Entre la influencia y la fascinación

Cézanne, Picasso, Giacometti, Pollock y otros maestros se sintieron cautivados por el genio del Greco El Prado explora en una exposición la huella del autor en los siglos posteriores

Relecturas. La muestra recoge réplicas más evidentes, como 'La dama del armiño' de Cézanne (arriba), pero también otras obras donde el sello de El Greco es menos obvio: en 'Gothic', Pollock toma del autor la importancia del ritmo en la pintura.
Relecturas. La muestra recoge réplicas más evidentes, como 'La dama del armiño' de Cézanne (arriba), pero también otras obras donde el sello de El Greco es menos obvio: en 'Gothic', Pollock toma del autor la importancia del ritmo en la pintura.
J. Bosco Díaz-Urmeneta Sevilla

10 de agosto 2014 - 05:00

El Greco influyó en la pintura moderna pero sobre todo fascinó a los pintores modernos. Cinco dibujos de Picasso, todos de 1899, trazan rostros a la manera de El Greco, los analizan y los encauzan al lienzo que cuelga a continuación. Pero hay algo más: un significativo juego de identidades. Picasso se asimila al viejo maestro: Yo, El Greco escribe junto a las figuras.

La exposición del Prado explora esta fascinación y aquella influencia. No se mueve esta última en una sola dirección. En ocasiones los paralelos se muestran en torno a lo que podríamos llamar presencia de los cuerpos. Así la muestra se abre enfrentando el Cristo muerto de La Trinidad de El Greco y el que pintó Manet entre dos ángeles. Los contrastes parecen superar a las similitudes: a la fortaleza de la figura de Manet, subrayada además por la carencia de veladuras, se opone la flexibilidad y el ritmo de la composición y de los cuerpos de El Greco. Pero enseguida queda claro que este valor de presencia, por el que el cuerpo pintado adquiere la prestancia del cuerpo real, no depende tanto de su fortaleza o entereza físicas cuanto del modo en que aparece en el lienzo. Así ocurre en el retrato del fraile Paravicino: es la figura del mercedario la que determina el espacio que lo rodea (hasta el punto de inclinar el respaldo del sillón donde se sienta) como se advierte, con mayor claridad sin duda, en el Retrato de Mme. Cézannecon un vestido rojo que aparece a su lado.

Este relieve lo alcanza también La dama del armiño. Lo pintara o no El Greco, el retrato da que pensar: la delicada mano y el modo en que la estola de piel se convierte poco a poco en suave aureola pueden ocultar la fortaleza de la figura. Sólo el decidido mentón de la mujer ayuda a percibir cómo su cuerpo impone al espacio su ley. Esa cualidad es la que recoge Cézanne en su réplica y la que pudo impresionar a Giacometti, que estudia el cuadro con un dibujo que la muestra relaciona con Cabeza de hombre III (también conectaría a la perfección con otra obra de Giacometti, Mujer que camina I, una escultura de 1932 que sin los recursos expresivos más tardíos transforma el espacio que la rodea).

Parecida dirección abre El caballero de la mano en el pecho. Sin la brillantez del héroe ni el fervor del santo hace sentir plenamente su firme singularidad. La muestra le otorga diversos paralelos modernos. Es atractivo el retrato de Iturrino por Derain (su bajo punto de vista hace crecer la figura y ofrecerla como una gran diagonal) pero son dos piezas de Picasso las que proporcionan al caballero el contexto más fecundo: Mujer sentada en un sillón y Mujer en un sillón, dos obras cubistas, ambas de 1910, evidencian la tensión entre la consistencia de la figura y la densidad de las relaciones espaciales que establecen con su entorno.

Hablé antes de la importancia del ritmo en la pintura del Greco. Es tan grande que a veces la mirada termina hurtándose al dominio de las figuras para abandonarse a la sucesión de formas y colores. Así ocurre en La oración en el huerto (que procede de una iglesia de Andújar) y en obras como Laocoonte o La visión de San Juan. Por eso tiene pleno sentido la inclusión en la muestra de una temprana abstracción de Jackson Pollock, Gothic, pintada en 1944.

La incorporación de Pollock sigue etapas concretas. Un estudio de su maestro y protector, Tom Benton, sobre una Resurrección del Greco, se prolonga en cuatro estudios del mismo Pollock, que exploran sobre todo los ritmos de la obra. Por otro lado, Prometeo de José Clemente Orozco recoge ciertos valores de luz, que hacen pensar en El Greco, y remite a una pieza de Pollock, Figura arrodillada ante un arco con calaveras, de la época en que seguía los pasos de los muralistas mexicanos. Las dos líneas conducen casi naturalmente a Hombre desnudo con cuchillo y a la abstracción citada.

Esta doble impronta, consistencia de los cuerpos y ritmo de la pintura, la abonan también dos obras de Marc Chagall: si Rabino de Vitebsk hace pensar en la primera dirección, Autorretrato con musa, una versión laica de la Anunciación, remite sobre todo a la del Greco que abre la muestra y conserva el Museo de Budapest.

Aun cabría añadir algo más: la estilización de la figura en El Greco y en los modernos. Volvemos de nuevo a Picasso. La actitud y las manos de los personajes de una obra de la época azul, La comida frugal, se comparan con San Pedro y San Pablo del Greco que conserva el Museu Nacional d'Art de Catalunya, mientras el elegante San Martín y el mendigo de la National Gallery de Washington sirve de contrapunto a dos pequeñas obras de Picasso. La muestra es un sostenido canto a la pintura. Sugiere que bajo viejos dualismos (figura contra abstracción, clásicos contra modernos) hay una continuidad: la notoria insistencia de querer construir mundos posibles con la línea y el color.

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