En siglos pasados el crecimiento de las ciudades y de los propios edificios se caracterizó por un desarrollo orgánico, no planificado. Prevalece la utilidad de dar respuesta a las necesidades de cada momento, no priorizándose una ordenación sistematizada y, aún menos, los valores estéticos. Situarnos en la esquina de la iglesia de Santo Domingo nos puede ayudar a ejemplificar este fenómeno en Jerez. Su extraña planta en forma de 'T' ya fue una adaptación a la evolución histórica del convento, desde el aprovechamiento de estructuras islámicas, la nave principal gótico-mudéjar, su reedificación parcial tardogótica, el añadido de la nave de Consolación en el XVI, su ampliación en el Setecientos para levantar su portada barroca, hasta las capillas laterales que se adosan a ambas naves desde el XV al XVII. El resultado es una amalgama de elementos en la que se integran también dependencias de las hermandades del Huerto y el Rocío. El modesto edificio de esta última resulta chocante e incluso ridículo en una zona tan céntrica, molestando más por ocultar la antigua portada renacentista de acceso a la nave de Consolación. En estos últimos días se están llevando a cabo obras en él y ello nos puede llevar a lamentar la ocasión perdida de derribarlo para descubrir la antigua puerta y dignificar el lugar.

Eliminar inmuebles anexos a monumentos por razones de pura estética ha sido una constante en la época contemporánea pero no es una idea incuestionable. En Jerez al caso más reciente del ábside de San Juan de los Caballeros puede unirse la eliminación del conjunto bodeguero arrimado a la muralla de la calle Muro anunciado por el Ayuntamiento. Aquí el cambio se antoja mucho más controvertido pues enfrenta a la ciudad almohade contra la vinatera del XVIII y XIX. Una lucha que no sólo anula arquitecturas, sino etapas históricas.

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