Quizás
Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
En medio de sus viajes por la península balcánica, que recoge en su imponente Cordero negro, halcón gris, Rebecca West se cruza con Gerda, la mujer alemana de su amigo serbio Constantine, gordo y juguetón como un sátiro. Gerda no se parece en nada ni a Constantine ni a Rebecca. Gerda es, de hecho, la representación de los alemanes de entonces, porque el libro se escribió a mediados de los 30, y en Alemania todos los venenos del alma vinieron entonces a encontrar su asiento. Cada comentario de la mujer resulta insoportable para una mujer como West, que estaba en las antípodas de sus ideas, y que por ser tan distinta a ella habitaba un mundo también opuesto al suyo, porque hay infinitos universos y cada corazón tiene el suyo.
Lo más preocupante del asunto hoy, tantos años después, es que veo mucho más de mí en Gerda que en Rebecca. A Gerda le molestan el desorden, lo absurdo, la violencia, la pobreza o la ignorancia. Dicho esto, no parece que ustedes estuvieran en desacuerdo con ella. Sin embargo, su forma de oponerse a todo esto es egoísta y pequeñoburguesa. Sus ideas, desde la atalaya de su germanismo rampante, son siempre para ella las correctas, sin que importe que las circunstancias, las personas o los paisajes la contradigan. West, que es una mujer cultísima y que profesa un franco amor por los lugares que visita, es capaz de ver lo que está delante de sus narices y que las ideas de Gerda ocultan: que hay otros tipos de orden, de sentido, de paz, de riqueza y de sabiduría en quienes no viven como nosotros, no han sufrido lo que nosotros y no proyectan en el hueco del futuro lo que nosotros.
Me veo más en Gerda porque mi sensibilidad, por más que uno se dé atracones de lectura y se las dé de sensible, sufre en el fondo una anemia profunda, vaya usted a saber por qué. Serán los duros perfiles de la ciudad, será la dieta de tele y móvil, rica en hierro y silicio, será mi infancia sin calle o mis miedos. Para ser verdaderamente libre, para amar la humanidad, para maravillarse cada día por lo mismo que nunca es lo mismo –el crepúsculo, los árboles, el modo de vestirse o de moverse de la gente que se cruza con nosotros por la calle, la forma de la luz, el sonido de las lenguas, el ruido vacío del tiempo, como el de las olas prehistóricas– hay que callar, ver y escuchar. O ser valiente. Detrás de los cobardes y los idiotas siempre llegan las bombas.
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