El mes de Julio llega. Julio César fue el primer emperador romano en dedicarse a hacer encerronas a las zonas calientes de los celtas de la Germania, la Galia y la Britania como forma de entretenimiento. La primera semana de este mes siempre supone un cambio de mentalidad y el ocio parece instalarse en medio mundo del hemisferio norte. Pero por culpa de un virus hay una lucha fratricida entre tiempos de vacaciones y cuidados de salud. En Navarra, entre los no chupinazos del día seis de julio y las no carreras por las calles tienen un buen ejemplo. Los encierros y los no encierros se han erigido en protagonistas innecesarios de nuestras vidas. La cuarentena ha hecho cambiar los esquemas y, aunque el verano pasado todo el mundo siguió las pautas, lo de este año está siendo muy diferente. Los encierros han dejado de ser respetados. Es más, la gente no se está tomando los confinamientos en serio ni hay una conciencia tan estricta como hace meses, por lo que en el análisis de la situación no sabríamos dictaminar a qué extrañas razones se debe dicha actitud. Puede que a la falta de valores o quizás se deba a una permanente idiocia fenilpirúvica que ofusca los cerebros. Lo cierto es que la falta de criterio y el obcecamiento parecen ser las principales causas. Lo observamos por todas partes, pero duele más cuando lo tenemos a nuestro alrededor. Enrocados como piezas de ajedrez, ensimismados como enfermos catatónicos y empecinados como nunca como cabezas duras sin remedio. Lo dicho, enfrascados en conseguir ser lo más egoístas posible e importándole un bledo lo que le suceda a los demás. Si san Fermín levantara la cabeza se plantearía correr delante de animales de dos patas con electroencefalograma plano. En la zona de Jerez lo del encierro no es tradición, por eso suben las tasas, aunque, por otro lado, sí suele ser norma enrocarse como pieza de ajedrez de una ciudad encerrada en sí misma a modo de tablero cuadriculado.

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