El pasado fin de semana tuve el inmenso honor de mostrar mi ciudad a unos buenos amigos de Segovia. Hice de guía aficionado, si bien conté con la ayuda de grandes profesionales de la Real Escuela y de Fundador para poder mostrarles los tres pilares turísticos de Jerez: caballos, vino y flamenco. Juro por Dios que ese fin de semana aprendí cosas de mi ciudad que desconocía, y no me da rubor alguno reconocerlo. Por unas horas vi mi ciudad con ojos de turista. Y vaya si la disfruté. Con los pies reventados -también debo reconocerlo- pero con el corazón henchido de orgullo intenté explicar lo que fue y lo que es esta ciudad, aunque fui incapaz de decirles hacia dónde se dirige en el futuro. Eso, por desgracia, nadie lo sabe. Todo fue positivo excepto el paseo por la zona que debería embelesar a nuestros visitantes, el casco antiguo. Hubo quien mostró su temor a que esa fachada apuntalada pudiera venirse abajo dada su inclinación. Los políticos de Jerez, esos a los que votaremos en mayo, deberían hacer un pacto por la ciudad, un acuerdo que sobreviva a legislaturas, para recuperar lo que nunca se debió perder.

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