Cuando se habla de patrimonio artístico espontáneamente pensamos en las mal llamadas artes mayores: arquitectura, escultura y pintura. En un lugar más relegado situaremos otras artes, las suntuarias o decorativas, a pesar de que dentro de ellas no faltaron célebres maestros y obras fascinantes. La platería ocupó un puesto eminente en este terreno y, en el concreto ámbito jerezano, una nada despreciable relevancia. La ciudad que dio a Andalucía el gran orfebre barroco Juan Laureano de Pina contó con muchos y reputados talleres de plateros durante los siglos XVII y XVIII, hasta tal punto de que terminaron integrándose dentro de una institución gremial. Pedro Moreno de Celis fue uno de estos artistas. Activo a mediados del Setecientos, su figura, estudiada por Pilar Nieva Soto, no se encuentra entre las más conocidas, si bien hay pruebas de que gozó de cierto prestigio. Hasta hoy se le conocían interesantes, aunque muy escasas, piezas conservadas en iglesias como San Marcos o Santiago pero muy lejos de la entidad del frontal que ahora sabemos que labró para el altar de la Virgen de Consolación en Santo Domingo. Como he tenido la ocasión de revelar en el último número de la Revista de Historia de Jerez, Moreno de Celis contrató su realización en 1751 con fray José de Pedraza, "capillero" de esta venerada imagen. Acabado en 1753, el resultado sobresale por su cuidado diseño, ejecución y rica iconografía mariana.

Este tipo de costosos frontales sólo estuvieron al alcance de ricas parroquias como la de San Miguel, que cuenta con dos, o bien fueron fruto de extraordinarias devociones, como las de patronas como la Virgen de la Merced, que posee un magnífico ejemplar de procedencia guatemalteca, o el caso que nos ocupa, el cual, elocuentemente, ostenta una inscripción que asegura que "se yzo con las limosnas de todo este pueblo".

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