54 Fiesta de la Bulería

París bien vale una fiesta

Alba Aranda, Rocío Carrasco y Triana Jero, durante una de sus apariciones.

Alba Aranda, Rocío Carrasco y Triana Jero, durante una de sus apariciones. / Manuel Aranda

Parafraseando a Enrique IV, aunque en clave flamenca, París bien vale una fiesta. Sí, porque la noche dedicada a la capital gala dentro de esta 54 Fiesta de la Bulería fue, por encima de todo, una fiesta del cante, del baile y del toque, y en la que, de la mano de Paco de la Rosa, encargado de dirigir el montaje, nos intentó trasladar a aquellos años 70 y 80, años de trasiego entre Jerez y París.

Fueron dos partes bien diferenciadas las que estructuraron el espectáculo, que finalizó al filo de la una y media de la mañana. Demasiado, diría yo, para estos tiempos que corren, pero pese a todo acabó con el público (unas quinientas personas) despidiendo en pie a los artistas.

El cante fue el estricto protagonista en la primera parte, en la que posiblemente se echó en falta alguna pincelada de baile, aunque hubiese sido a modo de pataíta. Mateo Soleá, el francés Paco El Lobo, Felipa del Moreno y Juana la del Pipa se encargaron de condimentar una propuesta de recital tradicional y en la que hubo grandes momentos.

Mateo Soleá y José Gálvez. Mateo Soleá y José Gálvez.

Mateo Soleá y José Gálvez. / Manuel Aranda

Fue precisamente el cantaor de Santiago, Mateo Soleá, el encargado de abrir boca. Perfectamente trajeado y manteniendo siempre la compostura sobre el escenario, comenzó, acompañado por la guitarra de José Gálvez, haciendo soleá. A nadie sorprende a estas alturas, el alto grado de conocimiento que tiene este artista jerezano, capaz de interpretar el cante con soltura y sobriedad y dominando con eficiencia sus diversos estilos. Arrancó por Alcalá, un cante que gestiona a la perfección, no en vano ha conseguido algunos premios en torno a él, y siguió desgranando estilos con solvencia, desde la soleá de Cádiz hasta la de Mercé la Serneta, siempre en su sitio y con mucha fuerza.

“Si yo cantara todos los días...iba a parar to los relojes que tiene el Museo”, exclamó entre las risas del público. De seguido, se entonó por seguiriyas, recurriendo también a los aires clásicos de Jerez y Los Puertos, perfectamente escoltado por José Gálvez, que se llevó una de las ovaciones de la noche tras una falseta exquisita.

Por bulerías, Mateo sacó de nuevo el catálogo de la tierra, haciéndolo fácil y demostrando que a sus 70 años, conserva unas facultades espléndidas, todo ello acompañado por una guitarra muy en la línea de los Parrilla.

Paco El Lobo, junto a Javier Peña y Ali de la Tota. Paco El Lobo, junto a Javier Peña y Ali de la Tota.

Paco El Lobo, junto a Javier Peña y Ali de la Tota. / Manuel Aranda

El gitano francés Paco El Lobo, la representación del flamenco en Francia en este espectáculo (ante la ausencia de la guitarra de Samuelito, que no pudo asistir finalmente) tomó el relevo. En su rostro se divisaba casi en la misma cantidad, ilusión, emoción y nervios. Por eso, antes de empezar, mostró su respeto incondicional a Jerez. “Es un gran honor haber sido invitado a la Fiesta de la Bulería. He venido con todo mi corazón, con toda mi afición y mi inmenso amor a este arte que es el flamenco”, dijo, ganándose los olés del público.

Acompañado por José Gálvez, Paco El Lobo fue poco a poco desquitándose del nerviosismo, acometiendo los cantes, soleá, caracoles y bulerías, con el corazón, y superando con valentía la barrera del idioma. La gente entendió su discurso y le despidió con una buena ovación.

De negro y mantón floreado se presentó en escena Felipa del Moreno, arropada por Manuel Valencia. Por tientos-tangos, la jerezana demostró que sigue creciendo como artista, marcando bien los tiempos y vocalizando cada letra, una virtud, que a veces se echa de menos en algunos cantaores. Guiada por una guitarra colosal, porque Manuel Valencia está a otro nivel, remató bien por tangos.

