Relato María Von Campo

La bata boatiné

A María von Campo le regalaron una bata boatiné y le daba pena ponérsela porque, - ¡Era tan bonita! -. Era una bata larga que le llegaba hasta las babuchas, con grandes flores blancas, negras y marrones sobre un fondo verde que cortaba la respiración. Pasaba el invierno y la bata boatiné seguía colgada de la alcayata del cuarto sin que María encontrara el momento adecuado para poder estrenarla.

Cuando vio llegar a Josefina con su pequeño equipaje, María reinaba en sus cosas. Josefina había recorrido un trayecto muy largo y estaba cansada. Su piel seguía siendo más blanca de lo normal en una mujer de campo, pero ella no era del campo, había llegado de la ciudad.

Había pasado algún tiempo desde que contestó al anuncio por palabras de Rodrigo en el periódico, pidiendo una mujer para casarse, sana y dispuesta a trabajar duro sin preguntar. Rodrigo, viudo y con un hijo, Luisito, no era un hombre feo. Josefina pensó que podía quitar el sufrimiento de la cara de Rodrigo y aceptó casarse con ese hombre tosco, sin importarle el abandono de la casa donde tenía que vivir.

Puso unos palos y unos alambres y empezó a labrar un pequeño trozo de tierra en contra del parecer de su marido que quitaba las estacas a la vuelta del campo. Pero todos los días se las encontraba puestas de nuevo. Un día Rodrigo se rindió y Josefina con alegría, empezó a trabajar en su pequeño jardín.

María recordó cómo Josefina había unido a esa familia.

- ¿Te vienes a vivir con nosotros? -le preguntó Josefina a Luisito cuando se casó con Rodrigo. Luisito, tan blanco que parecía celeste, se quedó pensando un momento y dijo:

- Si me voy contigo, quiero comer un huevo frito todas las noches.

Josefina aguantó la risa al ver la seriedad del rostro del niño. El único huevo que daba la gallina del gallinero se lo comía el abuelo, - "Cuando seas padre comerás huevos" -decía el viejo, zampándoselo sin compartir con nadie.

Luisito y Josefina sellaron para siempre el trato con un apretón de manos.

Las arrugas marcaban su cara, pero Josefina estaba guapa. No era fácil vivir con ese hombre sin sensibilidad que nunca le ponía la mano encima ni para bueno ni para malo. Ella toreaba sus provocaciones, pensaba en su jardín, y callaba. Pero cuando el caballo de Rodrigo se comió la primera rosa de su arriate preparó su bolso, y se fue a casa de María con lo mismo que trajo al campo.

Apenas pudieron hablar. Las dos mujeres vieron llegar a Luisito empapado por la lluvia. María corrió a su cuarto y lo envolvió en su bata boatiné para que no cogiera una pulmonía.

Josefina en silencio, miraba al niño sentado al calor de la estufa envuelto en la floreada bata, pensando que por la mañana todo se vería más claro. Mientras, María en la cocina preparaba el huevo frito de Luisito.

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