Diario de las Artes

La gran pintura que parte de lo real

La gran pintura que parte de lo real

La gran pintura que parte de lo real

EDUARDO MILLÁN

Sala Pescadería

Jerez

A Eduardo Hinojosa

Obras de Eduardo Millán en Pescadería. Obras de Eduardo Millán en Pescadería.

Obras de Eduardo Millán en Pescadería.

Hacía mucho tiempo que una exposición no era tan esperada ni levantaba tanta expectación; era esperada por los artistas, quienes ven en la pintura de Eduardo Millán una suprema lección de realismo; por los buenos aficionados, quienes se admiran ante la verdad absoluta del arte que contemplan; por los espectadores en general, quienes se maravillan por una representación de espectaculares resultados; hasta por ciertos políticos, que aunque algunos no saben dónde está Pescadería, ni mucho menos en qué consiste la pintura figurativa, otros comprenden el valor cultural que supone para la ciudad una exposición como esta.

Por eso, la muestra es muy importante y constata el gran momento de la creación pictórica existente en la ciudad y la absoluta calidad de algunos de los artistas de Jerez, entre los que Eduardo Millán es de los más significativos.La exposición se estructura en torno a veintinueve piezas que abarcan todos los aspectos creativos de una pintura que en las manos del artista adquiere la máxima trascendencia; una exposición que contiene todos los géneros representativos de la gran pintura. En ella se nos descubre a un pintor excelso de paisajes que ilustran lo urbano; a un pintor de naturalezas muertas que, curiosamente, viven la eternidad perpetua de lo que perdura vivo; a un pintor de retratos que magnifica la fuerza de la verdad.

Porque Eduardo Millán es pintor de las máximas esencias que intervienen en la pintura imperecedera; esa pintura que no es patrimonio de nadie y que lo es, al mismo tiempo, de la historia grande del arte.

En la pintura de Eduardo Millán el realismo es veraz; no encierra trampa alguna ni es ficticio; tampoco va buscando los simples resultados que convencen a los poco exigentes. Sus retratos y autorretratos descubren el justo valor del retratado. La personalidad de cada cual no se refleja en la pintura manifestando la lineal ilustración que copia lo concreto del modelo. Eso no es difícil y creo que muchos lo pueden resolver con certeza.

El problema surge cuando la obra sólo se queda en la ilustración física, en la epidermis del asunto. Si la obra no consigue, además, manifestar la esencia del modelo, sus particularidades, sus posibles emociones o un mínimo de su carácter, todo se quedará en una pobre manifestación sin vida.

Las obras de Eduardo Millán recalcan la esencia que diferencia, aquello que transcribe una emoción íntima, el gesto particular que individualiza. En eso el pintor jerezano se diferencia con muchos de los meros hacedores de representaciones, más o menos, fidedignas. En sus autorretratos, sobre todo, es capaz, además, de mostrarnos su propia vida, su autocrítica feroz ante lo que hace, su exigencia como artista, su poderosa concentración cuando trabaja; en sus piezas en la que se representa así mismo, nos enseña el Eduardo Millán persona, el Eduardo Millán pintor, el Eduardo Millán padre, el Eduardo Millán amigo…en definitiva Eduardo Millán en estado puro.Cuando Eduardo Millán afronta la difícil pintura de bodegones, lo hace marcando las distancias con la realidad misma.

Parte, sin duda alguna, de lo real pero imponiendo a esas naturaleza muertas un especial hálito de absoluta plasticidad que las hace totalmente vivas, misteriosamente reales. Sus pimientos, sus tomates, sus flores; incluso, sus filetes de carne recrean la justa veracidad del objeto representado pero con una vida natural que rompe con el establecimiento ficticio que toda pintura conlleva. Las naturalezas muertas de Eduardo Millán no son esquemas ilustrativos de una realidad física; van más allá, dejan entrever su realidad, su propia naturaleza; no son registros fríos de un estamento representativo; son formas que manifiestan su identidad, que formalizan su estatus de ente real.

Eduardo Millán es, además, un artista tan riguroso que es capaz de pintar el tiempo. Esa entelequia temporal que sirve para situarnos en un espacio y en un momento determinado no ha sido, a lo largo de la Historia del Arte, un elemento tratado con solvencia y suma artisticidad. Todo lo contrario, han sido muy pocos los que han sabido pintar la realidad temporal en su estamento más físico. Quizás Zurbarán supo mejor que nadie pintar el silencio o la soledad.

Eduardo Millán lo hace cada vez que sitúa su realidad espacial en un momento determinado. En los cuadros de Eduardo, la luz y el espacio confieren veracidad a la propia existencia de un tiempo que Eduardo detiene y lo hace físico, denso… material.

Eduardo pinta y emociona por lo que pinta. Sus obras, vuelvo a repetir, son la pura esencia de la gran pintura; la que fue grande y será grande; la clásica, la eterna, la que trasciende, la que enamora. Su pintura es, en definitiva, el realismo que deja de ser real para convertirse en veraz, en sumamente veraz.

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