Ante la apreciable y notable subida de contagios, las autoridades están estudiando, de nuevo, volver a plantear algunas de las restricciones pasadas. Me imagino que nuestros gobernantes, antes de tomar alguna decisión, valorarán en su justa medida a qué se debe este rebrote y cuál es la población que más ha incidido en el mismo. Por activa y por pasiva se nos dice que un porcentaje altísimo de dichos contagios provienen de las personas que voluntariamente no han querido vacunarse. Si es así creo que lo más lógico sería obligar a vacunarse a los que no lo han hecho porque, parece ser - debo decir, no obstante, que mi ignorancia es absoluta en el tema, sólo tengo la información que se nos da o aquella otra que puedo recabar por mi cuenta - que éstos, a parte del riesgo que su renuncia a la vacuna conlleva para ellos mismo, tienen todas las papeletas para infectar al que se les ponga por delante.

Dicen los informativos que, ya, existen países que están tomando medidas al respecto y que, en algunos casos, los no vacunados hasta pueden ser confinados. No llego a atisbar si la medida es demasiado drástica o si está dentro de lo que permiten las leyes; sí considero que hay trabajos en los que la obligación a ponerse la vacuna debería ser absoluta: docentes, personal sanitario, agentes de orden público… y no permitir, en ningún caso, que tales trabajadores, en contacto con los demás, no lleven puestas las dosis exigidas.

El sentido común no parece ofrecer dudas y la lógica debe imponer su ley ya que, casi todos coinciden, que la incidencia de contagios sin vacuna es alta o muy alta. Imposiciones generales para todo el mundo creo que es una medida excesivamente dura cuando se tiene claro de dónde viene gran parte del problema. Cuando yo era chico nos pusieron obligatoriamente, porque se necesitaba, la vacuna de la viruela. A nadie se le ocurrió decir que tal hecho atentaba contra su conciencia y honor.

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