Bienal de cante de Jerez Mientras nos queden artistas así...

Enrique Soto y Nono Jero, durante su actuación.

Enrique Soto y Nono Jero, durante su actuación. / Manuel Aranda

Mientras nos queden artistas como Vicente Soto y Enrique Soto, Jerez seguirá siendo la cuna. Su conocimiento, su amor por la tradición y el respeto que profesan al cante, le convierten en verdaderos templarios de un milagro que generación tras generación se mantiene vivo y hace de esta ciudad un lugar privilegiado dentro del universo flamenco.

Ambos protagonizaron una noche mágica para abrir la primera Bienal de Cante de Jerez, el sueño utópico de Mario González y Lola Vallespí que se ha hecho realidad irrumpiendo en el cargado panorama flamenco de la ciudad con fuerza.

Casi hora y media de buen cante y buena guitarra se antojaron como el condimento ideal para una velada completa, en la que todos los factores se alinearon para ello. Un espacio espectacular, el Museo del Enganche, que ha involucrado de lleno a uno de los emblemas de la ciudad, la Real Escuela de Arte Ecuestre, un público selecto, respetuoso y silencioso, (de los que no hay, vamos) y un elenco artístico entregado, propiciaron un estreno de sobresaliente con lleno hasta la bandera.

‘Ortodoxia y vanguardia’, un espectáculo estrenado en enero de 2016 en el marco del Festival de Nimes (Francia), fue la propuesta elegida por la organización para abrir esta cita histórica. Su puesta en escena servía también para reconocer, de alguna manera, a una de las casas y sagas cantaoras más prolíficas que ha dado Jerez en el último siglo, los ‘Sordera’.

Como bandera, Enrique y Vicente, descendientes directos de Manuel Soto ‘Sordera’, dos voces cuajadas, experimentadas y alimentadas con el cante de siempre, el de la tradición oral. Teóricamente, iba a ser José Soto ‘Sorderita’, el tercer varón de Tío Manuel, el encargado de añadir ese toque vanguardista que le ha perseguido desde aquellos años ochenta cuando fundó ‘Ketama’, pero una indisposición de última hora, le impidió acudir.

Un momento de la intervención de Vicente Soto por tonás. Un momento de la intervención de Vicente Soto por tonás.

Un momento de la intervención de Vicente Soto por tonás. / Manuel Aranda

Ante tal enmienda, fueron Vicente y Enrique los encargados de tirar del carro, y vaya sí lo hicieron. Previamente, Manuel Martín Martín introdujo con su exquisita verborrea, a los protagonistas, acordándose del Sordera y tirando de recuerdos y citas curiosas que captaron la atención del público.

La noche se abrió por cantes de fragua. “Voy a hacer tonás, martinetes y deblas”, dijo Vicente Soto, al que se le vio comprometido desde el primer minuto. He visto muchas veces al Sordera, pero el grado de compromiso exhibido sobre el escenario de esta Bienal, no se lo he notado nunca. Es como si tuviera que corresponder, y eso, cuando se trata de un cantaor con esos quilates, es una maravilla para el espectador.

La tanda de tonás y martinetes la continuaron Enrique Soto, en su sitio, y Lela Soto, que no se achanta en las situaciones difíciles, todo lo contrario, se crece.

Tras este primer aperitivo, fue Enrique Soto quien nos devolvió el sabor de antaño, demostrando su maestría encima del escenario. Abrió la noche, acompañado magistralmente por Nono Jero, por tarantos que remató por cartageneras, para continuar ofreciendo una amalgama de estilos por soleá y rematar la faena por alegrías-cantiñas, nuevamente repletas de recursos y con un aire personal. El público lo despidió entusiasmado.

Subió entonces Vicente. “Jerez necesitaba una Bienal de Cante, y aquí está”, señaló antes de hacer bulería por soléa. Su registro cantaor es amplísimo y sus facultades, a sus 65 años, están intactas. Dios las conserve mucho tiempo.

Subido en la barca sonora de Manuel Valencia, porque su guitarra envuelve y te eleva a otros estratos, Vicente detuvo el cante por seguiriyas. Se acordó de Manuel Torre, del Marruro, como él mismo recordó antes de empezar, rebuscándose y gustándose, y finalizó con ese remate de aire cabal de Antonia La Galea, grabado en Tríptico Flamenco hace ahora casi 25 años.

Sin repetir ninguno de los cantes anteriores, el Sordera acometió una festera bulería, en la que de nuevo demostró que es una cátedra viva. Recuperó el aire más santiaguero, pasó por la Plazuela, y recurrió al cuplé con una versatilidad impresionante, alcanzando el cénit con una versión personal de ‘El clavel’ del Maestro solano y esa acompasada ‘Tarara’ que concluyó con pataíta marca de la casa.

Lela Soto, en un instante de 'Ortodoxia y vanguardia'. Lela Soto, en un instante de 'Ortodoxia y vanguardia'.

Lela Soto, en un instante de 'Ortodoxia y vanguardia'. / Manuel Aranda

Faltaba Lela Soto. Cómo ha evolucionado la hija de Vicente en estos años. Su voz es caramelo y su manejo de la misma es cada vez mayor. Eligió granaínas, arropada por Nono Jero, para empezar repertorio. Eleva, modula, y alarga el cante con precisión, rematando su intervención con la letra que grabó Vallejo ‘Con un suspiro le pago’, de complicada ejecución pero que solventó con facilidad.

Seguidamente, nos regaló los oídos con bamberas, otro cante que expresa con hechuras y que se agradece ver en los repertorios cantaores actuales. Cerró la noche haciendo tientos que remató por tangos.Canela pura. Faltó escucharla por cantes más serios, de esos en los que hay que apretar riñones.

El colofón al estreno, como no podía ser menos, fue por bulerías, donde Luisa Heredia, esposa de Vicente, obsequió al público con un elegante braceo y donde Enrique nos devolvió olores de Santiago.

El delegado de Turismo, Miguel Rodríguez, junto a Mercedes Colombo y Jorge Ramos. El delegado de Turismo, Miguel Rodríguez, junto a Mercedes Colombo y Jorge Ramos.

El delegado de Turismo, Miguel Rodríguez, junto a Mercedes Colombo y Jorge Ramos. / Manuel Aranda

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