Una alienígena en Welbeck

Siruela publica por primera vez en castellano 'El mundo resplandeciente' de Margaret Cavendish, obra considerada precursora de la ciencia-ficción

Retrato de Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle.
Retrato de Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle. / D. S.
Pilar Vera

28 de agosto 2017 - 02:05

La ficha

'El mundo resplandeciente' Margaret Cavendish.Traducción de María Antònia Martí. Siruela. Madrid, 2017, 194 páginas. 16,95 euros

Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle, publicó en el año del incendio londinense una obra a medio camino entre la ucronía y la utopía que llamó El mundo resplandeciente. Un título que la convertiría en autora de la que podría considerarse primera obra de ciencia-ficción de la historia. Pero lo cierto es que Margaret Cavendish (1623-1673) fue la primera en muchas cosas. La primera en escribir seis libros de temática científica, por ejemplo. La primera en ser recibida (no admitida, desde luego) en la Royal Society de Londres -"distinción" que seguiría ostentando, agárrense, hasta 1945-. A estos logros ayudaría, no sólo una fuerte voluntad, el disfrute en el aprendizaje y la creencia absoluta en la igual potencialidad intelectual entre sexos, sino el hecho no nimio de que Margaret Cavendish era una mujer rica -antes de convertirse en duquesa de Newcastle, acompañó en el exilio como dama de compañía a la reina Enriqueta María de Francia-.

Su dinero y su posición contribuyeron a que pudiera publicar sus títulos sin que nadie contemplara la opción de casarla con Barbazul o recluirla en algún frenopático. Eso no quiere decir que el tratamiento a su obra o a su figura fueran amables, ni siquiera con un marido que la alentaba, comprendía y, muy posiblemente, amaba. Muy al contrario: el duque de Newscastle era visto como una pobre víctima que aguantaba con estoicismo los delirios de su esposa. William Cavendish se había casado en segundas nupcias con la joven Margaret Lucas. Su primera esposa, recogida y religiosa, obedecía al palo habitual de las mujeres de la época; y él, con diez hijos y distintas amantes en su haber, había mantenido también el palo habitual de los maridos de la época. Margaret lo convenció de que las relaciones entre marido y mujer debían partir de una base de igualdad y respeto.

Lo cierto es que su bien conveniente marido parecía feliz a su lado, y no se le conoce gesto alguno encaminado a coartar a Margarita la Loca (Mad Madge, como la llamaban). Su carácter independiente, su excentricidad, su afán de marisabidilla la hacían ser la risión entre los círculos nobiliarios de la época. Nada de esto parecía achantar al duque: "Tu imaginación creadora ha logrado de la nada, con tu mero intelecto, crear todo un mundo. Tu mundo resplandeciente lo ilumina todo con su propio fuego, por encima de las estrellas", firma en la dedicatoria del título que publica Siruela por primera vez en castellano.

Con sus apuntes sobre hombres-oso, hombres-pez y hombres-pájaro, sobre expediciones a territorios helados -seguramente, inspirada en las descripciones de Robert Boyle sobre el Ártico-, con resinas que otorgaban la juventud eterna y barcos que se movían impulsados únicamente por la pura energía del viento, es lógico que El mundo resplandeciente se contemple como un texto proto-fantástico aunque siga, de hecho, la moda de algunos títulos de la época. Con su emperatriz todopoderosa, capaz de enmendarles la plana a los hombres, y con aseveraciones que le hacen ser considerado, también, un texto proto-feminista - "En poco tiempo, las mujeres, generalmente de ingenio rápido, conceptos sutiles, claro entendimiento y juicios sólidos, se convirtieron en muy devotas y entusiastas hermanas" -y proto-ecologista -sus personajes se lamentan de la deforestación a causa de la guerra: "Parece que hubiera más árboles en el mar que en la tierra"; una proclama valiente, ya que la nobleza, también en contra de los campos comunales, solía propiciar la práctica de la tala-.

Como es lógico, no es que Margaret Cavendish hubiera desarrollado una filosofía contemporánea sin mácula. Podríamos decir que su actitud podía considerarse fuertemente feminista -incluso en detalles aparentemente intrascendentes: ¿por qué no tenían que maquillarse las mujeres si les hacía sentir bien?-; dedica la segunda edición de El mundo resplandeciente, por ejemplo, a "todas las nobles y dignas damas". Pero han de ser, desde luego, "nobles" y "dignas": como muy bien replica en el mundo ideal que propone, la jerarquización no se da por naturaleza pero sí con el estatus económico. Sorprende también el alto escepticismo que le producía la realidad observada a través de telescopios y microscopios - "¿Cómo puede un piojo parecer una langosta?", comentó, sin duda impactada por la Micrografía de Robert Hooke-. Aunque, tras todo su escepticismo asoman conceptos que son, de hecho, de bastante actualidad: en torno a las posibles limitaciones de la visión y hasta qué punto la observación de un fenómeno termina alterándolo.

Cavendish, que asistía a las principales tertulias científicas de la época pero que no podía formar parte de ninguna de sus sociedades; que había aprendido todo lo que sabía sola, en la biblioteca de su casa, pero que no podía pisar una universidad; que se sabía capaz de desarrollar corpus teóricos tan potentes o tan desinflables como sus contemporáneos varones; se veía sin remedio expulsada de un mundo que debería haberla aceptado. En la trama de El mundo resplandeciente hay una emperatriz todopoderosa -llega a acudir en auxilio del rey de ESFI (Inglaterra, Escocia, Francia e Irlanda)- que no es difícil ver como trasunto de la propia escritora; pero la misma Margaret Cavendish aparece también, si bien en espíritu, como uno de los principales personajes de la historia, encarnando a una escriba de la emperatriz. Ambas conectan de tal modo que se convierten en "amantes platónicas, aun siendo ambas mujeres" -¿lesbianismo, lady Cavendish? Por qué no-. En un momento de la trama, los espíritus de ambas mujeres "poseen" al duque de Newcastle, desarrollando con él una -"platónica", siempre- relación a tres - ¿poliamor, lady Cavendish? Por qué no: soy la duquesa de Newcastle y hago lo que se me antoja. O casi: "Si no fueras una gran dama (le dice a su emperatriz), el mundo diría que tus singularidades son vanidades"-.

Igual que produce ternura el apoyo del duque de Newcastle a su excéntrica esposa, uno se conmueve ante la petición que la duquesa le hace a la emperatriz de El mundo resplandeciente: que hable con la diosa Fortuna para que le sea favorable a su marido, porque desde que se casó con ella -admite- le ha sido algo escurridiza.

El objeto y sentido último de la "fantasía" que Margaret Cavendish publicó, de forma complementaria, junto a sus Apuntes de filosofía experimental, lo resumen bien sus propias palabras: "Aunque no pueda ser ni Enrique V ni Carlos II, me esfuerzo en ser Margaret I. Y aunque ni tengo poder ni ocasión para conquistar el mundo como lo hicieran Alejandro y César, y tampoco puedo ser dueña de uno, pues ni la Fortuna ni el Destino me lo darían, he creado un mundo por mí misma, por lo que nadie, espero, podrá culparme, al tener cada cual el poder de hacer lo que desee".

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