Cultura

"La Zaranda existe cuando sucede"

  • Viajes, búsquedas y hallazgos en torno a un almuerzo con el grupo de teatro jerezano · Cumplen 30 años y están a punto de dar a luz 'Futuros difuntos', su décimo montaje. "No hay título más cierto que ese", aseguran

"No estamos preparando el nuevo espectáculo, está ya en el horno, dorándose". El símil culinario reconforta y calma los nervios de Francisco Sánchez, Paco de La Zaranda, enfrascado, desde mediados del pasado mes de agosto en la nueva producción de la compañía jerezana. Escarba en el pasado junto a los eternos componentes de un grupo de teatro que cumple treinta años como si fuera una eternidad, con memoria teatral pero con la vista únicamente puesta en lo inmediato. "Mis comienzos se resumen cuando me levanto esta mañana y en el sueño que tenía", evoca Paco, sentado cerca de Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Eusebio Calonge. En veinte días tiene que ponerse de largo el trabajo en el Teatro Sorano de Toulouse (Francia), con quien tienen firmado un acuerdo como compañía residente para las cuatro próximas producciones. Luego vendrá el estreno nacional en San Sebastián. Pero eso será más tarde.

Cuando vuelvan a respirar la madera que cubre el escenario, Futuros difuntos ya será presente. "¿A qué no hay un título más cierto que ese?", apunta Eusebio. "Ni más lúgubre", apostilla Gaspar. "Si usted comete la torpeza de preguntarme qué es Futuros difuntos le diré que no se preocupe porque el tiempo se lo dirá", asegura Paco, formulándose a sí mismo la pregunta. "No te mueras por saberlo que el tiempo te lo dirá..." canturrea Eusebio. ¿Cuándo surgió la idea? Nueva pregunta tópica para una supuesta entrevista 'seria'. Carcajadas generalizadas. "Había una idea, carajote, ¿has visto como este hombre se ha dado cuenta?", reprende Eusebio a Gaspar, la "vieja gloria" del grupo al que el crítico Marcos Ordóñez, "la voz del teatro en España", lo dio en llamar algo así como el sucesor del gran, del enorme, Pepe Isbert.

Antes de marcharnos a comer al bar de los menús del día, perdido en un polígono industrial jerezano como si estuviese levantado en mitad del Serengeti, el lugar habitual para almorzar entre ensayo y ensayo, la compañía muestra su Shangri-La, su templo sagrado y maravilloso: la nave. Un viejo granero que adquirieron hace más de veinte años y que han reconvertido en espacio de creación, en laboratorio donde paren sus criaturas. Preside, con mirada escrutadora, la Virgen de Guadalupe en su altar y en el escenario hay una serie de muñecos guatemaltecos rodeados de camillas y sillas de rueda destartaladas.

"Tenemos hasta sala de trofeos", advierte Paco, guía de la visita. Y rememora el laureado, y polvoriento, pasado y presente de la compañía: "Este premio es de Montevideo; este es el Premio de la Crítica de Madrid, muy sencillito, pero muy importante; éste es de Palma del Río, éste es de Buenos Aires...". Sigue la retahíla. La última mención la obtuvieron el viernes pasado en Cádiz, en el Festival Iberoamericano de Teatro, cuando recibieron el premio Atahualpa del Cioppo, con quien llegaron a coincidir en Cádiz. "Estaba muy viejito, pero nos tomamos unas copitas con él", relatan.

Fue el Fit de Cádiz precisamente el que sirvió de trampolín hacia América y la tabla de salvación de la desintegración, casi consumada, en tiempos de Mariameneo, Mariameneo. Allá por el año 86, los componentes de La Zaranda tan malvivían del teatro que habían decidido que la que estaban representando en un pequeño escenario de Triana, casi un tugurio, sería su última obra juntos. A partir de ese momento, cada uno por su lado. Fue entonces cuando un hombre del FIT cayó por allí y dijo que qué hacían que no estaban ya en Cádiz. "A nosotros no nos llaman del FIT, ¿no ves que somos muy malos?", cree Francisco Sánchez, Paco de La Zaranda, que le dijo. Si no fue eso, algo parecido. Nada, nada. Para Cádiz.

Y allí se fueron ante, principalmente, el panorama de poder comer gratis, que es lo que supone Gaspar que les atrajo. Prepararon una representación con gente del teatro, directores de festivales y todo eso, con tan mala fortuna que coincidió con el día de la visita a las bodegas de Jerez. Venía la gente del teatro alegre, bien calentita de vino, escogiendo la representación de la agonizante Zaranda para echarse una cabezada. Pero tres o cuatro se mantuvieron despiertos e insistieron: esto hay que repetirlo, pero sin vino. Y se repitió y a La Zaranda les invitaron a recorrerse medio mundo de festival en festival. "Nuestro trabajo en España no valía nada y para ellos era la hostia. Aquí no se valoraba, hasta tal punto de que nos íbamos al carajo con un espectáculo que estuvo en Berlín, Nueva York, Buenos Aires, Miami... Girolamo, Piollin... A los grandes les interesábamos y ellos a nosotros nos enriquecían", confiesan con cierto aire nostálgico. Todo eso ocurrió en Cádiz, en un lejano FIT y esta historia, que en los básico es así, puede estirarse o encogerse porque forma parte de la leyenda del teatro español. Y matiza Paco de La Zaranda tras contar la historia: "En realidad, yo no me acuerdo de nada. Tengo memoria, pero no me acuerdo. Vale lo que pasa ahora. No sé nada de lo que pasó antes". Sobre el último premio recibido, por cierto, sus sentimientos se resumen en "honor y gratitud". "Pero parece que sin premios no hay entrevistas, eres o no eres", reflexiona Paco. Eusebio interrumpe: "Claro, o eres noticia o no eres noticia, así funciona". "Todos estamos deseando ser noticia, es la enfermedad del siglo XXI", incide Paco. ¿Cómo os sentís siendo noticia? "Tuve amistad -contesta- con Luis de la Pica y decía: "yo pa' que voy a grabar un disco, lo grabaría si me dejaran hablar en un telediario entero. Si no hay telediario pa' mí, pa' qué voy a grabarlo". Y puntualiza Gaspar: "Fuimos noticia en Colombia, en los telediarios, cuando apresó nuestra carga las Farc, en Bucaramanga". "Salimos del hotel y había tiros por todos sitios. Nos llevamos una ristra de balas de souvenir, pero estuvimos cuatro días encerrados en el hotel acojonaos", relatan.

