¡Qué viva México!

Un día en D. F.

Aprovechando que llegó el verano y ya llegó la fruta nos vamos a ir de viaje. En esta ocasión cruzaremos el Atlántico para recorrer México, el país de las maravillas. No será un viaje al uso, así que nos quedaremos sin rancheras y lindos corridos. No habrá balasera (al menos eso espero) ni visitaremos al Chapo en su celda antes de que se fugue. Tampoco cantaremos con Paulina Rubio ni protagonizaremos una telenovela, aunque tengamos claro que los ricos, también lloran. Olvídense del Chavo del Ocho, de setas alúcinógenas, sacrificios humanos, cenotes y playas abarrotadas de gañanes. Quítense de la cabeza la idea de que nos colocaremos un poncho y un gorro gigante, o un par de tranzas las más presumidas. Y por supuesto que no vamos a comer nachos con guacamole de bote. Por último, y para su tranquilidad, no sufriremos la venganza de Moctezuma

Las mañanitas que cantaba el Rey David se las voy a cantar yo a ustedes durante varias semanas en las que recorreremos la tierra con la luz más hermosa del mundo, un país de selvas y desiertos, de palacios y ranchitos, de culturas arcanas que pelearon durante siglos. México es el sí y el no, el lugar donde las catedrales se levantan sobre pirámides aztecas y los descendientes de los aztecas son los católicos más fervorosos del mundo, a la vez que pregonan que los españoles les robamos el oro y la cultura. El no y el sí, el sitio donde la nieve cubre con su manto el fuego de los volcanes y uno puede ver colibríes volando por las calles. Magia pura. 

Vengan conmigo, no se arrepentirán. Aquí una iglesia barroca es capaz de tragarse a una persona y un combate de lucha libre puede matarte de risa. 

Al grito de ¡Viva México! les llevaré de la mano por la tierra de Pedro Páramo y Sor Juana Inés de la Cruz. Veremos morir fusilado al emperador Maximiliano y beberemos agua del pozo de la Virgen. Oro y plata a raudales, ríos de mezcal, chapulines de aperitivo y un cacheo antes de entrar en el autobús. ¿Bizarro? Bizarro no, bizarrísimo.

Empezamos en el D. F., y repito ¡Que viva México!

...y vagaron durante mucho tiempo alrededor de la gran laguna, hasta que un día vieron a un águila posarse en una isla, justo encima de un nopal. Entonces comprendieron que los dioses les estaban indicando el emplazamiento donde habían de fundar la ciudad, como así hicieron. Y la llamaron Tenochtitlan, el lugar de la fruta del nopal... 

Antes de subir al metro, compre un vaso, de los de a litro, lleno de fruta del nopal (aquí les llamamos higos chumbos). Que se lo preparen con chile y lima. Ya está listo para pasar un día en el D.F. Relájese, nadie intentará robarles ni le darán un navajazo a la vuelta de la primera esquina, esto no es la jungla del asfalto. Eso sí le advierto, veremos gente en todas partes, mucha, pero que mucha gente, tanta que cuando baje al metro descubrirá que han separado los vagones para hombres y mujeres. Ya sabe, aquí todo el mundo es muy macho y quién evita la ocasión, evita el pecado.

Durante el día, lloverá a cántaros y saldrá el sol, bañándolo todo con una bonita luz de abril, cuando en realidad estamos en septiembre. No se preocupe, el trópico es así. 

No sé cómo se le ocurriría al águila posarse en este sitio, pero el caso es que la Ciudad de México se hunde en su laguna. Sí, el Zócalo está muy bien plantado pero la Catedral está cambemba, las fachadas de las casas antiguas tienen desplome y entramos en una iglesia que parecía una atracción de feria, porque te mareabas al moverte por dentro.

-Muchachos, esto parece la casa del Tío Chueco

No sé si el tal Chueco sería familia de Cuauhtemoc, pero el caso es que a los aztecas también se les hundían sus pirámides, aunque ellos no tenían el más mínimo problema en construir otra encima de la que se estaba tragando el agua. 

Por la calle Madero camina una multitud bajo la atenta mirada de la Torre Latinoamericana. Uno no sale del asombro. En una cantina un cartel solicita una tortillera y en una iglesia otro anuncia la venta de mortajas nuevas. ¡A 12 euros! Un taco y a seguir. Nos aguarda el palacio de Bellas Artes con los frescos monumentales que relatan la azarosa historia del país, desde los felices tiempos de las guerras precolombinas a los aún más felices de la Revolución. Una nación bañada en sangre que se nos muestra en mil colores que salieron de la mano de grandes maestros.

