Aquí se parte de que las personas son buenas y que con un poco de diálogo y buena voluntad se arregla todo. La ingenua y fláccida sociedad de los arrumacos considera que todo parte del voluntarismo y de la capacidad que el hombre tiene de resolverlo todo sin encomendarse a Dios ni al diablo. Es lo que tiene la religión del bienestar humanoide, que el Dios verdadero y trascendente ya no tiene sitio en el terreno político de nuestra horizontalidad manejable. El pecado original se destierra y la tendencia que teníamos al mal se domina, según las leyes democráticas, desde la agenda 2030 o algo parecido. La fuente desde donde surgía todo, y daba fundamento a las buenas acciones, ha sido desecada, o trasmutada a la ética kantiana del deber, esa que nos deja en la aridez más absoluta o en la desmotivación más consecuente. Lo religioso lo llevamos al humanismo, y el humanismo, sin religión, se queda en humanitarismo buenista de diálogo intrascendente, o a lo sumo democrático, como si ello fuera la panacea de la nueva divinidad.

Como no hay pecado original, no hay tendencia al mal y por supuesto tampoco se necesita de la ayuda de Dios para que nos saque del atolladero inhumano en el que se encuentra la moderna sociedad. Todos somos buenos, nos damos unas palmaditas en la espalda y a ‘huí’. Así se razona ahora, incluso en ambientes cristianos, con una ingenuidad de sopa boba; más que razonar, se siente. O sea, un aplanamiento del hombre, un dejarnos a pie de tierra, sin más referencia que la voluntad ramplona de la egolatría antropocéntrica y carnal que nos inunda. Nadie quiere aceptar que pueda haber mal en su interior y nos apuntamos a las idioteces de Rousseau con la inocencia natural antes que a la responsabilidad de nuestra libertad maltrecha. La psicología no aceptará el abismo del mal y lo solucionará todo con terapia rastrera y política. Que se rompa, pues, la conciencia del mal y se establezcan consultas en la Seguridad Social, mejor y más manejable que el misterio del pecado original. No se me ocurre proponerle a nadie el camino excelso de la santidad, ni la experiencia mística de calado interno; sería pedirle a la razón que opte por la locura ¡vade retro! El cristianismo es más tridimensional que el humanitarismo de mercadillo, que sólo se queda en las acciones buenecitas del bienestar simplón. Es lo que se lleva, mucha solidaridad emocional que nos dé satisfacción inmediata y repelús de complacencia entusiasta. El humanitarismo ha anidado en la sociedad moderna; ya no es humanismo derivado de convicciones espirituales y trascendentes, sino fruto de una eticidad consensuada en valores de toma y daca, que lo mismo están en alza que en descrédito, como la bolsa en el mercado de valores, y no en la virtud que supera cualquier veleidosidad de la democracia. Ni hay profundidad, ni hay altura; sólo justicia derivada del obrador ideológico que lo propone: generalidades buenistas, globalidades tautológicas, pero, sobre todo, desenganche religioso para sentirnos libres de cualquier influencia extrasensorial. Para eso ya se encarga la nueva religión establecida por el lobby de la modernidad: fin de pobreza, hambre cero, salud pública, educación pública, igualdad de género, agua y saneamiento, energías asequibles y no contaminantes, trabajo decente, industria e innovación, reducción de desigualdades, comunidades sostenibles, producción responsable, acción por el clima, ecosistemas, paz, justicia e instituciones sólidas, alianzas sociales. Y sólo me limito a enumerar los objetivos (global goals) que vienen preinstalados en la pantalla de aplicaciones de mi reloj digital. Son los Objetivos de Desarrollo Sostenible - ODS (Sustainable Development Goals - SDG, por su siglas en inglés), también conocidos como Objetivos Mundiales, que se adoptaron por todos los Estados Miembros de Naciones Unidas en 2015 como un llamamiento universal para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar que, a través de La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, sea un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, que también tiene la intención de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia .

¿Alguien puede ponerse en contra? ¿Acaso no es bello, amable y lactescente? El rodillo de la horizontalidad está en fase de ‘destrucción creadora’. Ya no importa nada del pasado, la realidad es un devenir transformado y por supuesto transhumano ¿Habrá libre elección a partir de ahora? ¿O seremos conciencia global despersonalizada? Los algoritmos, tarde o temprano, se encargarán de ello sustituyendo nuestro libre albedrío. El poder transformador del hombre se reducirá al plano físico e intelectual; lo trascendente quedará relegado o destrozado, o, a lo sumo, autorizado como atrezzo de una nueva panorámica de la humanidad. Ya no será humanismo capaz de hacer valer el ideal de la persona y su singularidad espiritual e irrepetible, sino que habrá triunfado el humanitarismo global de sello ético variable, siempre a merced del consenso portátil de las Naciones Unidas. En fin, una ocurrencia más del hombre moderno, que se empeña en perder la libertad que Dios le concede, para crear un diosecillo a su imagen, que terminará esclavizándole más de lo que se imagina. Ánimo, hombre, sigue fiel a ti mismo, que contigo te has de encontrar.

Del humanismo al humanitarismo. Ni más ni menos.

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