Desde que el fin del confinamiento y su desescalada me lo permitieron, he ido regresando a la ciudad poco a poco, como parece que hay que hacer las cosas en estos tiempos. El reencuentro con algunos amigos y la visita a espacios familiares, incluidas algunas terrazas, provocan una sensación equívoca, como si no hubiera pasado el tiempo y no hubiesen sucedido tantas cosas terribles. ¡Ay! La mente, que es frágil y olvidadiza. Entre las cosas recuperadas, justo hace una semana y después de cuatro meses de silencio, volvió la música a nuestras calles, en directo en la plaza de la Asunción o con las proyecciones junto al Villamarta. Como en tantas cosas, la sensación de rareza es inevitable, pero es esta una extrañeza, en cierto modo, hermosa: el regreso, lleno de las distinciones a que obliga la nueva situación, ha generado unos escenarios inéditos y unos auditorios que, lejos de la habitual concentración masiva, parecen adquirir un carácter casi íntimo. Uno termina agradeciéndolo como muestra, sobre todo, de la encomiable, pero limitada, reinvención de lo que estaba programado. Bienvenidas sean estas ediciones especiales de nuestros clásicos del verano. Frente a estas visiones (y audiciones), el contrapunto lo pone esa especie de gran y extendido socavón, el paisaje lunar de unas obras que parecen detenidas: las del eje Corredera-Esteve. Según he podido seguir por este mismo periódico, tiene su origen en un conflicto institucional que no termino de comprender por ninguno de los lados por los que lo miro. A pesar de que el proyecto es discutible, no termino de comprender por qué no se permite aquí lo que en otros lugares sí se ha hecho. El resultado me parece un desastre de dimensiones descomunales, que tiene pinta de alargarse y que deja al centro de la ciudad en una situación que hace imposible su recuperación en tantos sentidos. Responsables de las instituciones, encuéntrenle una solución, por favor.

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