Aniversario de un oscuro suceso

Revelaciones de un defenestrado

  • Hoy se cumplen 50 años de la última represalia franquista con resultado de muerte en la provincia l La víctima fue un joven escritor jerezano, Manuel Moreno Barranco.Esta es su historia

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 “La Unión de Escritores por la Verdad acaba de tener noticia de la sospechosa muerte en España del joven poeta Manuel Moreno Barranco. Apresado el 13 de febrero, falleció días después en el hospital de Jerez. La policía avisó a la madre de Barranco que su hijo había intentado matarse tirándose por una ventana de la prisión y que había muerto a consecuencia de las heridas. A ella se le negó la autorización para verlo”. Este texto fue publicado en el diarioLe Figaro el 29 de junio de 1963, cuatro meses después de que Moreno Barranco, promesa literaria de 32 años, aterrizara con el cráneo desbaratado sobre el pavimento de la cárcel de Jerez. Lo firmaban, entre otros, Clara Goldschmidt (la escritora judía siempre conocida como Clara Malraux por ser la mujer de André Malraux), el filósofo Edgar Morin o el comprometido periodista Louis Martin Chauffier. 

¿Qué pasó en ese intervalo, en esos meses que median entre el vuelo del joven escritor y la publicación de este suelto en el rotativo gaullista más importante de Francia? En Jerez, el lugar del presunto crimen, apenas nada. El diario local Ayer despacha el hecho el 23 de febrero en un breve: “...había caído a un patio desde una altura de siete metros...” “Nunca hubo caso”, relata Joaquín Carreras, sobrino de Manuel Moreno,  el pasado martes en el bar El Arriate de la calle Francos de Jerez. La muerte (suicidio, oficialmente) de Moreno jamás se investigó. “Se tapó con un muro de silencio. Ni sus amigos más íntimos se atrevieron a ir a su entierro para no señalarse. Estábamos cagaos, me confesó uno de ellos años después”. 

Carreras tenía cuatro años cuando murió Manuel Moreno, el tito, un enigma que presidía con un retrato la casa de su infancia. El tito, como llamaba la madre de Carreras a su hermano Manuel, era el hijo de un sombrerero de la calle Larga que en los años 30 seguía el naturismo y el vegetarianismo que propuganaban algunos anarquistas. No era políticamente activo, pero el camión de la muerte falangista le fue a visitar dos veces. Consiguió zafarse. A la tercera, huyó a Málaga la Roja a través de la serranía de Ronda. El sombrerero nunca fue dado por muerto, pero se sabe que el 19 de agosto de 1936 una emboscada liquidó a todos los integrantes de un grupo que huía de Jerez a través de la sierra. Hay pocas dudas de que entre ellos estuviera el padre de Manuel Moreno.

El tito huérfano crece entre libros. Carreras reconstruye su historia a través de la biblioteca que legó. “Los libros son un paisaje moral”, dice Carreras citando a Borges. En su adolescencia jerezana lee a Salgari y saca plaza muy joven (a los 16 años) en el Banco de Jerez. Da el salto a Madrid, trabaja en el Banco Popular y lee a Carmen Laforet y a Rilke. Se asfixia en el Madrid de las gabardinas grises que dibujó Jaime Gil de Biedma y, vía Londres, acaba en en el Banque Agricóle de París leyendo a Levi-Strauss. Su última escala, mientras no para de escribir y publica en Aguilar una colección de cuentos bajo el nombre Revelaciones de un náufrago, es Barcelona, donde intenta sin fortuna trabajar en la editorial de Carlos Barral. Lo siguiente son sus fatídicas vacaciones de la Navidad del 62 en Jerez.  

 Ahora Carreras quiere romper ese muro de silencio. En su blog La Torre del Viento vierte toda la investigación que durante años ha realizado sobre el caso, una investigación que lleva a una conclusión. Manuel Moreno fue detenido, torturado y asesinado.