No hay que perder el tiempo. Otra vez al metro hasta Chapultepec. Allí está el Museo de Antropología, grandilocuente e interminable, justo como nos gusta. Máscaras de oro y tocados de plumas dignos de una vedette que eran llevados por crueles guerreros. La muerte, siempre la muerte. Feroces pumas y serpientes emplumadas que nos aguardan frente a frisos cuajados de cráneos. Nombres de difícil pronunciación y testimonios de frailes que, tras su llegada a La Nueva España miraban a los indios con condescendencia, refiriendo las costumbres de aquellos pobres inocentes que no conocían a Dios. Nadie se paró a pensar que conocían otras cosas. El olvido y la gloria de generaciones y generaciones de pueblos cuyo nombre flota en el aire y queda grabado en piedras negras. Olmecas, Teotihuacanos, Mayas, Zapotecos, Toltecas, Mixtecos, Mexicas… Una letanía dolorosa, para tantos que piensan en una Arcadia que, a juzgar por los escalofriantes testimonios que se muestran en el museo, nunca existió.

Otra vez al metro. Destino Xoximilco, donde todavía se ve la laguna. Nos recibe la marabunta en un mercado que es una fiesta, con frutas extrañas y sacos de chapulines. 

-Huero, huerito ¿no se irá sin probarlos, no huero? 

El huero (o sea, yo) se come un puñado de saltamontes, mientras camina fascinado por las cosas que se venden allí. Un atole para hacer más llevadero el camino, luego papas fritas con chile y lima y luego una paleta de no sé qué fruta que es como un melón y sabe como una naranja. Llegamos a una suerte de parque donde hay un antiguo convento franciscano, un remanso de paz colonial plantado sobre las chinampas. Es todo tan típico que esperamos ver salir por una de las pandas del claustro a don Diego de la Vega. Pero no aparece. Y ya nos tenemos que ir.

Metro y camino a Coyoacán. Entre chalets y jardines aparece el búnker donde vivía Trotski, y donde fue asesinado por Ramón Mercadal. Pobre hombre, tener que vivir en una casa con las ventanas tapiadas y vigilada desde una garita por un soldado. Ahí aparece el revolucionario en una foto con su cabeza abierta por el piolet. Pensamos en su triste historia mientras nos dirigimos a la casa de la Más Grande. La única, la maravillosa, la sensacional Frida Khalo.

-Y cuando los niños la veían por la calle así vestida le preguntaban: Señora, ¿dónde está el circo?

Frida Khalo es el arte contemporáneo. No sus cuadros, ella. Atormentada y extravagante, doliente e ingeniosa su casa es un puro disparate organizado a la mexicana. Cacharros de cerámica, abalorios y un jardín lleno de cactus nos salen al paso, mientras intentamos abrirnos paso entre la maraña de visitantes. Al final, en una sala abarrotada podemos ver sus vestidos, una suerte de aparatos ortopédicos transformados de manera genial por la diva de las cejas juntas.

Borrachos de Frida probamos a tomar dos margaritas en uno de los bares trendy de Coyoacán. Hay que aclarar el gaznate antes de tomar otra vez el metro y hacer kilómetros hasta Guadalupe.

Un gigantesco ovni nos espera, abarrotado por los devotos. Quiso la Virgen aparecerse aquí al indio Juan Diego, y dejar su imagen impresa en una manta. Lo del público aquí empieza a ser agobiante. Un ejército de peregrinos que se acercan de rodillas y una cinta transportadora bajo el cuadro de la Guadalupana, para evitar que nadie se pueda parar a mirarlo. De locos. Paseamos por la montaña, entrando en la basílica antigua cuyo suelo está (literalmente) cuesta arriba por el hundimiento del terreno. Nos asaltan los vendedores de recuerdos mientras contemplamos el delirio barroco de la capilla del Pocito.

Agua del pozo de la Virgen Mexicana, pa que aprendieras a querer…

Yo, a estas alturas, ya estoy derrotado, pero aún queda el fin de fiesta por bulerías (o por rancheras en este caso). A las 22:00, en el México Arena, combate de lucha libre. Sexy Star machaca a El Místico en una lucha que es una pura charlotada. Sale un enano vestido como un loro y le hace un placaje a un tío enmascarado de dos metros. Y la gente, que vaya si hay aquí gente, gritando y jaleando a los caricatos estos. 

Es hora de descansar después de un día en el que lo hemos visto todo, desde el fondo de la laguna de Tenochtitlan a la veleta de la basílica de Guadalupe. Soñaremos con los atletas mayas jugando a la pelota, con Cortés y sus soldados desalmados, con Pancho Villa y Porfirio Díaz, con el bigote de Frida Khalo...  

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