Diario de las Artes

La ofrenda a un tiempo nuevo

  • Antonio Barahona

  • Galería Berlín

  • Sevilla

Detalle de una obra de Antonio Barahona.

Detalle de una obra de Antonio Barahona.

Fue siempre un pintor seguro, acertado, asentado en una pintura ilustre, correctísima y descubridora de los mejores valores de lo clásico – decía el gran Rafael el Guerra y estaba, como casi siempre, en lo cierto, que “clásico es lo que no se puede hacer mejor” -. Una pintura admirada, demandada y acaparadora de los máximos reconocimientos. Antonio Barahona, a pesar de su juventud, ha sido un pintor de culto para legión de seguidores y artistas que han admirado su pintura. Estaba, en definitiva, establecido en un difícil segmento al que no era fácil llegar y mucho menos consolidarse. Los artistas buenos son aquellos que, a pesar de estar muy bien posicionados en los terrenos que dominan por su preclaro carácter de artistas grandes en dulce ejercicio de su profesión, saben romper a tiempo e introducirse por terrenos de búsqueda y perfiles novedosos. Antonio Barahona ha dado un gigantesco paso adelante; ha atisbado una ruta nueva por donde adentrarse en espacios donde el concepto asume una significativa potestad. Ha dado un salto desde la serenidad de un estamento que dominaba y creaba segmentos de lucidez artística a terrenos infinitamente más comprometidos. Y lo ha hecho junto a la poderosa sabiduría práctica y teórica de otros de los grandes artistas andaluces del momento, Nacho Estudillo.

La exposición en la galería Berlín – junto a la Alfalfa sevillana – es una realidad que trasciende lo meramente pictórico. El espectador se adentra en un espacio donde lo artístico, la museología, lo íntimo y personal; incluso, el propio concepto significativo yuxtaponen sus perfiles hasta potenciar una dimensión artística mayor que genera las máximas inquietudes y expectativas.

Pero vayamos por parte. Es verdad que la pintura de Antonio Barahona se ha vuelto infinitamente más limpia, más fresca, más intensa y gestual; es verdad que ha roto con muchos de sus esquemas habituales, que ha magnificado la expresión plástica, el sentido formal, pero sigue manteniendo su dimensión artística, su perfil mágico, su intimismo figurativo. Como deja entrever Estudillo, “sigue siendo Barahona”.

Obra de Antonio Barahona. Obra de Antonio Barahona.

Obra de Antonio Barahona.

La exposición no es, para nada, una muestra al uso; es absolutamente una clara intervención espacial proveniente de un concepto perfectamente definido y acertadamente estructurado en todos sus puntos. Pocas piezas, justas, exactas y concretas, dispuestas para que ejerzan una suma potestad conceptual. En la sala uno se encuentra una verdadera intervención espacial, una instalación que marca gran parte del motivo central de la muestra. Esta se configura como una especie de “ofrenda” a un tiempo nuevo; un tiempo marcado por varias circunstancias: el artista, recientemente, ha sido padre por primera vez, los maleficios de la pandemia parece que van perdiendo intensidad, existe un renacer a la vida, una necesidad de vislumbrar un tiempo nuevo y todo ello se registra en una obra que se abre a nuevas situaciones, a desarrollos y desenlaces que podrían augurar cambios de criterios estéticos y artísticos - de hecho la obra que se presenta difiere de los planteamientos pictóricos del artista -; una pintura en la que formas de mayor calado expresionista abanderan una posición de máxima ambientación plástica y un más abierto patrimonio colorista. Todo está determinado para que el resultado ofrezca una realidad plástica más definida, un concepto nuevo donde las formas dejan sus seguras estancias narrativas para abrirse a realidades íntimas, portadoras de un concepto que se define en piezas motivadoras, no sujetas a meros episodios ilustrativos.

La sala ha trocado sus estancias expositivas; se ofrece una posición visual que determina la nueva realidad, el proceso constructivo de un episodio mayor que se ajusta a los modos de un hecho que determina el hilo conductor de esa ofrenda portadora de nuevas identidades. Una gran obra, formada por un caleidoscopio de pequeñas piezas, llenas de impactante criterio visual, conforman el centro donde gravita el peso de esta bella historia, tan bien contada. Son obras frescas, que se van superponiendo hasta componer un mágico jardín lleno de esencias plásticas, de festivo colorido, de gestos apasionantes de naturaleza. Frente a este las paredes vacías contrastan con la dimensión artística de este telón lleno firmeza. Sólo una mínima obra, de perspectivas abstractas, sirve de llamada atención ante la fortaleza plástica de la gran pieza hacia la que apunta.

En el recinto no existe una unidad expositiva, se ha producido una especie de ruptura espacial que incide sobremanera con el contenido de las piezas. Existen piezas rotundas, contundentes que se interponen a otras más pasionales, sensitivas, de mayor sentido gestual.

En la muestra, Antonio Barahona incita a una reflexión sobre el propio arte, sobre el proceso constitutivo; pero, también, hay un justo sentido de ofrecer a la sala una clara disposición para que esta se acomode a un diálogo experiencial con las obras. Obras que imponen su potencial de sensaciones, que se abren o se cierran a la magnitud de unas formas que se manifiestan en todo su esplendor creativo.

La exposición de Antonio Barahona es un grito que clama ante las perspectivas de un tiempo nuevo al que el artista ofrece su trabajo, sus emociones, su vida. En la muestra Barahona ofrece el rigor creativo en su más justa medida. La pintura es más pintura porque reflexiona sobre su propio sentido y hace reflexionar para ahondar en los complejos de una creación que estaba demasiado sometida a la linealidad de una oferta sin altibajos.

Se abre el horizonte a una naturaleza donde la vida y los sentimientos marcan unas rutas para seguir ilusionándose.

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