Cultura

Retrato de una obsesión

Thriller, EEUU, 2012, 157 min. Dirección: Kathryn Bigelow. Guion: Mark Boal. Fotografía: Greig Fraser. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Jessica Chastain, Joel Edgerton, Jason Clarke, Kyle Chandler, William Goldenberg, James Gandolfini, Mark Strong, Mark Duplass. Cines: Bahía de Cádiz, Bahía Mar, Yelmo, Ábaco Jerez, Cinesa Los Barrios.

Si En tierra hostil era una película sobre la adicción (a la guerra, al peligro), La noche más oscura es una película sobre la obsesión (por cazar a Bin Laden).

Situada por las circunstancias en una división que no es realmente la suya, a saber, la de los cineastas de Oscar y modos académicos, Kathryn Bigelow parece querer aprovechar el empujón de los premios y el redescubrimiento para colocar una pequeña mina bajo la superficie oficial de la política exterior norteamericana y de cierto cine bélico políticamente correcto para trazar un nuevo y ambiguo retrato sobre los fantasmas y la tozudez de una nación, un relato denso y tupido que sigue paso a paso, casi día a día, desde el fatídico 11-S de 2001 al 1 de mayo de 2011, el proceso de investigación y ejecución de la búsqueda y el asesinato del líder de Al Qaeda por parte de una agente de la CIA (Jessica Chastain, a cara lavada, sin rastro interior), una mujer pequeña en un mundo de hombres, una mujer de ideas (fijas) en un mundo de torturas toleradas y decisiones testiculares, una mujer sin apenas vínculos sentimentales capaz de entregar su vida a una misión que es también, o al menos eso cree ella, la misión de todo un ideal patriótico y de justicia en el mundo.

Como ya ocurriera en la excepcional En tierra hostil, a la Bigelow lo que le interesa realmente son los procesos, la acción no como espectáculo pirotécnico (aunque también lo haya) sino como motor narrativo: que veamos y escuchemos a gente hacer y decir sobre los modos de hacer. En este sentido, un filme como La noche más oscura no se entiende ya sin la memoria reciente de series de televisión como Rubicon o Homeland, la primera, de malograda trayectoria comercial, enclaustrada en las oficinas secretas de una unidad de inteligencia del gobierno, descifrando datos y siguiendo pistas para intentar adelantarse a los movimientos terroristas; la segunda, ésta sí de gran éxito, centrada en unas mismas pesquisas de protección nacional pero con especial atención al retrato de una mujer obsesionada con un terrorista árabe hasta el punto de rozar la locura. Dos series que condensan buena parte de su acción en interiores, en las oficinas, salas de interrogatorios, pasillos y estancias de sus respectivas unidades, es decir, una acción verbal, informativa, no necesariamente de campaña.

No es hasta la última media hora de su filme cuando Bigelow suelta las tropas, las cámaras de visión nocturna, el montaje dinámico, la música cardiaca, la acción física, como argumentos (necesarios) para la resolución (conocida), basada en los testimonios y el libro de uno de sus protagonistas, el soldado Mark Owen. Una resolución que escatima inteligentemente la confrontación, el contraplano enemigo, para especular aún más si cabe con la identidad fantasmal de Bin Laden, trasunto inevitable de esa idea de la paranoia y sus borrosos límites que tan bien encarna, con algunos leves y tal vez demasiado obvios apuntes feministas, el personaje de Maya, auto investida de una suerte de misión redentora que es a la vez personal y patriótica.

Equidistante de los extremos de la crítica a los métodos de la política exterior norteamericana y de los discursos biempensantes sobre la justicia internacional, La noche más oscura sabe abstraerse del ruido de las polémicas para centrarse en dar cuerpo a una obsesión, demostrando de paso que, hoy por hoy, pocos cineastas ruedan mejor que Bigelow en una industria de gestos automatizados y soluciones previsibles.

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