Lectores sin remedio

El bibliófilo de la calle Juan Belmonte

El bibliófilo de la calle Juan Belmonte

El bibliófilo de la calle Juan Belmonte

Los miles de libros ocupaban hasta el último rincón de la vivienda, un piso bajo de la barriada jerezana de La Constancia en el que había instalado a duras penas su biblioteca, mientras él, José Soto, se acomodaba en otro piso anexo en el que pronto tuvo que ir cediendo nuevos espacios a la voracidad colonizadora de los libros.

José Soto Molina, reconocido bibliófilo local, ahora ya anciano y arruinado, había vivido sin duda tiempos mejores. Sus estrecheces económicas parecían haberse acrecentado desde que tuvo que abandonar su espaciosa vivienda de toda la vida, al verse esta afectada por las expropiaciones que tuvieron lugar para hacer realidad la nueva vía de ensanche de Jerez: la avenida Álvaro Domecq. Desde entonces, su decadencia física era evidente. Apenas salía de aquellos pisos de la calle Juan Belmonte en La Constancia, y lejos quedaban aquellos tiempos en los que fue una figura reconocida en los ambientes culturales de la ciudad.

Por el camino había dejado amigos y enemigos, también lenguas malintencionadas que lo describían con una gabardina holgada donde escondía libros de procedencia inconfesable, imagen heredada sin duda del protagonismo que ejerció en las confiscaciones de libros de particulares en los inicios de la Guerra Civil. Ahora, al final de su vida, aún recibía visitas en su domicilio de conocidos y desconocidos a los que informaba sobre el valor real de alguna biblioteca heredada, o para examinar impresos raros que algún iluso trataba de venderle a precio desorbitado. Lo cierto es que José Soto se fue apagando sin saberlo en La Constancia, entre recuerdos y libros, cada vez más libros. En los recuerdos siempre aquellos “años de plomo” en los que asesoró al bando de los vencedores, sobre la idoneidad de conservar o destruir los libros incautados a particulares. Enfrascado en aquellos oscuros asuntos, no pocos libros pasarían a su cada vez más inabarcable biblioteca. Con algunos de aquellos impresos arrebatados por la fuerza, se distrajo durante un tiempo quitando los ex libris de sus legítimos propietarios de las contraportadas, para completar con ellos álbumes de singular belleza. Si a José Soto le hubiera gustado ser recordado en algún libro, sin duda hubiera sido en aquel ‘Bibliofilia’ que por entonces preparaba para la imprenta Javier Lasso de la Vega, pero lo único cierto es que cuando Soto Molina, D. José, moría en aquel bajo de la calle Juan Belmonte, pocos se acordaban de él y menos de sus libros salvo Manuel Esteve Guerrero. Esteve, el bibliotecario, el arqueólogo de Asta, compañero de fatigas de Soto Molina en lo bueno y en lo malo, lograría gestionar con éxito la donación a la Biblioteca Municipal de Jerez de aquella enorme biblioteca. Sin duda fue aquella una tan inesperada como justa pirueta de la diosa Fortuna. 

Envejecer

“Ha envejecido mucho”, “se le notan los años”, son expresiones que solemos utilizar para describir a personas (siempre sale el animador de turno que nos pregunta para subir nuestra autoestima “¿tú te has mirado esta mañana en el espejo?”). Pues bien, esa misma sensación de envejecimiento, mucho y mal, he tenido al releer ‘Las mil noches de Hortensia Romero’ de Fernando Quiñones. No es la misma sensación que se tiene cuando uno se da cuenta de que un libro no aguanta una segunda lectura. Esa derrota ante el tiempo a la que me refiero se puede observar en muchas películas españolas de la década de los setenta y ochenta, no solo a las que se agruparon bajo la denominación del “destape”, sino incluso a aquellas que planteaban los problemas de una sociedad que aún arrastraba, como un pesado lastre del que no sabía desprenderse, la larga dictadura. Las anchas solapas de las chaquetas, los pantalones acampanados y un cigarrillo tras otro cuyo permanente humo acompañaba los diálogos reflexivos de José Sacristán en películas como ‘Asignatura pendiente’ o ‘Solos en la madrugada’, son un buen ejemplo de esa sensación que he tenido con la Hortensia de Quiñones. Y no es solo por el personaje en sí, la madura prostituta que le va contando a una estudiante meritoria de sociología todas sus andanzas, que son muchas y variadas, en un ejercicio de autoalabanza que por momentos suena casi infantil, sino también por la propia narración que adolece de excesos por todos lados, en extensión (una novela a la que le sobran bastantes páginas), y en intensidad. La historia del “Maera” y sus cuentos marineros, la petera de Hortensia con el médico Pedro Quintana y su generosidad con los pobres… y hasta el cuento popular final que le endosa la Horte a la estudiante del “Ramón y la mora” me han sonado a una literatura que sin duda tuvo su tiempo y que no ha podido resistir el paso de este. Por lo que argumenta al final, hasta la protagonista ha sabido envejecer mejor que su relato. José López Romero.

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