabilidad y capacidad de centrar la atención. La ocupación del espacio correcta, y los movimientos actorales predecibles. El vestuario, digno. El nivel musical de los actores, fruto de la profesionalidad y de las tablas, repleto de matices, con una protagonista muy completa y sobrada en los agudos y un grupo de actores-cantantes que salvan la obra con talento. El perfil de los personajes se torna muy variable. Muy claros los principales y muy claro el nudo argumental, pero se enmaraña a veces entre presencias que no aportan novedades al libreto, y una dicción ensuciada por la nefasta presencia de los micrófonos y los diálogos montados. La actuación de voces a varios ritmos y la enorme carga coral de los números musicales ensalzan el poder seductor de unas actrices que llenan el escenario en el aspecto coreográfico, mientras que, a los actores les queda el dudoso nivel de defender la vis cómica de la propuesta. Los mutis arriesgados, y las entradas y salidas, de un nivel pedagógico capaz de dotar de ritmo a las escenas sin que se pierda en ningún momento el hilo argumental de la trama.

Una nueva apuesta, una más del Villamarta, con pobre respuesta en las butacas, que en definitiva, no es sino la cruda realidad en la que estamos. Se lee poco, se escucha poco, se ve poco. Releer a los clásicos es siempre conveniente. Aristófanes y su comedia, con esta versión entretenida y cómoda de ver, es una buena oportunidad de recuperarlos, con un contenido que no está para nada trasnochado, y con unas moralejas a modo de conclusiones que son tan actuales como queramos. Solamente se trata de trasladar emociones a nuestro tiempo. Solo se trata de querer, de amar, la historia y el teatro, como a la vida misma.

‘Lisístrata’

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