He comentado en varias ocasiones mi grandísima vinculación –mi amor, más bien– a todo aquello que tenga que ver con el tren, en general y con el mundo ferroviario, en particular. O al revés, ¡qué más da! Lo cierto es que el tren es mi casa. En una estación nací, en una estación pasé mi niñez, en una estación viví mi adolescencia, un tren cogí todos los días durante el Bachillerato –decía Max Aub que uno es de donde hizo el Bachillerato; yo lo hice montado en un tren, por lo tanto, soy del tren- y un tren necesito para moverme e ir a contemplar lo que, ahora, mueve mi vida y que no es otra cosa que la contemplación de exposiciones de arte.

Tanto es mi amor por el tren que hasta esta sección a la que ustedes, amables lectores, dedican su tiempo, la titulo ENTRANDO EN AGUJAS; antiguo y felicísimo termino ferroviario. Por eso me duele tanto lo que está ocurriendo, en este momento, en el universo ferroviario español. O mejor dicho, lo que le están haciendo a todo lo relacionado con el ferrocarril. Ya he denunciado en varias ocasiones, la odisea que supone encontrar un billete para un desplazamiento de media o larga distancia. La poco consciente medida política de conceder, sin ton si son, bonos gratuitos para el tren, su escaso sentido a la hora de regular tales beneficios y, por supuesto, el poco sensato e inapropiado uso de los bonos -la gente reserva billetes sin, después, utilizar el servicio- lo que produce que el viajero no encuentre billetes en taquilla, cuando los trenes circulan con plazas libres, hacen que lograr un billete sea algo bastante complicado.

No quieran, por ejemplo, ir a Sevilla o venir de la capital hispalense en tren cualquier fin de semana. Tendrán que buscarse la vida con otro medio de transporte. A eso hay que sumar que nuestro parque móvil ferroviario se va haciendo viejo, ha cumplido con creces su función durante un tiempo –que ha sido magnífico y la envidia de todo el mundo- y, por tanto, hay que renovarlo y ponerlo al día. Porque si no, ocurrirá lo que nos viene sucediendo últimamente, que los trenes se estropean, se detienen en insufribles paradas y llegan tarde, con muchísimo retraso. Y el colmo de los colmos, un ministro, politicucho nefasto, de esos a los que se les ha dado el cargo por los espurios servicios prestados, malencarado, maledicente y de aviesas intenciones, tiene la desfachatez de decir, ante un tren que ardió por viejo y en mal estado, que era hora de acostumbrarnos a eso. Gente como esa es la que nos gobiernan. ¡País!

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