XXI Congreso de la Fundación Caballero Bonald

Las mejores teorías y posturas para hacer el humor y reírse del miedo

  • Hipólito G. Navarro y Antonio Orejudo cierran el programa con sendas conferencias en las que retratan las arquitecturas y maneras de hacer del humor la mejor defensa frente al control

Antonio Orejudo, este viernes, en su intervención, junto a Marianela Nieto. Antonio Orejudo, este viernes, en su intervención, junto a Marianela Nieto.

Antonio Orejudo, este viernes, en su intervención, junto a Marianela Nieto. / Miguel Ángel González (Jerez)

Un momento de la intervención de Hipólito G. Navarro, junto a Amalia Vilches. Un momento de la intervención de Hipólito G. Navarro, junto a Amalia Vilches.

Un momento de la intervención de Hipólito G. Navarro, junto a Amalia Vilches. / Manuel Aranda (Jerez)

El escritor Hipólito G. Navarro vivió cuatro años en una bañera atascada. Perfecto relato autobiográfico para iniciar la tarde de la última jornada del XXI Congreso de la Fundación Caballero Bonald, dedicado a ‘El humor en la literatura’. Y es que en su piso de estudiantes estuvieron cuatro años sin que se la arreglaran (la bañera). Esa bañera era como el Caribe, con pulpos, bichos variados e incluso un pez volador que ni él sabía de dónde había salido, a los que alimentaba de su propia comida: lentejas y garbanzos que también formaban parte de ese universo que vivía en su bañera. Así, leyó ‘Sucedáneo: pez volador’. Fue su primer relato. El agua pantanosa, musgo, pato de goma cubierto de algas verdosas, almejas tortugas y lombrices, juncos... Tras bucear en este relato, G. Navarro deleitó en su lectura comentada ‘De la risa a la carcajada. Arquitecturas del humor’ con el relato ‘A buen entendedor (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente)’.

El encargado de ofrecer el discurso de clausura de este viernes fue el escritor Antonio Orejudo, con ‘Formas de hacer el humor’. Y lo hizo con cierto pudor porque reconoce que “todo lo que tengo que decir lo he dicho antes. Por eso casi digo que no a esta cita, pero dije sí por amistad a Felipe Benítez Reyes, Pepa Parra, a la Fundación... Es una sensación incómoda, la de repetirme y de estar siendo encasillado en un papel de humorista-escritor cuando lo que me gustaría ser es un escritor trágico, centroeuropeo, que estimulara el intelecto y el corazón y hacer llorar a los lectores”, dijo.

Y como él es “muy obediente” se ha centrado en el tema que se le pedía para la conferencia y por eso pensó en un principio en repartir papeles con fragmentos de literatura entre el público, “pero pensé que no era adecuado y los transformé en fragmentos de películas. Otro tipo de literatura también”. Y así fue.

“El humor – introdujo– tiene mala prensa, sobre todo, en la literatura. Siempre que decimos de un autor que es un escritor que tiene humor se añade “pero humor inteligente”, como si la característica principal del humor fuera la estupidez. ¿De dónde viene este prejuicio? Nadie va a reconocer que no le gusta el humor, igual que nadie niega el sexo, pero sí hay prejuicios no reconocidos con el humor en la literatura española”.

Dijo Orejudo que el ciudadano gusta del humor inocente del Arcipreste de Hita, La Celestina, El Lazarillo, el Quijote..., “pero a medida que nos vamos acercando a nuestro siglo, nos va haciendo menos gracia. Cuando se habla de asuntos serios o sagrados o delicados se dice que de eso no se hacen chistes. Tiempos puritanos estos que nos ha tocado vivir”.

Orejudo, que ha hecho del humor su mejor defensa, apuntó que el humor, la claridad expositiva y la bondad son tres signos de inteligencia. Se dio cuenta en la adolescencia, cuando asumió que no iba a destacar por guaperas, atleta o guitarrista. “Pero a las chicas, porque al final la cuestión eran las chicas en esa edad, a las chicas les gusta que las hagan reír”. Y ahí entró él.

“Nos gusta reírnos pero despreciamos los libros que nos hacen reír porque somos una comunidad clasista, que rechaza lo que está al alcance de todo el mundo, no queremos ser como todo el mundo. Nos sentimos cultos si no hay humor en la literatura”, apuntó antes de introducir sus tres teorías en las que basó la charla, las posturas de hacer el humor, respuestas a por qué nos hacen gracia las cosas que nos hacen gracia: la teoría de la superioridad, de la liberación y de la transgresión o desobediencia. Superioridad: nos reímos cuando nos sentimos superiores al objeto de la risa. En la risa hay algo chungo y quien se ríe se siente por encima de alguien. Platón fue el primero que lo detecta.

Pero la que mejor define lo que nos hace reír es la teoría de la incongruencia, nos hacen gracia las cosas que están fuera de lugar, contradictorias, que no pegan, que se desvían de la norma o desobedecen los estándares de comportamiento o saber estar, ese algo que no debería estar en ese lugar. Eso genera humor. Para ilustrarlo mostró algunos fragmentos de películas, que pusieron la guinda a la intervención.

“Y sí–concluyó– el humor sirve para atacar, defenderse y también sirve para disolver el poder establecido. Pero el que más me interesa es el que sirve para defenderse y para protegerse del poder, porque el poder utiliza el miedo, como el miedo a la enfermedad, al terrorismo, a la muerte, el miedo en definitiva. Y la risa lo que hace es disolver el miedo, esa es la risa que a mí me interesa. Y ésta es la que más utilizo yo, la de desobedecer al poder provocando risa y al mismo tiempo disolver así su principal herramienta de opresión que es el miedo, el control”.

Imagen del debate de la mañana. Imagen del debate de la mañana.

Imagen del debate de la mañana. / Manuel Aranda (Jerez)

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