Volvamos al origen. ¿Qué pasó en esos meses, entre la escueta nota del Ayer y el texto de Le Figaro que firma, entre otros, Edgar Morin? Un nombre. Julián Grimau. Cualquier persona familiarizada, aunque sea levemente, con la historia represora del franquismo ha oído hablar de Grimau, un histórico del PCE. Muy pocos conocen la historia de Manuel Moreno, un joven que coqueteaba en Francia con las ideas anarquistas. Sin embargo, ambos hechos son muy parecidos: ambos volaron por un balcón y lo hicieron en un pequeño lapso de tiempo. Grimau fue detenido en noviembre de 1962, molido a palos en los sótanos de la DGS de la Puerta del Sol y después lanzado desde un segundo piso, esposado, a un callejón. Medio muerto, fue condenado a garrote. Pese a la presión internacional, fue ejecutado en abril del 63. 

En mitad de ese calvario de Grimau, Manuel Moreno, sin el arrope de organización alguna, es vigulado. El 27 de enero la policía registra el domicilio familiar, en la calle Levante, buscando una emisora clandestina que Carreras está convencido de que nunca existió. No hallan nada, pero Moreno se siente amenazado y piensa que le pudieran comprometer algunos escritos panfletos de denuncia social  que había tecleado en una máquina de escribir que esconde por precaución. Los textos se los entrega a un amigo, el hermano del párroco de San Dionisio, que los oculta en las bóvedas del templo. Con el tiempo, las bóvedas cayeron, los panfletos desaparecieron. 

“Se hablaba en aquella época de muchas conspiraciones para matar a Franco y la brigada político social creía descubrir una en cada esquina”, cavila Carreras. Hay un personaje oscuro en esta historia. La investigación de Carreras sólo ha conseguido dar con el apellido: Sotomayor. Sotomayor es el inspector de la político social en Jerez y cree haber encontrado en Moreno Barranco su conspirador ideal. Es Sotomayor el que decide el 13 de febrero de 1963 detener al joven escritor, que por entonces se carteaba con Juan Goytisolo y con Max Aub para conseguir que su primera novela, Arcadia feliz, fuera publicada en México.

De lo que sucede en los diez días en los que Moreno, incomunicado, es sometido a las técnicas indagatorias de Sotomayor, sólo conocemos el testimonio de su madre, la viuda del sombrerero y que ahora sobrevive con una lechería en la planta baja de la casa familiar. Por la lechería pasa el tal Sotomayor durante los días en que Moreno sigue detenido y relata a su madre la suerte de su hijo: “Ahora vengo de verlo y de meterle los dedos. Le dije: anda, hereje, que eres un hereje, encomiéndate a Dios que como él no te salve, no te salva nadie”.

Dios no le salvó. Días después, el cuerpo con el cráneo reventado de Manuel Moreno ingresa en hospital de Santa Isabel. Muere horas después. Sólo la familia acude al sepelio mientras la prensa internacional clama por la vida de Grimau. Nada se escribe de Moreno.

En algo más se parecen la historia de Moreno y Grimau. El escritor jerezano Caballero Bonald pide explicaciones por lo sucedido con su paisano en Jerez. Responde el ministro de Información, Manuel Fraga, con un breve  relato de los hechos: “Cuando el celador abrió la celda, el detenido se arrojó de cabeza por encima de la barandilla del corredor sito delante de su celda”. No hubo testigos. El propio Fraga también explicó al mundo lo que le sucedió a Grimau: “Tuvo un trato exquisito”. 

No hay constancia de que Arcadia feliz, la novela de Moreno Barranco, se publicara en México. Su nombre se olvidó. En 2003 el Ayuntamiento de Jerez recuperó  la obra  y se publicó en una efímera colección. Cuenta su solapa que es “un fresco de las sórdidas relaciones de poder de la sociedad franquista”. Carreras asegura que, más allá de sus inquietudes, el tito no era un activista y, por supuesto, no tenía el plan para matar a Franco que buscaba Sotomayor. Era el hombre equivocado en el lugar equivocado. La última víctima  mortalde la represión franquis

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