Literatura

La novela de Flor Parodi

La novela de Flor Parodi.

La novela de Flor Parodi.

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962) vuelve a encandilar al lector con ‘La novela de Flor Parodi: un nuevo caso de Benito Bram’ (Ediciones Mayi, 2019). Este detective sesentón, trasnochado y melómano, aficionado al trago a la menor ocasión, protagonizaba también ‘Áticos y viento’, la primera y excelente entrega de sus peripecias. Las cuales siguen transcurriendo en Cádiz, de cuyos pequeños infiernos hace Benito de Virgilio, a quien podemos seguir por un rosario de parajes pintorescos, tugurios y antros. Con Bram, otros personajes comparten protagonismo, en particular, la joven Flor Parodi, “periodista o lo que venga a ser eso”, con un parche en el ojo derecho y una sempiterna mueca burlona en los labios, que acompaña en sus correrías a este Quijote de serie negra creado por Rasero. Para que el libro tenga más concomitancias con el de Cervantes no podían faltar las alusiones metaliterarias a la primera novela sobre Benito Bram. Parodi quiere escribir la segunda y superar la firmada por JRB.

La acción se desencadena a partir de un crimen con tintes racistas en plena plaza de las Flores, un día extraño en Cádiz, una mañana nebulosa sobre la que se cierne la lluvia que persistirá durante toda la narración. Un joven mantero senegalés es el testigo que ha visto al asesino. Huye en busca de la chica que le da clases de español, hija de un pez gordo que está envuelto en una trama de corrupción política, el mismo que contratará a Benito Bram para que vigile a su vástago. Dos hilos, en principio aparentemente paralelos, que van a estar perfectamente imbricados.

El argumento, sostenido con eficaces dosis de tensión, va a servir de cauce para un variopinto desfile de tipos y escenas características, dando pie a unas surrealistas andanzas por las calles de Cádiz, que llegamos a recorrer incluso desde el camión de la basura.

Todo, expresado con el mejor estilo literario de un José Rasero que se supera a sí mismo. Domina magistralmente el lenguaje, que alcanza calidades poéticas, sin resentirse nunca el dinamismo de la narración. Hay un afán lúdico que nos recuerda a Cortázar, y constantes guiños musicales: cada capítulo está encabezado por una nota del pentagrama, en la cabeza de Benito Bram suceden músicas de jazz, las letras de temas pop se incrustan en la narración, así como una serie de pintadas que aparecen misteriosamente, llegando a formar parte del texto. Al final hay un índice de estos grafitis y sus autores: el propio JRB, pero también Fernando Cañas, Valtonyc, Goytisolo, etc. En las descripciones de especímenes y situaciones subyace un humor patético que remite al esperpento de Valle-Inclán.

El elemento culinario hace más sabrosa la lectura y se ha convertido en un aditivo casi obligado —desde Vázquez Montalbán a Andrea Camilleri, pasando por Donna Leon— de las novelas policíacas o detectivescas. Particularmente intenso resulta el episodio de la merluza que compra Benito Bram en el mercado de abastos, pasea en una bolsa durante sus pesquisas y cuece finalmente sobre un infernillo de gas en la vía pública. En fin, para chuparse los dedos es esta nueva entrega de las aventuras del sabueso gaditano, donde todo está cocinado al detalle sin perder su atractiva frescura, con los ingredientes precisos y la más extraordinaria inspiración.

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