Felipe Ortuno M.

Radiografía para un líder imaginario

Desde la espadaña

05 de junio 2024 - 00:45

Oí, siendo niño, que, en un lugar lejano, llamado Utopía, vivía un líder íntegro que hacía lo correcto, aun cuando nadie le observara. Se decía de él que era decente, honesto y probo, que en su absolutez era intachable y honrado, irreprochable en su conducta e insobornable en los asuntos de estado; que le veneraban los súbditos y hasta los enemigos respetaban. Hoy diríamos que era completo, total, vaya. Había elegido una vida conforme a los principios morales de rectitud y decencia, frente a la corrupción e hipocresía de otros estados.

Cuentan que, con tal proceder, fue creando un reino próspero como ningún otro hubiera habido hasta entonces. No tenía más deseo que el de conseguir sus propósitos, siempre al servicio del pueblo, cubriendo sus necesidades y arreglando cuantos desavíos se producían por el rifirrafe de lo cotidiano. Irradiaba una ejemplaridad contagiosa y, de este ser así, así eran los habitantes de la ciudad: honestos, rectos y decentes. Lindaba este hermosísimo país con Distopía, otro precioso reino lleno de grandes tesoros ocultos, de un subsuelo tan extraordinario y rico como el de Utopía; si bien, su regente, que era alto y bien parecido, en nada se asemejaba a su vecino y mucho al Narciso de allende los tiempos.

De proceder chulesco y arrogante, arrinconaba a quienes se le oponían y no protegía sino a los de su mismo pensamiento y condición, en tanto les fueran útiles. La calaña de su comportamiento se contagiaba hasta tal punto que los ciudadanos comenzaron a vivir con los mismos parámetros con los que el líder les instruía: engaño, traición, corrupción y soborno. Dejó de haber confianza entre los vecinos, porque nadie cumplía los principios que marcaba la ley. No sólo eso, sino que los buenos eran tenidos por malos y eran los falsarios quienes regían el territorio, causando grandes alienaciones humanas con sus dobleces manifiestas. Pareciera que todo había sido conquistado por la consorte de las tinieblas. La luz ya no era luz, y la noche había extendido su lóbrego manto sobre la conciencia de sus habitantes. El miedo se dilataba como la mancha de aceita sobre las aguas estancadas de fangolandia. Nadie se atrevía a hablar para no incurrir en el campo avieso de tan infausto líder.

Silencio era la consigna, y no quedaba otro recurso que la resignación. Se estaba perdiendo el coraje moral de la población. Había gente íntegra, sin duda, pero timorata a la hora de llevar a cabo una acción moral comprometida; de ahí que todo pareciese pacífico, cuando lo que en realidad se estaba cociendo en la nación era una división civil añeja. Fue entonces que un grupo de héroes anónimos reaccionó y se presentó en Utopía. El señor del territorio ideal los recibió según protocolo: con la cabeza alta de dignidad y la mano extendida de providencia. Buscamos tu ayuda -dijo el menos tímido de la delegación Distópica. Nuestro líder ha sobrepasado todas las líneas rojas de un gobernante y su integridad ha quedado manchada por multitud de hechos corruptos que ponen en entredicho la estabilidad del país. Buscamos tu consejo pues sabemos que eres un líder justo y tratas a cada cual según merece, no dejando que la injusticia se cebe con los más necesitados ¿Qué podemos hacer, pobres entre los pobres de todos los reinos confederados de Trapisonda? Asístenos con tu consejo. Y ¿qué males son esos que tanto os acucian como para venir a mí? -preguntó Sir Moro, regidor de Utopía. Vivimos humillados por un felón, un sátrapa que impone la realidad que le conviene y desoye el grito de su pueblo -se atrevió a responder el más indignado de todos. Nada puedo hacer yo – dijo Sir Moro, a menos que la confederación de Trapisonda le imponga un freno a Lord Belial y le obligue a cumplir con las leyes que a todos nos amparan. Está en vosotros que en las próximas elecciones os pongáis de acuerdo.

Utopía no puede intervenir directamente en Distopía si el miedo y el silencio se adueñan de los ciudadanos distópicos. Tengo, no obstante -continuó el señor de Utopía- una propuesta de ideales que tal vez os vengan a propósito para vuestro fin, si a bien tenéis escucharla. Trasmitidle a Lord Belial, señor de Distopía, que no es posible un estado feliz sin antes establecer la honestidad como principio, y que ha de ser este placer quien lo transite todo. Que la integridad moral del gobernante es requisito para que le sigan con agrado los gobernados. Busque vuestro señor acciones irreprochables, honradez en su consecución y probidad siempre.

¿No es acaso la rectitud, amigos distópicos, el principio de la prosperidad y el modo de llegar a cuanto se proponga? No os quepa duda de que de ahí vendrá la confianza, si la palabra que da se cumple a pié juntillas. Decidle a Lord Belial que lo practique y verá con cuánta celeridad cambian las tornas y se establece el respeto entre los ciudadanos para que no haya enredos, ni tráfico de influencias, ni leyes frívolas, que tanto daño hacen a la política. Aunque no sea un Job, llegue al menos a príncipe seductor para con su pueblo, que decía Maquiavelo, así que esto no sea sino argucia transitoria para empezar. Que respete, si quiere ser aceptado, y practique la veracidad dentro y fuera de su propia casa, entre su más íntima familia, incluso cuando nadie esté mirando, vaya a ser que vuelva de su misma condición a quien duerme en el mismo colchón. B

usque la corrección y la lealtad, verá con cuánto entendimiento se aceptará su firmeza. Sepa vuestro líder que en política todo ha de ser congruencia, decencia siempre y rectitud en la dirección, si no queremos que se trasforme en laberinto de inconvenientes y sinfín de partes. Prontas son las elecciones a Trapisonda, el 9 de junio, y si se aplica en la práctica moral y recapacita, aún sería posible que Distopía alcanzara un hueco en las bancadas de la honradez y en el vocabulario del respeto. Trasmitidle lo dicho, vaya mi saludo de paz y el deseo de prosperidad para Distopía con mi beneplácito. De Sir Moro de Utopía a Lord Belial. Laus Deo.

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