"La familia es el primer lugar donde uno se relaciona con los otros"

Cédric Klapisch. director

El realizador de 'Una casa de locos' estrena mañana 'Nuestra vida en la Borgoña', una película sobre el mundo del vino y la herencia moral que dejan los antepasados

El francés Cédric Klapisch, fotografiado la semana pasada en Sevilla, donde presentó su nuevo largometraje.
El francés Cédric Klapisch, fotografiado la semana pasada en Sevilla, donde presentó su nuevo largometraje. / Juan Carlos Muñoz
Braulio Ortiz

26 de octubre 2017 - 08:26

Títulos como Cada uno busca su gato, Como en las mejores familias, por la que ganó el César al mejor guión,o Una casa de locos hicieron de Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, 1961) uno de los nombres más prometedores del cine francés, un respeto que mantuvo con trabajos como París o las dos entregas con las que continuaba Una casa de locos. Mañana, el cineasta estrena en España Nuestra vida en la Borgoña, un largometraje en el que se acerca al entorno de la viticultura para seguir los pasos de Jean (Pio Marmaï), que tras una década en Chile y Australia regresa a la casa familiar para reencontrarse con sus hermanos (Ana Girardot y François Civil) y preguntarse por su destino. Klapisch, que visitó la semana pasada Sevilla de la mano del Instituto Francés, desentraña en esta entrevista las claves de un drama sereno y contenido que reflexiona, entre otros asuntos, sobre el legado que heredamos de nuestros antecesores.

-Su película va sobre esa edad en la que a uno se le han muerto ya los padres y tiene que tomar las riendas de su vida.

-A los tres hermanos se les muere el padre, pero a pesar de ese arranque dramático quería contar algo que termina siendo feliz. La pérdida del progenitor sirve para que se pregunten por la herencia, pero no tanto por la herencia material, eso no me interesaba, sino el legado moral, los valores que tienen.

-A su regreso, Jean, que ha estado desaparecido durante años, no encuentra apenas reproches de sus hermanos. No le interesaba resaltar las miserias de la familia como institución.

-No buscaba esas miserias, efectivamente. Me gusta acercarme a los personajes desde una óptica cotidiana, sin dramatismos. En mi cine me gusta investigar en las tensiones entre lo íntimo, la psicología de cada uno, y lo colectivo, y elegí la historia de unos hermanos porque la familia es la primera experiencia que uno tiene en la que socializa con los demás, donde uno se relaciona con los otros. En Nuestra vida en la Borgoña, Jean vuelve a sus orígenes y se busca. Me gusta hablar de gente que debe afrontar dificultades y que se hace adulta en el proceso.

-En su filmografía abundan los personajes cosmopolitas, que nacen en un sitio y viven en otro. Aquí vuelve a darse esa situación.

-Esta es la primera vez que filmo en el campo, y me interesaba plantear que en el ámbito rural también hay gente cosmopolita, gente que se mueve. Ahora me documento mucho para preparar un proyecto, y con este trabajo me di cuenta de que la gente joven de Borgoña ha viajado mucho a Chile, a Australia, para estudiar cómo se produce allí el vino, como hace mi protagonista.

-El mundo del vino tiene sus propios códigos. ¿Conocía usted en profundidad, antes de escribir el guión, este ámbito?

-Me gusta el vino, pero no sabía nada de cuestiones técnicas: del cultivo de la uva, de la recogida, de todo el proceso de elaboración que viene después. En realidad, el oficio de viñador me era bastante ajeno. Pero mi coguionista [Santiago Amigorena] y yo nos metimos a fondo para poner en pie esta historia.

-La acción transcurre entre una vendimia y otra, lo que obligó al equipo a grabar a lo largo de las cuatro estaciones. ¿Fue complicado un rodaje así?

-No fue complicado, pero sí muy largo. Lo importante era armarse de paciencia, exactamente igual que si hicieras vino. Fue como si planteáramos cuatro rodajes, y hablamos con los técnicos y los actores para que estuvieran disponibles para ello. Hoy parece que para que haya intensidad, para que una película funcione, tiene que haber urgencia, pero no tiene por qué ser así. Pueden hacerse las cosas con detenimiento.

-¿Cómo llegó al proyecto la española María Valverde?

-Buscaba a una actriz que fuera extranjera, pero no australiana, me interesaba que como le ocurre a Jean el personaje viviera en Australia pero procediera de otro sitio. Barajé varias actrices españolas, pero cuando vi el trabajo de María en algunas películas me pareció que aparte de guapa tenía algo especial, salía de su interior una fuerza singular. Y en las pruebas tuvo una gran conexión con el que era su pareja en la película, Pio Marmaï.

-En Una casa de locos (2002) juntaba a una serie de jóvenes de diversos orígenes en Barcelona. Esa película puede verse como un símbolo de una Europa unida y dialogante que tal vez esté desapareciendo.

-Empezaba la década de los 2000 y el proyecto de Europa se estaba construyendo, había otras esperanzas, otras energías, todo eso ocurría mucho antes de la crisis, del Brexit... Seguramente, si hiciera la película hoy no la plantearía de la misma manera, pero sigo creyendo en la Unión Europea. No hay tantas similitudes entre nosotros como en Estados Unidos puede haber entre un tipo de Texas y uno de Chicago. Sí, somos muy distintos, pero considero que el reto de unirnos pese a nuestras diferencias era y es muy estimulante.

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