Análisis

Salvador Gutiérrez galván

Ruanda, 30 años y el alma misionera

Siun día acudes a la Basílica de la Merced en Jerez es posible que te encuentres con el Padre Juan Carlos Mancebo Zamorano. Se cumplen ahora treinta años de una guerra que marcó para siempre la vida de este ilustre jerezano de adopción. Fray Juan Carlos, natural de Navaluenga (Ávila), tuvo desde pequeño esa inquietud profunda, inconcebible para muchos, de salir a las periferias y darse a los demás. El capítulo estremecedor que quiero relatar tiene como protagonista a este buen hombre, Premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 1994 por su labor misionera en Ruanda; país en el que experimentó la crueldad de una guerra encarnizada. En una de aquellas aterradoras noches de machetazos y crímenes sobrevenidos Fray Juan Carlos encontró en el interior de una casa una montaña de cadáveres. Varias familias acababan de ser asesinadas. Sólo un joven se deslizaba lentamente entre los cuerpos. Tenía las costillas doloridas y ensangrentadas cuando le pidió al religioso que no lo matase. “Somos los Padres Misioneros de la Merced”- respondió el fraile – “Tranquilo”. El Padre Juan Carlos estuvo toda la noche a oscuras, temperando entre sus brazos las heridas del chaval mientras esperaba la luz del día y la llegada de algún compañero misionero. El joven, finalmente salvó su vida. Se llama Donati Wonimana, que en ruandés quiere decir ‘Veo a Dios’. Otro joven ruandés rescatado por Padiri Karoli (Padre Karoli, como le llamaban en el país africano) vive actualmente en Madrid. Se llama Elí Mushengezi y asegura que el misionero cruzó con su furgoneta toda Ruanda en busca de refugiados. En una carta recibida hace unos años reconoce que debe su vida al rescate de este gran hombre.

Los ciento sesenta misioneros que estuvieron en Ruanda se dejaron la piel por salvar a más de dieciocho mil refugiados ruandeses, como la hermana mercedaria Sor Pura Bonilla, recientemente fallecida en Granada y compañera de Karoli. Cuando la superiora del convento avisó a la familia para dar sus pertenencias, sólo había una maleta desgastada y una pequeña cartera en su interior. Dentro un papel amarillento describía a modo de crónica el asalto vivido durante una de aquellas desoladoras ofensivas; en tiempos de incomunicación tecnológica y desesperanza logística. O Pilar Espelosín, la monja que narró la guerra sentada al teléfono del hospital de Kibuye. Como ellas el Padre Juan Carlos estuvo en Ruanda hasta el final, ante la angustia de su país, su pueblo y familiares, que lo dieron por desaparecido. Son ya treinta años de aquella guerra que marcó los corazones de este ramillete de misioneros, héroes que perduran para todos y cuyas hazañas rememoran hoy los versos de Enrique García Vélez en su ‘Alma Misionera’: “Señor, toma mi vida nueva, llévame donde los hombres necesiten tus palabras y mis ganas de vivir, donde falte la esperanza y la alegría; simplemente por no saber de ti”. No todos estamos llamados a este tipo de proezas. Puede que para ti y para mí, la redención de cautivos esté hoy más cerca; puede que a tu lado. A todos los misioneros, Gracias.

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