Cultura

Noche de lúcidas idioteces

  • El espectáculo de Faemino y Cansado provocó la carcajada de un patio de butacas receptivo incluso con sus chistes kafkianos

Un actor o un cantante que sale al escenario es, al menos para el arriba firmante, un loco; un suicida en potencia; un valiente que es capaz demostrar lo que sabe hacer y, de paso, dejar boquiabierto al personal si lo que hace es bueno o muy bueno. Pero si a eso le añadimos salir a la palestra sin más decorado que uno mismo, entonces el mérito se fortalece, pues no hay elementos que distraigan, juegos de artificio ni trucos. Ése es, creo, el mérito enorme de Faemino y Cansado, además de su humor absurdo, inteligente y afilado.

No hay nunca en sus guiones sitio para la crítica política, para el chiste facilón, para que el público pueda vislumbrar siquiera un poco de sus tendencias ideológicas. No hay nada en su humor que invite a la reflexión. No hay moralinas, ni falsedades. Sólo hay, y podemos entrecomillar el sólo, humor. Desde lo abstracto, desde el disparate y la idiotez más enorme, pero un humor que hace reír a carcajadas, aunque algún chiste sea previsible, aunque lo dicho sea de esas cosas que le dejan a uno en la parra, sin saber si la chanza es fruto de un guión aprendido o un chispazo de genialidad que sale de la misma improvisación.

El viernes y el sábado, los ingredientes de Faemino y Cansado fueron un telón negro, un par de focos, y ellos dos. Es decir: humor al natural, sin conservantes ni colorantes.

Fiel a ellos mismos, salieron a por todas, y dentro de la inmensa dificultad que es hacer reír (mucho más de lo que pueda llegar a pensarse), lo consiguieron desde el primer momento. Cansado se explayó en la primera parte del espectáculo, con una retahíla imposible, con unos chascarrillos y unos chistes que se asomaban al borde del abismo de la lógica. Pero la gente que casi llenaba el teatro entraba en el juego, se partía de la risa mientras Faemino -que a mí me pone de los nervios con esa forma que tiene de hablar como si no se supiera el texto- era el convidado de piedra, aun cuando unas simples intervenciones provocarán que el público se tronchara en su localidad.

Lo mejor de la noche, sus innumerables improvisaciones, también su gestualidad y su capacidad para sorprender. Y algo más que me gustó especialmente: los dos se lo pasan bomba sobre el escenario, doblados de risa con las ocurrencias del otro.

Lo peor, el sonido. Empezó el espectáculo con la broma del micrófono de Javier Cansado, al que no se le escuchaba. Pero, por desgracia, al final el problema fue real y tuvo que ser el público quien, sin perder la buena sintonía, pidiera que arreglaran el problema. Dicho y hecho. Hasta a eso le sacó punta el dúo madrileño.

Noche de genialidades absurdas, de lúcidas idioteces escritas por quienes están tocados por la varita talentosa del dios humor. No hay muchos en España de quienes se pueda afirmar esto con absoluta rotundidad, tantos son los que lo intentan y terminan en las aguas fecales de lo vulgar, de lo corriente y de lo ramplón.

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