Análisis

manuel campo vidal

A Sánchez en el alambre, le agitan los extremos

Descartadas las mayorías aritméticas, porque el empate es monumental, solo se puede formar Gobierno en España atravesando un alambre sobre el vacío sin red. Es ejercicio muy difícil el que Pedro Sánchez intenta, pero por si fuera poco, la derecha radicalizada y los independentistas zarandean los postes que sostienen el hilo tendido.

Si el candidato a Presidente no logra cruzarlo antes del 26 de noviembre (fecha límite) iremos a repetición de elecciones el 14 de enero. La derecha lo sueña, convencida de que subirá lo suficiente para que Núñez Feijóo sea investido. Se ganó ante los suyos su condición de candidato. Si Sánchez fracasa, y no hay amnistía o algo parecido, irán a juicio unos mil doscientos imputados en el procés. Pero el independentismo se llevaría el premio de consolación de tener enfrente a una derecha centralista que le permitiría acumular agravios y así crecer electoralmente. Sin duda, los cinco años de Sánchez no han sido buenos para los nacionalistas radicales. El clima en Cataluña se ha pacificado, hay menos confrontación y las candidaturas de Esquerra Republicana y Junts han retrocedido, incluso en municipales. La CUP ha desaparecido del Congreso.

Solo esa realidad de fondo explica el exhibicionismo verbal en estos días tan delicados y tan decisivos para llegar a un acuerdo de Gobierno. La derecha observa complacida los insultos de su fracción más rancia que en el desfile de la Fiesta Nacional le gritaba a Sánchez “Que te vote Txapote”, en alusión al asesino en serie de ETA. “La calle es del PP”, declaraba horas antes Elías Bendodo, dirigente popular, rememorando lo de “la calle es mía” de don Manuel Fraga al inicio de la Transición. Salió en horas a corregirse declarando que “la calle es de todos”.

En la recepción del 12 de octubre en el Palacio Real, posterior al desfile militar, de los gritos contra Sánchez apenas se hablaba. “Es la fiesta del pataleo”, los descalificaban algunos asistentes. Dos asuntos dominaban las conversaciones en casi todos los corrillos de los diversos salones: el éxito de la presentación de la princesa Leonor, vestida de cadete militar, y las quinielas sobre si se repetirán elecciones forzosamente.

La impresión general era que la imagen ofrecida por la familia real –Rey, Reina y Princesa– era de consolidación de la institución, sometida en el pasado reciente a tensiones ya superadas. Antes de que concluya octubre, Leonor jurará la Constitución en el Congreso de los Diputados. En aplicación de la ley, si faltara el rey Felipe VI –que “Dios guarde muchos años”, como se escribía antes en documentos oficiales– pasaría a ser reina de España inmediatamente. Hasta hace poco tiempo, esa naturalidad en la cadena sucesoria se veía más cuesta arriba que hoy. La incesante actividad de los monarcas –recorriendo el país y conectando con sectores sociales que los requieren, como recientemente doña Letizia con su rapeo en el Día de la enfermedades mentales– han movido favorablemente los estados de opinión. El 12 de octubre con el estreno brillante de Leonor, en el desfile y después en la recepción, fortaleció esa impresión. Se diría que suscita más confianza la institución que la clase política.

Y en lo del Gobierno, se admiten apuestas. En el entorno de Sánchez, sus hooligans dan por hecho que lo conseguirá. Pero Esquerra Republicana sigue hablando de autodeterminación y Junts espera señales de su líder, Carles Puigdemont, el ex presidente huido a Bruselas. Todo depende de dos hilos: el alambre del equilibrista Sánchez y el hilo telefónico. Atentos.

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