Fundación Bonald

Esa mierda del 'baby boom'

  • Antonio Orejudo y Clara Usón reflexionan sobre sus novelas del yo que no es otra cosa que una reflexión de la España que “nuestra generación no contribuyó a construir”

Un momento del diálogo entre Orejudo y Usón. Un momento del diálogo entre Orejudo y Usón.

Un momento del diálogo entre Orejudo y Usón. / Manuel Aranda

La conexión entre los Cinco, esos chicos repelentes nacidos de la mente supremacista de Enyd Blyton, y Sandra Mozarovski, la adolescente del cine de destape que satisfacía los lúbricos deseos de aquellos hombres extraños del tardofranquismo representados por López Vázquez y Alfredo Landa y que se tiró por la ventana, es que forman parte de una memoria colectiva, la de aquellos nacidos en los años 60 como los escritores Antonio Orejudo y Clara Usón. En ellos, en los Cinco y en Sandra Mozarovski, encontraron Orejudo y Usón (Los Cinco y yo y El asesino tímido) el modo de narrarse a sí mismos y a toda esa generación que emprende la década de sus 50 años ante la desolación de no haber conseguido su única ambición: ser jóvenes eternos. “Somos una generación que no hizo la Transición, pero somos el producto de esa Transición al punto de que estamos en permanente transición, jóvenes perpetuos que ahora nos damos cuenta que nos vamos a jubilar. Nunca nos hemos sentido responsables. Ahora escuchamos que a un joven de 35 años le ha pasado eso o lo otro. Mi padre no era joven a los 35 años. Eso lo hemos inaugurado nosotros”, reflexionó Usón.Sobre lo mismo abundó Orejudo en esta conversación de dos personajes representativos del baby boom en el sentido de que ambos han coincidido en las librerías contando la misma historia, la de ellos y la de aquel tiempo, con excusas aparentemente tan antagónicas. “Somos una generación muy poco significativa en la construcción de este país, aunque hemos tenido una importante influencia en su evolución comercial. Con nosotros empezó ese negocio que es la enseñanza concertada, juntos estuvimos en esa bobrevalorada movida madrileña que existió en todas las ciudades por la que creamos un sistema de ocio basada en el consumo y en los años 80, cuando fuimos a acceder al mercado laboral, nacieron las empresas de trabajo temporal”.Todo esto tiene una traducción literaria que Orejudo trató de poner en pie. Se fue al siglo XVI. “Hubo un momento en que la gente se cansó de la ficción, de las novelas de caballerías y de las historias pastorales que eran siempre la misma. Y, de repente, surgió el Lazarillo, contada con un yo y contando cosas que se podían ver todos los días. Contando cosas útiles”.Del mismo modo -y estuvo Orejudo verdaderamente gracioso- lectores y escritores se habrían cansado ya del canon prestigioso a la hora de escribir (se inventó varios inicios de novela horripilantes). Y volvió el yo, se fueron Faulkner y Joyce y Musil y Mann, o la necesidad de emularlos, y volvió la necesidad del escritor de ser útil hoy y ahora. Y uno es útil cuando se cuenta a sí mismo y es así como cuenta a los demás. Todo esto no tiene nada que ver con la sinceridad. “La sinceridad no es un valor literario”. Se trata de ser creíble, “ordenar las palabras de tal modo que sean creíbles”.Ahí encuentra Orejudo la explicación de esta explosión de novelas del yo, “tan violentas” en el sentido de violentarse el propio escritor. “Hablar de mí es hablar de España y hablar de España es hablar de mí. Una amiga mía dice que da igual la vida que hayas tenido, de éxito o de fracaso. Cuando superas los 50 miras hacia atrás y te da la sensaciónde que te has equivocado en todo”. En ese ejercicio está buena parte de esa literatura baby boom, a la que tanta gracia le hace lo de baby.A parecida conclusión llegó Usón cuando pensó que su vida era anodina y alguien le dijoque tenía un buen pasado. Y así Clara Usón y Antonio Orejudo se hicieron personajes.

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