Quién es el Señor Schmitt? se presenta en el Teatro Villamarta de Jerez

El espacio escénico del Teatro Villamarta, protagonista de una obra surrealista

  • Crítica: Quién es el Señor Schmitt?

  • Sergio Peris-Mencheta trae un regalo teatral sobre la inexistencia

Javier Gutiérrez y Cristina Castaño, sobre el escenario del Villamarta el pasado viernes. Javier Gutiérrez y Cristina Castaño, sobre el escenario del Villamarta el pasado viernes.

Javier Gutiérrez y Cristina Castaño, sobre el escenario del Villamarta el pasado viernes. / Miguel Ángel González (Jerez)

Un precioso regalo. Envuelto en papel y adornado con un lazo de manera sutil. Eso es lo que el Villamarta ha programado como cierre de la temporada primaveral. O como bienvenida a la de verano. Si es que existe. Un argumento, donde una pareja se encuentra, de la noche a la mañana, en una casa diferente, con una escenografía diferente y con unas identidades que no son las que eran. O a lo mejor, las que no eran, eran las que ellos creían ser. Un texto limpio y cuidado al máximo, escrupuloso con las palabras y con los silencios. Rico en matices irónicos y surrealistas. O quizás, la surrealista era la situación que se presenta. Una puesta en escena, muy anglosajona, afrancesada, o andorrana. O puede, que euroespañola, de las de antes. Una dirección arriesgada con las líneas a atravesar, con el movimiento de actores y con los espacios a ocupar. O más bien, es la trama la que lleva al director de escena a actuar de manera magistral sobre los personajes. Y unos personajes perfectamente definidos, marcadamente creados, con la verdad de cada conflicto interno llevada al límite en cada escena, en cada segundo, sin momentos de dudas. O puede que los propios personajes se fuesen creando conforme la obra avanza, de manera que el desenlace en realidad, fuese el prólogo de la obra.

Para tantas dudas teatrales y existenciales, hay muchas respuestas. Muchas hipótesis. Tantas como los cientos de espectadores que asistieron. Tantas como realidades se pudieron entresacar de hora y media de función. Porque el mérito de esta producción radica en su novedosa e insoportable levedad para aunar en escena pasión por el teatro, riqueza dramatúrgica, enganche emocional y correlación de elementos artísticos concatenados con un solo fin, el de dotar de veracidad una puesta en escena clásica en los tiempos que corren. Sin ser teatro del absurdo, sin destacar la incongruencia entre el texto y la escena, los personajes se comunican de manera limpia, y eso contrasta con el contenido de cada uno, tan profundo y atormentado que acaba siendo un caos existencial, que de manera sutil, se traslada al espectador durante toda la obra. La importancia del espacio es fundamental. La escenografía cobra fuerza desde el principio y además adquiere la entidad de personaje. El cuadro inicial, ya juega a traspasar esa carga de ansiedad al patio de butacas, rompiendo la cuarta pared con el pretexto de una llamada de teléfono. Es esa cajita de muñecas, ese presente adornado con papel de regalo, que en los sucesivos cuadros acaban ahogando a los personajes y a los espectadores. El escenario así, se convierte en una cajita recién abierta de regalos múltiples y sorpresivos para el nudo argumental de la obra. Noticias, objetos y personajes muy definitivos y pesados que terminan dominando a los personajes, logrando que cada diálogo vaya matizando los dos personajes de la pareja, cada uno en una línea personal, en una evolución expresiva tal, que ambos acaban creando una gama variada y variopinta de subpersonajes dentro del mismo, con una genialidad y facilidad apabullante. Esto hace que los perfiles actorales de la pareja protagonista estén muy definidos, y los de los secundarios perfectamente cumplan su función de contrapunto, algo sesgados en la línea de la caricatura, pero haciendo crecer a los del señor y la señora Schmitt. Tanto Cristina como Javier, nos regalan tablas, saber estar y saber cambiar de registros. Nos regalan carne de carnero cuadriculada y pasional, y sabor a salmón de río, para deleite de los que van a contracorriente. Ella, en la línea más ovina agrandando su expresividad y su capacidad vocal en cada diálogo. El, consiguiendo transmitir su empequeñecimiento gradual, cansado de nadar contra la fuerza del agua, acabando a expensas de los demás personajes. El uso de las dos alturas en la escena consigue amedrentar a un protagonista desquiciado. El uso de la escenografía como nexo entre escenas logra que el espacio atesore importancia en toda la obra, con un reloj de cucú y un cuadro colgado de la pared con la foto de un perro que se meten en la retina de manera trascendental. Una iluminación y unos colores en tonos ocres acrecientan el valor añadido del proscenio, el fondo y los espacios como protagonistas de la trama. En medio de un caos así, el regalo que nos hace llegar Sergio Peris Mencheta es cuidado, atrevido, incómodo y tragicómico. Más que un regalo en sí mismo, es una de esas nuevas tarjetas de regalo que esconden el contenido para sorpresa del homenajeado. Es una obra sobre la identidad en una sociedad que nos obliga a renunciar a ser quien somos. A dudar de nuestra existencia, de nuestra personalidad, porque acabamos siendo lo que los demás quieren que seamos. Lo maravilloso de la propuesta es que el nudo argumental ni existe ni se le espera, pero a la vez es conflicto permanente. El desenlace se consigue deshaciendo el nudo, desapretando el lazo que envuelve al regalo que es el libreto, que aparece de forma dinámica, como la misma palabra dice, se “deshace el lazo” en un desenlace aflojando el nudo de una sociedad donde nos lleva a su antojo, haciéndonos renunciar a nuestra propia identidad. Todo ello sin perder la coherencia narrativa, y abriendo los ojos a una estructura lineal pero definida al revés, donde se deja abierta la opción de cada cual a entender la obra con los elementos dramatúrgicos puestos bocabajo. Como ese regalo que no es considerado frágil y que no añade pegatina con flechas en la que se obligue a mantener el paquete en una posición determinada.

Una escenografía protagonista como pocas veces podemos ver, donde el surrealismo, los cambios de los objetos y la sinrazón del espacio, se ilumina para un desenlace final más intenso. Un espacio teatral que acaba enterrando a los personajes. Una tumba en vida que no deja de ser un regalo envenenado para algunos humanos que pierden el norte. O quizás sea el sur. Una propuesta dramática que es un regalo para los ojos. Y más aún para los anales de la historia del teatro.

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