Cultura

De inagotable caudal

Decía Juan de la Plata, que la Fiesta de la Bulería nació por y para el pueblo de Jerez, velando siempre por los artistas locales y tratando de enaltecer la bulla, la fiesta. Esa fiesta, ese ritmo y sobre todo ese compás inherente a la tierra, los supieron combinar a la perfección Curro Carrasco y Juan Herrera, directores artísticos y escénicos, para poner en pie 'El río de la bulería', el espectáculo que abrió la 51 edición de esta cita.

A primera vista su estructura y escenografía es simple, una pantalla, proyecciones videográficas, buena iluminación y detalles acordes al lugar en el que se representa. Sin embargo, detrás del montaje hay una enorme capacidad inventiva, mucho orden y lo más importante, calidad artística. Hasta hubo tiempo para el humor.

Dentro de la escena se cuidaron con mimo los detalles, desde las transiciones, las falsetas de las guitarras (con Curro Carrasco, Nono Jero y Fernando Carrasco), que recordaron a Moraíto, Periquín o Parrilla, el vestuario, con el blanco (siempre puro e inocente) como protagonista, y hasta las intervenciones de cada uno de los participantes. Nadie acaparó más protagonismo que otro. Es más, a veces incluso nos quedamos con ganas de más en algunos pasajes. Otros, como la tanda que interpretaron Felipa del Moreno, Anabel Valencia y Lela Soto junto a Gema Moneo, se alargaron innecesariamente.

Pero lejos de poner un pero, muy pocos pueden ponerse, 'El río de la bulería' consiguió atraer la magia, ese milagro del que habló el Tate Diego Carrasco, una especie de narrador-trovador flamenco, y que logró cautivar al público.

Porque, por extraño que parezca, Jerez es un lugar mágico y su arte permanece intacto así pasen generaciones y generaciones. Puede que haya menos gracia, pero el talento, cuando se trata de flamenco, sigue ahí, y es tan natural como respirar.

La bulería fue el canal para desarrollar una fiesta con la que se empezó y acabó la noche y en la que la pirámide generacional, desde el tío Diego a los más pequeños de las sagas, expusieron su verdad. Se respetó la tradición, el arte que pasa de padres a hijos en cada casa, y se alimentó la vanguardia, aunque eso sí, de una manera elegante, sin salirse del tiesto siendo conscientes de que la Fiesta de la Bulería es la Fiesta de la Bulería.

Y eso que en el elenco había 'atrevidos' como Sorderita, que fiel a su estilo, brilló por soleá, en un mano a mano con Agujetas Chico, un joven que hace tiempo que viene destacando y que se llevó los mayores aplausos, y por cantiñas, cantándole pa bailar a Gema Moneo en uno de los momentos de la noche. José defendió junto a sus sobrinos Lela y Maloko la saga Sordera, presente también con el Bo, que regaló una pataíta de las que no se olvidan.

Con mucha viveza fueron intercalándose las escenas que alternaban propuestas como las de Sorderita y Agujetas Chico con el carácter femenino de Felipa del Moreno, Lela Soto y Anabel Valencia, tres voces potentes y cargadas de recursos y colores. Tanto que Felipa se atrevió con la ranchera 'Que se me acabe la vida' del gran José Alfredo Jiménez por bulerías, a Lela le tocó promulgar el cante de Jerez, y la lebrijana Anabel, de enorme garganta, puso en liza el aire de Lebrija, representado también por José Valencia. No hay que olvidar la relación Lebrija-Jerez, más si cabe de la familia Carrasco.

La contraposición, un cuarteto de metales dispares y a los que gusta escuchar. Juañares (ya era hora verle en un escenario que no sea el Villamarta y con mayor protagonismo) demostró su maestría y conocimiento cantaor cada vez que apareció. Con la imagen de Jesús del Prendimiento de fondo, el hermano de Curro lo bordó por cantiñas, a lo que le respondió con media granaína José Valencia, un fenómeno modulando la voz, capaz de hacer fácil lo difícil. A Enrique Remache le vimos convencido y con una seguridad que le han hecho saltar un escalón. Con esa garganta fina y exquisita, hiere. Dejó su huella por bulería por soleá. El remate, de Maloko Soto y por fandangos. Se acordó de El Gloria dejando al público con ganas de más.

Los protagonistas intercambiaron cantes. Así escuchamos a Juañares recordando a Chacón por media granaína, a José Valencia interpretando con solvencia las cantiñas del Pinini, a Maloko, hacer con enjundia la soleá, y a Enrique, rescatando esta vez a Manuel Torre y sus tarantos.

Con esta banda sonora, tanto femenina como masculina, el baile de Gema Moneo fluyó por ese río con majestuosidad. Tiene madera esta niña que, sin perder nunca el origen, mejora día tras día. Con ese ímpetu y aplomo que nos tiene acostumbrados, Gema obsequió al público con bulerías, soleá y alegrías.

La noche tuvo también su punto eléctrico, el que imprime Tomasito, un fuera de serie sobre el escenario. Desde 1993 no aparecía Don Tomás Moreno Romero por la Bulería, y su vuelta fue a lo grande. Sus zapateados y esa capacidad para revolucionar todo lo que toca, enloquecieron al público, entregado ante un ser distinto, especial, y que conserva, y eso que ya ha llovido, todas y cada una de las cualidades que enamoraron a la mismísima Lola Flores con aquel 'niño robot'. Un fenómeno.

Aún hubo tiempo, en una segunda parte, de oír una tanda de tonás de José Valencia, Juañares y Agujetas Chico, para ver en su salsa a Sorderita (pese a soportar los problemas de sonido) y para que la Alameda Vieja se rindiera al metal de Agujetas Chico por seguiriyas. El joven jerezano, afincado en Berlín, mostró la mejor carta de presentación y le bastaron dos letras. Y eso que se acompañó solo, con lo difícil que es. Su eco nos devolvió a otra época. Qué maravilla.

La bulla regresó con un fin de fiesta, como no podía ser menos. Todos tuvieron su momento, con detalles en forma de pataítas del Bo, Juan Grande y los más jóvenes del barrio, en especial, Triana Carrasco y el pequeño Juan Diego. El río sigue su curso, con agua limpia, nueva, regenerada y lo más importante, sin perder el origen. Hay fiesta para rato.

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