Estamos a punto de empezar el curso escolar; mis queridos compañeros de profesión ya llevan varios días en sus puestos de trabajo. Me los imagino y se me ponen los vellos de punta en pensar en lo que les queda por delante. Con esto no me refiero a los niños, a los alumnos; ellos son, salvo excepciones, unos pacientes de la barbarie educativa en la que los que han dictado las leyes -inconscientes hordas destructivas- han metido a la enseñanza de ahora.

Un año más, el Profesorado se habrá de medir con propuestas absurdas y surreales realizadas por los que no han pisado nunca un aula ni saben absolutamente nada de la realidad que se cuece en los centros; habrá de plegarse a una burocracia infame que sólo servirá para quitar tiempo de trabajo verdadero y útil con el fin de obtener datos para después manejarlos al antojo de los intereses políticos.

De nuevo, Maestros y Profesores se verán desbordados por aulas con muchos alumnos, por temarios surrealistas aprobados para que los niños sepan cada vez menos, para que se instruyan mínimamente a futuros ciudadanos bodoques y semiestultos que protesten poco y sean fácilmente manejables; planes de estudios para llenar estadísticas con todos aprobados pero escasas luces de auténtica sabiduría. Mucha pena me da mis antiguos compañeros de profesión, los verdaderos y heroicos; no los pobres que llegan mentalizados por los modernos programas para tontos y que se han formado en escuelas de ágrafos o aquellos otros que juegan a ser modernos en un paisaje yermo y sin horizonte.

Me dan pena, también, las madres y padres conscientes, sufridores, asimismo, de una realidad sin sentido. En estos momentos me acuerdo, también de los alumnos -¡angelitos!- que llegarán de la mano de mamás, que no madres, comedoras de chicle y fervientes seguidoras de doña Belén -Esteban-. Ánimo y mucha suerte a todos y que las leyes dictadas por la horda equivocada no les quite la ilusión.

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