Crítica de Teatro | 'El viento es salvaje' La frescura de las Niñas de Cádiz inunda el Villamarta

  • Una apuesta muy orgánica y dinámica llena de guiños a la tragicomedia

las Niñas de Cádiz, esta tarde interpretando 'El viento es salvaje' en el Teatro Villamarta. las Niñas de Cádiz, esta tarde interpretando 'El viento es salvaje' en el Teatro Villamarta.

las Niñas de Cádiz, esta tarde interpretando 'El viento es salvaje' en el Teatro Villamarta. / Miguel Ángel González

Un espectáculo donde el texto recupera su importancia y además rebosa ingenio es siempre bienvenido. La auténtica esencia del teatro de autor pero aderezado con chispa, dinamismo y estudiados movimientos de escena, agranda más la apuesta de unas actrices perfectamente acopladas a una idea casi carnavalesca de la vida. Ahora que el Dios Momo está en 'erte' y que el entierro de la sardina es una entelequia, saber crear un tipo, hacer que las voces vayan al unísono y que el espectáculo enganche al público es digno de mención. El nudo argumental se crea desde la libertad y desde la igualdad de género. El conflicto lleva a que la tragedia se torne en comedia. La puesta en escena reincide en lo sustancial y el contenido se ejecuta con maestría. Una oda a querer resucitar el humor en tiempos de tinieblas tal como en siglos anteriores los carnavales tuvieron la función de buscar alegría en una sociedad de plagas y desastres.

El grupo, aun con experiencia dilatada, en esta ocasión ha sabido limar flecos superfluos y adentrarse en un ejercicio teatral más orgánico. Con preponderancia del mensaje oral frente a otras producciones pero con el añadido de conseguir personajes múltiples gracias a la mimetización y la sabiduría innata de prototipos de la cultura andaluza que sirven como nexo de unión a un argumento de tragedia clásica. La fuerza corporal de personajes femeninos y masculinos, por cuadruplicados, pero con el efecto personal de aparecer como un ente único. El personaje dentro del personaje. Lo físico para hacer que el mensaje sea nítido. Así, se logra enarbolar la bandera de la revolución necesaria encima de un escenario para que la voz femenina tenga el mismo poder. Comenzando con la comedia en la presentación de personajes y acabando en la tragedia más auténtica de un epílogo surrealista. Un empoderamiento de la mujer en escena, desde el acento reivindicado, desde lo andaluz en el habla y donde las figuras de Pemán, de Lorca o del mismísimo Falla parecen estar presentes haciendo de maestros de ceremonias de una tragedia permanente de la vida, que por mucho que pasen los siglos, permanece escondida para dar el zarpazo cada vez que le interesa.

Aunque la rima y el verso chirigotero llevan la batuta, la prosa rica en adjetivos calificativos y la poesía de la belleza de las consonancias son capaces de captar la atención y embaucar hasta el punto que todo fluye sin vuelta atrás y sin momentos de descanso. En la apuesta de estas niñas adultas con mayúsculas se dan cita las madres, las tías, las abuelas y por qué no, los hombres luchadores y trabajadores ejemplificando todas las figuras antepasadas que han influido en el devenir de una cultura del pueblo y que han modelado una forma de entender el teatro muy sui generis y de entender la vida de una manera que sólo puede darse por estos lares. El amor, el desamor, los celos y la muerte. Como la vida misma. Se huele la tragicomedia fenicia, griega o romana. Se intuye meticuloso uso de verso acompasado del siglo de Oro, el lenguaje escrupuloso de la Ilustración y el teatro de la comedia del arte y del absurdo. Se sueña con habaneras, sambas y colombianas mezcladas con el romancero, las coplillas y la semántica de la ironía. Se cantan coplillas con las palmas gaditanas. Se pisa el subsuelo gaditano, los restos arqueológicos de medio Cádiz, los olivos, las cepas de viñedos y hasta el viento de levante que entra en el escenario trayendo olores de agua salada, atún de almadrabas, ostiones de la bahía y caballa a la plancha del barrio de la Viña.

En escena se transmite la necesidad de no hacer movimientos innecesarios, de que los personajes converjan en un punto para conseguir el clímax del diálogo, de no crear movimientos que despisten y sobre todo una amalgama de inversiones de fuerza del texto con el movimiento acompañante que magnifica la farsa y el efecto cómico. Todo bien apoyado en un juego de luces que posibilita la lectura de los cambios de registro atemperando las situaciones de desenlace de las tramas y en unos apartes finamente conseguidos que dinamizan y acentúan la presencia permanente de la figura del actor como un todo. La profundidad de campo escénico consigue, con un mínimo atrezzo, crear un ambiente que engrandece los personajes sin menoscabar la función de la escenografía.

Protagonismo dramatúrgico en un espacio que crea sinceridad y autenticidad por lo espontáneo y lo expresivo pero con la técnica de muchas horas de ensayo, de ahí que las acotaciones que sirven para enganchar, los monólogos que suben la temperatura actoral de la escena y los diálogos hilarantes llenos de intenciones consigan crear un desarrollo tan dinámico que el verso se hace fuerte y las entonaciones se hacen magistrales. Ritmo encajado en base a una música complementaria que es fundamental para lograr crear las sensaciones que el momento emocional requiere. Un vestuario especialmente pensado para hacer que la neutralidad de cada personaje quede en segundo plano y aumente las verdades internas de cada cual en escena. El esfuerzo físico junto al encanto personal hace que los personajes aparezcan muy bien dibujados, sin aristas y llenos de verdad, lo que consigue, en definitiva, que el objetivo planteado se consiga con creces. Encontrar respuestas satíricas a la tragedia de la vida. Pero con espíritu de máscaras que se desdibujan ante la verdad de la realidad diaria, destapando las dobles personalidades, las triples neurosis y las cuádruples miserias del inevitable buen hacer de quien sabe cómo y qué quiere transmitir en un escenario. Una apuesta teatral fresca que ha llegado al Villamarta para convertirse en un soplo de aire limpio, aunque sea de levante, en el momento justo para demostrar que no todo es tragedia.

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