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Cultura

Sobre la simetría del cosmos

  • Atalanta reúne con minuciosas y eruditas notas de Joscelyn Godwin un tesoro de la memoria renacentista: los grabados de Robert Fludd

Es muy común - tan común como inexacto-, presentar el Renacimiento como un triunfo de las ciencias sobre la fe, de la luz sobre la oscuridad y de la razón sobre el alma supersticiosa y atávica del hombre. Se olvida con esto, no sólo el rigor histórico debido, sino la propia naturaleza de los hombres de aquella hora, cuya fe no se oponía, sino que se solapaba con las indagaciones científicas en marcha. Bastaría recordar la figura de Copérnico para señalar algo, por lo demás, obvio: el gran número de eruditos y científicos que hicieron su carrera al amparo de la Iglesia. Y no sólo eso, la activa promoción de Roma, de la Roma papal, en las nuevas inquietudes renacentistas (papas como Nicolás V, Clemente VII, Pío II, Julio II, etcétera, no pueden presentarse como rémoras, sino como impulsores del aquel espíritu, la Rinascita, que trajo la novedad con la mirada vuelta al mundo antiguo). Digo todo esto porque el Renacimiento, en gran medida, es el movimiento simbiótico por el cual la Antigüedad y el cristianismo se funden en un idioma común, con que el que se quiso dar expresión a las inquietudes del siglo. Entre estas inquietudes cabe señalar la ordenación del cosmos. Y dentro de ese cosmos, el lugar que el hombre ocupa en él, marginal o señero.

Ése, y no otro, es el temor que suscitan los hallazgos de Copernico entre sus contemporáneos. Un temor de índole teológica que Robert Fludd, el erudito cuyos grabados ocupan este volumen, refutaba de un modo convincente y equivocado. Los postulados de Copérnico suponían, nada menos, que el hombre no era el centro de la Creación; asunto éste que no sólo contradecía la literalidad de las Escrituras, sino que contravenía el sentido común y la propia percepción de los sentidos. Luego, en el XVIII, cuando Herschel sugiera la infinitud del Universo, cuando Goethe sospeche que los sentidos y la secreta composición del mundo difieren gravemente, la musculatura científica de Europa habrá habituado la mirada del hombre a lo improbable. Y sobre todo, habrá exigido del hombre una más nítida separación de las creencias religiosas y de las inferencias lógicas. Pero en el XVII de Fludd y Francis Bacon y Athanasius Kircher, en el XVI de Erasmo y Maquiavelo y Montaigne y Da Vinci, dicha separación es, todavía, inconcebible. De ahí que Fludd hoy nos resulte una extravagancia, más cercano a la hechicería, al ocultismo, a la alquimia, más cercano, en suma, a Paracelso, Fausto y Cornelius Agrippa, que a lo que hoy es concebido como científico.

En las minuciosas y eruditas notas de Joscelyn Godwin a los grabados de Fludd (recordemos que el grabado fue uno de los más grandes utensilios de difusión que propició el Renacimiento), en las anotaciones de Godwin a las imágenes de Fludd, lo que se muestra es, precisamente, esa concepción del cosmos como un estrecho vínculo de lo de arriba en lo de abajo, y de lo exterior en lo externo. Es decir, lo que se muestra es una concepción simbólica de la Creación, de la que cabía cuestionarse su modo de funcionamiento, pero no el impulso metafísico que lo movía. También se deduce de la concepción de Fludd un lugar común hoy periclitado: la figura del humanista, capaz de albergar, capaz de abarcar, con su sola inteligencia, la totalidad de las ciencias y la arboladura del mundo. Este maravilloso espejismo, donde se unió la Astronomía y la Arquitectura, la Pintura y la Física, el dibujo y el cálculo, el arte militar y la gastronomía -Da Vinci fue un desastroso inventor de ingenios militares y un mesonero sin éxito, junto a Botticelli-, es el que comenzará a disolverse en el turbión barroco que se abre con la ciencia inductiva de Francis Bacon. No debemos olvidar, en cualquier caso, que el humanismo de Erasmo tenía su origen en su temprana admiración por San Jerónimo, y que su conocimiento del griego y el latín se debió a su afán por traducir, con mayor exactitud, los Evangelios. Y tampoco podemos dudar de la trémula y conmovedora fe de Miguel Ángel cuando pinta su Juicio Final, llevado de su particular lectura de la Antigüedad pagana. En ese orbe donde la fe y el conocimiento pertenecían a una misma esfera del saber hay que situar a este meteoro extravagante que fue Robert Fludd. Un Fludd en cuya obra se resume la ambición erudita, el estrépito religioso, el secreto espejear del cosmos, cuando el Renacimiento emitía ya su luz crepuscular y penúltima.

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