Lectores sin remedio por Ramón Clavijo y José López Romero

La guerra del libro

  • 'La guerra del libro' fue tan virulenta y destructiva en Jerez, como hoy resultan desconocidos sus acontecimientos más significativos y quienes los protagonizaron.

ME ha sorprendido, a raíz de la publicación de mi último artículo en estas páginas -El libro vigilado- el interés de algunos lectores por la realidad cultural de Jerez en los primeros años de la posguerra. Es cierto que sigue siendo este un periodo en penumbras, con muy pocos estudios, y los existentes son tan específicos y tan escasos que aún resultan insuficientes para dar una visión de conjunto del periodo al que nos referimos, sobre todo el del denominado primer franquismo (1939/1953). Es esta una de las razones por las que nos enfrentamos a un periodo fascinante para la investigación, y en lo que se refiere a la cultura -en concreto al mundo del libro- aspecto en el que estoy hurgando con fervor, no dejan de sorprenderme datos que van surgiendo y que poco a poco ayudarán a recomponer el mencionado periodo. A medida que avanzo en esta investigación me convenzo más de que esta guerra, la guerra del libro de la que les hablaba antes, fue tan virulenta y destructiva, como hoy resultan desconocidos sus acontecimientos más significativos y quienes lo protagonizaron. Y sin embargo detrás de muchos de esos acontecimientos y ciertamente de las decisiones y acciones de sus protagonistas, se encuentra sin duda la respuesta a ciertos detalles singulares que conforman en la actualidad el paisaje cultural de nuestra ciudad en torno al libro. En esa guerra del libro -que paradójicamente es más virulenta cuando finaliza la guerra real- y sobre la que lentamente vamos escarbando hubo héroes y traidores. Descubrimos con sorpresa delatores, también personajes de los que hasta hoy no empezamos a conocer las trascendencia que tuvieron algunas de sus decisiones, y que traspasaron la esfera local. En esta fauna variopinta no faltaron los arribistas que montaron grandes colecciones bibliográficas a costa de la desgracia de otros, y relevantes personajes de la cultura que o no pudieron hacer nada o prefirieron mirar para otro lado. Pero como les decía antes, también hubo héroes. La mayoría anónimos, como aquellos que jugándose el tipo y la hacienda ayudaron a los propietarios del Kiosco de prensa y libros que a comienzos de los años cuarenta estaba frente a la estación de ferrocarril. Un kiosco que fue desmantelado y sus cientos de libros empaquetados y puestos a buen recaudo una noche cualquiera de 1940. Cuando el batallón de milicianos que fue enviado a la mañana siguiente a requisar los libros prohibidos que se decía se despachaban en él, sólo pudieron encontrar estantes vacíos. De sus propietarios - ya se imaginarán el empeño de las autoridades por localizarlos-, nunca más se supo. Afortunadamente para ellos.

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