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Viejos y nuevos fantasmas

Nuestro inconsciente, como cualquier buen sótano, almacena cajas que dejan adivinar diluidas etiquetas y confuso contenido. En alguna de ellas, tras un letrero en el que podríamos leer algo así como Lo oscuro, herramientas de uso se amontonarían los siguientes tesoros: un puñal manchado, cartas con lacre, un escorpión en una gota de ámbar, un bibelot con un pueblo en miniatura, una bolsa con antiguas monedas, una tabla de oui-ja. Asesinatos, secretos, claustrofobia, aislamiento, nieve, dinero, viejos y nuevos fantasmas.

La novela negra lo es en virtud de su aliento, más allá del eventual crimen que actúa como gancho y excusa para ir desvelando lo realmente suculento de la historia: esto es, las mezquindades, el escenario asfixiante, la ambición, la vanidad. Alguna dosis justa de superstición o miasma paranormal.

La sangre no es más que el detonante que anuncia el interminable desfile de nuestras miserias: algo que bien saben todos los que le han dado a gusto a la pluma de cuervo, desde el Allan Poe de la calle Morgue al venerado Henning Mankell, creador del arrasado inspector Wallander. De todo ello es bien consciente Johan Theorin, que ha escogido la isla báltica de Öland -un lugar en el que veraneaba de pequeño y al que ahora venera- como escenario de sus peculiares Cuatro estaciones: Öland, su naturaleza aislada, sus leyendas, el rostro idílico de sus veranos, sus tremendos inviernos -capaces de congelar al poco precavido-, su endogamia, forman la guía perfecta sobre la que ir tejiendo crímenes varios. La insularidad ofrece de partida esa cualidad de ratonera que tanto agradece la novela negra -Mondadori acaba de publicar, de hecho, otro título de género enmarcado en una remota isla, esta vez, en Lewis, Escocia (La isla de los cazadores de pájaros)-.

Más allá del asesinato, de lo insidioso de muchos entornos -un istmo remoto, una oficina venenosa- o del monstruo de dientes afilados que resulta ser nuestro pariente más cercano, existe un cuarto elemento que convierte a la novela negra en un compendio de lo incómodo: lo sobrenatural. O la amenaza de lo sobrenatural. Nuevamente, Theorin es de sobra consciente de ello.

Así, La tormenta de nieve es un resumen perfecto, nocturno y alevoso de todo lo que le pedimos a una novela negra. Y lo es sin perder las vergüenzas: con elegancia, sin truculencias. Theorin tiene el acierto de transformar un crimen anodino en una consecuencia casi inevitable, imbricada en una larga tradición de muertes, más o menos propiciadas o propiciatorias, ocurridas a la orilla de un viejo caserón. Hace uso, para ello, de sueños e intuiciones, de retazos de historia o leyenda, de pedazos de folclore casi universales, como la luz del faro que se enciende anunciando una muerte o los difuntos que se sientan a la mesa la víspera de Navidad.

¿Qué mejor, en lo más frío del frío invierno, que una buena historia de fantasmas? Pues aquí tienen una, de catálogo, apenas disfrazada.

Johan Theorin. Mondadori. Barcelona, 2011. 432 páginas. 19.90 euros.

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