Realidad, invención y pecados en las letras de Juan Marsé
Santos Sanz y Fernando Valls repasaron las claves en la obra del escritor catalán
El propio Juan Marsé lo comentaba al recoger el Premio Cervantes, en abril de 2009: "Nadie habló nunca de ello, pero flotaba en el aire la idea de que aportara un testimonio objetivo y de primera mano de los afanes y las virtudes intrínsecas de la clase obrera. Yo podía quizás haber sido, lo digo sin un ápice de sarcasmo, el escritor obrero". Aunque -aseguraba en su discurso- le habría encantado satisfacer "aquellas expectativas", el Juan Marsé que aterrizó en Seix Barral en los sesenta sólo tenía un objetivo: más tiempo para leer y escribir. "Muchos pensaron, en efecto, que habían encontrado a ese 'novelista obrero' -comenta el crítico y catedrático de Literatura Santos Sanz Villanueva-. Pero Marsé se resistía a ese estereotipo, que a él le reventaba".
Sanz Villanueva y el también crítico, escritor y profesor de la Autónoma de Barcelona, Fernando Valls, trataron de paliar ayer la ausencia de Juan Marsé -anulada por cuestiones de salud- en el encuentro de la Bonald. Un escritor que, afirman, entró en el mundo literario casi por casualidad: publicando su primer cuento en Península a través de una conocida y sus primeras novelas en Seix Barral, "gracias al apoyo de los amigos que lo promocionaron".
En Sobre Juan Marsé, la charla que abrió la jornada de ayer, ambos autores repasaron algunas de las peculiaridades de la trayectoria del autor de novelas tan obligatorias como Últimas tardes con Teresa, El oscuro secreto de la prima Montse, Si te dicen que caí o El embrujo de Shangai. Por ejemplo, que Marsé desautorizó su segunda novela, Esta cara de la Luna: "Aunque no creo, y ahora voy a ser cruel, que sea peor que la última que ha publicado -comentaba Fernando Valls-. Sin embargo, tampoco pienso que sea por un caso de vanidad, a lo Juan Goytisolo, porque imaginad si Marsé es honrado con lo que escribe que, cuando presentó Canciones de amor en Lolita´s Club, me preguntó si había escrito algo sobre la novela y le contesté que había sacado una reseña en Quimera. '¿Y cómo la has puesto?', Y le dije que más o menos bien: '¡Pero si es muy mala, es sólo un guión que he arreglado!'. Por eso creo que en este caso está realmente convencido de que no se debe editar..."
Ambos apuntaron, además, que el escritor catalán ha cultivado todos los géneros de la narrativa: relato y cuento, novela y novela corta, guión e incluso, literatura de viajes -ya que existe una perdida guía de viajes por Andalucía de la que Marsé era coautor-.
La autobiografía, afirmaron, pesa mucho en la obra de Marsé, aunque en sus textos no pueda verse exactamente una traslación de acontecimientos: "Además, una de las curiosidades de su obra -comenta Fernando Valls- es que rehace esa geografía sentimental que él desarrolla de Barcelona, reinventándola según las exigencias de la trama".
El origen de sus novelas, por ejemplo, siempre es a partir de una imagen. Y, en ocasiones, esas imágenes se repiten muchísimo, y tienen sin duda su origen en recuerdos vividos -como esa recurrente evocación de una chica que se sube las medias-.
Pero sin duda, la más sustanciosa anécdota en torno a Marsé, que mezcla invención y verdad, es la que tiene como protagonista al escritor en sus primeros días de vida: "Siempre habíamos creído que a Marsé lo habían adoptado porque su madre natural había muerto en el parto y debía cuidarlo su padre, que era taxista -relata Valls-. Con los draconianos turnos de diez horas, hacerse cargo del niño era una carga. Un día, en un servicio, subió al taxi una pareja que lloraba, destrozada, porque acababan de perder a su primer niño y los médicos les habían dicho, además, que no podían tener más hijos. Entonces, el taxista les comentó que él tenía un recién nacido y si querían verlo y, en fin, quedárselo. El apellido del taxista era Faneca, y por eso varios personajes suyos llevan ese apellido. Pues ahora resulta que no sabemos si esa historia es verdad, mentira, o verdad a medias".
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