Los viajes se suceden en la casa de comidas, donde tres guirnaldas se deshilachan y un viejo y brillante 'happy birthday' casi ni se sostiene. Con los viajes, entre doradas y platos de habichuelas, se amontonan unas tras otras las anécdotas y vivencias del cuarteto del teatro rabioso de la vida. Ya sea en Túnez, con un traductor que a la pregunta de las especificaciones técnicas del teatro respondía "cinco millones de habitantes"; ya sea en Tegucigalpa, cuando Quique tuvo que colocarse en la parte trasera de una avioneta en la que viajaban para hacer contrapeso. Se atropellan los unos a los otros y nos destripan a carcajadas. Paco cuenta cuando navegaron con el tiburón negro, un capitán de barco mulato con un sólo y afilado diente. Luego Gaspar narra, sobre una silla de plástico del bar y zambulléndose en un arrecife de coral caribeño, aquella travesía con la secuela, tiburón negro 2, que era un piloto de barco con sólo dos dientes blancos. Son dos mil historias. Las cuentan y las representan. De Punta Arena a Nueva York; de Berlín a Río de Janeiro.

Pero no todo han sido risas en las escalas internacionales de La Zaranda. "La primera vez que llegamos a Ecuador -reproduce Paco- y dimos una vuelta, volvimos al hotel y no éramos capaces de hablarnos... Se para todo. De qué me puedo yo quejar si llego a mi casa y tengo un grifo que me echa agua fría y otro caliente. Pero veíamos a los niños reírse en Guatemala y... Llevarles juguetes a esos niños es una putada. Ellos saben jugar de otra manera y la risa de esos niños es más grande que todas las que he podido ver en mi vida". De todo eso se nutre su teatro, del gran teatro de la vida. "La mentalidad del que va allí a hacer teatro es creerse que va a enseñar. Nosotros vamos para nutrirnos. La Zaranda no sobrevivió porque amplió su negocio en América, lo que amplió verdaderamente fue su espíritu, eso fue lo que nos salvó", prorrumpe decisivo Eusebio, el dramaturgo de cabecera del grupo. Y recalca: "No se trata de que te reconozcan, de que los políticos se arrodillen ante ti, no se trata de eso, se trata de sentirte vivo; y te sientes así cuando la gente se comunica contigo y tiene un espíritu vivo. El resto es una historia de mera supervivencia económica que no lleva a que una compañía perdure durante treinta años".

Pero una historia, sólo una. Estamos entre Zacatecas y Jalisco, en la localidad de Aguascalientes, cuyo gentilicio, como todo el mundo sabe, es el de hidrocálidos. Se celebra la masiva feria, donde se bebe tequila a hectólitros y la gente se ahorca con sus mejores tenis. "Se compran zapatos para ahorcarse, en serio". Allí tiene que actuar La Zaranda entre el ruido infernal de la fiesta popularísima, junto a una banda de música cuyas estridencias se cuelan hasta la mismísima boca del escenario. Paco advierte de que así no va a poder ser, que no pueden actuar, hasta que el gobernador se lleva la mano al cinto: "Actúen, huevones". Y comienza la representación ante un público humilde, mujeres que dan el pecho a sus hijos, hombres rudos que gritan al entrar al patio de butacas: "¡Qué viva Villa, qué viva mi general!"... Y se produce algo, se produce la comunión. El silencio entre la algarabía. Se emocionan recordándolo. "Que no me hablen de teatro de culto, que me hablen de teatro que llega al corazón de la gente que tiene algo que escuchar", asevera Paco. Y abunda: "Uno lleva a América su teatro y siempre se trae más de lo que lleva. Nosotros hemos ido allí siempre, por nuestra búsqueda personal, a mezclarnos con la gente. A buscar el teatro en la vida porque menos en el teatro se puede encontrar en cualquier otro lugar. En el teatro, lo único que puedo encontrar es mentira". En Aguascalientes, apostilla Gaspar, "con más de un millón de habitantes, venían por detrás los padres con los niños a pedirnos los carteles para ponerlos en las habitaciones. Ha sido una de las funciones más bonitas de La Zaranda".

¿Compañía de culto? ¿Teatro de creación? ¿Grupo estable o inestable? ¿El apoyo de los político a la cultura? ¿Hablamos del teatro andaluz, del europeo, del brasileño...? Qué saben ellos de todo eso. Qué les importa. Están recibiendo, se están empapando de lo que tú estás haciendo y tú te estás empapando de cada uno de ellos. Eso es el teatro. La magia, lo absoluto, la verdad. No hay otra definición plausible. El teatro es Aguascalientes... y La Zaranda, bueno, La Zaranda "no existe nada más que cuando sucede".

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