Felipa del Moreno, durante su actuación Felipa del Moreno, durante su actuación

Felipa del Moreno, durante su actuación / Manuel Aranda

Eligió bien su repertorio, una prueba más de que Felipa lleva ya tiempo deambulando por el camino correcto. Bamberas rematadas en dos fandangos, uno de El Gloria y otro de José Cepero, y bulerías conformaron su paso por el escenario, en el que a veces se le vio algo forzada, posiblemente consecuencia del elevado volumen del sonido, algo que ya ha ocurrido en esta edición de la Fiesta más de una vez.

La primera parte finalizó con Juana la del Pipa. Su presencia sobre las tablas siempre impone y aunque se justificó ante un posible fallo durante su aparición, lo cierto es que Tía Juana completó una de las mejores actuaciones de los últimos tiempos.

Fiel a su estilo, y a esa peculiar voz rajada, la cantaora es puro arrebato, cante de interior como demostró por cantiñas, donde la guitarra de Manuel Valencia la llevó en volandas. No es fácil acompañar a la Tía Juana, imprevisible donde las haya, por eso tiene su mérito. El público, muy respetuoso durante toda la noche, algo que se afortunadamente se ha repetido durante esta edición de la Fiesta de la Bulería, disfrutó con este primer regalo.

Juana del Pipa, con Manuel Valencia y Ali de la Tota. Juana del Pipa, con Manuel Valencia y Ali de la Tota.

Juana del Pipa, con Manuel Valencia y Ali de la Tota. / Manuel Aranda

Cerró los ojos, miró hacia dentro y sonaron acordes por seguiriyas, un cante que ejecuta como nadie. Terminó, como mandan los cánones, por bulerías. En pie y sufriendo también con el sonido, Juana la del Pipa sacó a relucir lo mejor de su repertorio, metiéndose en el bolsillo a un público entregado.

Si la primera parte trataba de exponer aquel ir y venir de cantaores jerezanos hasta París, en la segunda, Paco de la Rosa rescató aquella visita que la compañía de Manuel Morao realizó hasta la capital gala con un grupo de niñas, “que bailaban en el escenario como en el patio de una casa de vecinos, con el mismo desenfado, espontaneidad y picardía”, recordó el propio director a modo de introducción.

Bajo esta premisa, el escenario de los Jardines de la Atalaya se convirtió en un improvisado teatro, con atrezzo incluido, simulando a aquel histórico acontecimiento. Con la voz en off de José Gálvez, que hacía las veces de narrador, y de fondo los sones de Edith Piaf con su mítico ‘Non, je ne regrette rien’, la bulería al golpe sirvió para maridar cante y baile en las voces de Momo Moneo, Miguel Lavi y Juan de la María que invitaron a bailar a Manuela Núñez, una de aquellas niñas, y que conserva la fuerza de antaño, y su hija Triana Jero.

Esther Aranda, escoltada por todo el elenco musical. Esther Aranda, escoltada por todo el elenco musical.

Esther Aranda, escoltada por todo el elenco musical. / Manuel Aranda

Siguiendo la línea ‘Morao’, Momo, Miguel Lavi y Pedro Montoya Junquera ‘Chanquita’ se retaron en una tanda de martinetes. Momo puso de manifiesto una vez más que no está más arriba porque no quiere, pues condiciones tiene y de sobra, Miguel Lavi demostró que es hoy por hoy uno de los referentes del cante de Jerez, y El Chanquita que viene pisando fuerte y pronto dará mucho que hablar.

Esa peculiar banda sonora sirvió para dar pie al baile de Esther Aranda, que con pantalón, dejó detalles de esa vieja escuela que sigue más viva que nunca. No fue el único aporte de la jerezana, que posteriormente, en una trabajada coreografía con El Choro, también dio muestras de sus maneras, al igual que en la bambera con mantón.Cierto es que el desarrollo del mismo fue de menos a más, destacando además la aportación de Carmen Grilo, imponente por cantiñas y fandangos, el baile de El Choro, elegante y señorial a más no poder, la pincelada de Juana la del Pipa, y sobre todo de las más pequeñas, Rocío Carrasco,Triana Jero y Alba Aranda, que conforme fueron quitándose el peso de la responsabilidad, se fueron creciendo en el escenario.

Los artistas, saludando al público. Los artistas, saludando al público.

Los artistas, saludando al público. / Manuel Aranda

Por fiesta se cerró la noche, con un detalle a tener en cuenta, la pataíta que se dio Ana María López con una pequeña de meses en brazos, símbolo de continuidad del baile de Jerez, y con los colores de la bandera tricolor francesa proyectados con la iluminación.

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