Análisis

Felipe Ortuno M.

Noviembre

Cada cual interpreta lo que quiera en lo que es esto de la vida y el tiempo

Cada día tiene su propio afán, y Dios me libre de añadir ni un ápice más de lo que ya tiene cada tiempo. Este mes, por ejemplo, se nos ha abierto con el recuerdo de la brevedad de la vida, que según nuestro paisano Séneca (antes de que surgiera la autonomía) ya era motivo de queja para muchos, incluso de gente altamente esclarecida; aunque más que de la falta de tiempo, adolezcamos de la pérdida del mismo. Hemos comenzado noviembre con cierto ejercicio de sabiduría, pues es en la tumba de nuestros progenitores desde donde mejor meditamos el aprovechamiento de la vida, y en si la dilapidamos en ostentación ridícula o en generosidad dadivosa, que, en esto, poco hemos avanzado; y quién sabe si retrocedido. Porque hemos recibido mucha vida y nos empeñamos en hacerla corta; y no somos menesterosos, sino derrochadores de la misma.

Depende de la administración que hagamos de los talentos recibidos, y de si invertimos en deuda pública segura o en variables más rentables, aunque veleidosas y arriesgadas. La fábula de la hormiga y la cigarra nos viene al pelo: saber usar la vida es tanto como la vida misma, porque hay quien la dilapida en holganza, y quien con esfuerzo y sentido la dirige adecuadamente. No se trata de tiempo, sino de sentido del mismo, de contenido y certeza, de pasión y esperanza. Porque a todo lo que se haga en la vida hay que ponerle ardor y brío para que no se quede en sólo tiempo de puro calendario. Yo sigo, erre que erre, instando a echar cuentas de la vida por ver en qué hemos hecho bien o mal, en tanto pudiéramos corregir el rumbo y ganar en cuanta inversión hayamos hecho en la vida misma que nos ocupa; como Don Quijote en cama, poco antes de morir, que se dio en filosofar sobre la brevedad y fragilidad de la vida humana, no sabiéndose muy bien si recobrando la cordura o dándonos a entender que la tenía cuando todo el mundo le daba por extraviado. Locura y cordura, que yo la pongo en paralelo con el evangelio mismo cuando, en flagrante paradoja, dice aquello de 'mejor perder la vida para ganarla, o en que ganarla para sí no es otra cosa que perderla'. Y que cada cual interprete lo que quiera en lo que es esto de la vida y el tiempo, o en lo de ganar y perder.

En cualquier caso, tiene noviembre, por donde asoman los primeros fríos, la sugerente estación de la caída de la hoja, y de la maravillosa policromía de los espacios naturales: desvaídos verdes, pálidos ocres, las intensas medianías de todos los colores, cromatismos desmayados, queriéndonos enseñar lo que nunca acabamos de aprender, que la naturaleza es hermosa en todos los atardeceres otoñales, como la vida misma.

Tendemos a dejar los planteamientos importantes para cuando llegue la jubilación (de júbilo) y cuando 'me libere de las obligaciones' comenzaré a vivir, a viajar, a descansar, a disfrutar ¡Error! Noviembre, que es tan bello como cualquier mes del año, no puede convertirse en el mes de los aplazamientos; como la caída de la hoja tampoco es el final de la vida florecida; que también es vida la flor que no se ve, contenida aún en la savia de las ramas. No conviene añorar tiempos venideros para hacer y vivir lo que ya tienes en tus manos, porque, todos los que así han pensado, no se han encontrado sino con su propia pérdida. ¡Cuánto enseña otoño con la caída del pelo! Conviene aprovechar el tiempo, ahora que tenemos el reloj entre las manos, para llenar la vida con algo más que con lo que se llena el vientre, que termina en la letrina.

Conviene estar ocupado, con tal que la ocupación no te impida vivir; conviene hacer cosas, con tal que las cosas no te opriman el corazón; conviene vivir, con tal que la vida no la reduzcas a la suma de sensaciones; conviene todo, con tal que nada te esclavice en un vivir sin vivir. Como a ese enfermo a quien el doctor le prohibió fumar, beber, ---er, y consiguió que, de esta guisa, la poca vida que le quedaba se le hiciera larga, muuuy laaarga. 'Enséñame a calcular los años' reza doctamente el sabio; saber el porqué hago lo que hago y el para qué lo hago, que es algo así como haber visto la luz del fin en los propios medios, que, como analogía, bien vale para sopesar el valor de aquello que realmente lo tiene, para no despistarnos con las bagatelas y fruslerías inconsistentes que tanto tiempo nos quitan.

Noviembre me recuerda que, entre tantas tareas, hay que dedicarle tiempo a una vida que se apresura; y, como diría Séneca, llegará entretanto la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.

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