Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

La ilusión igualitaria

04 de marzo 2026 - 03:07

Las ideologías reinantes saben lo que tienen que ofrecer a sabiendas de la imposibilidad de conseguirlo. Conocen el anhelo humano y se aprovechan de él de manera descarada. Podría ocurrir lo mismo con la religión, si no diéramos en considerar el verdadero fundamento de lo que somos.

El engaño crea ilusión, y la ilusión ilusos. De este modo la ilusión igualitaria nos tiene encandilados: iguales en el matrimonio, en el trabajo, ante la ley, en oportunidades, ¡vaya, en todo! Pero como vivimos de mentiras y falsedades, nos conformamos con promesas. Lo importante es tener ilusión. Una obviedad.

Y de este modo nos vamos emponzoñando cada vez más en las máscaras que nos ofrece el poder: ¿qué queréis oír? Y así se nos alimenta con la alfalfa que más conviene: todos somos iguales, y a correr. Sin caer en la cuenta de que es un imposible metafísico. Suena bien y vende mejor.

Pero nada es equivalente, uniforme, ni es un espejo: no todo es ni será «igual». El igualitarismo sería un infierno. El otro es siempre un desigual, alguien distinto con el que podría abrirme a la amistad. Dos iguales la harían imposible, seguro.

Cuando esta igualdad se refiere a la dignidad y al derecho, casi me da la risa del vacío que lleva la afirmación. Es verdad que a nadie se le puede tratar de manera denigrante; pero no es menos cierto que no se trata a todo el mundo igual. Vivimos en aporías constantes y contradicciones insalvables.

A no ser que creamos en la frase: «Dios creó a los hombres, pero Colt los hizo iguales», refiriéndose al revólver de Samuel Colt que democratizó la autodefensa, nivelando las posibilidades físicas en el viejo oeste. Más allá de la broma, se trataría de conseguir para cada uno lo que en verdad se merece, en cuyo caso la igualdad sería injusta, aunque equitativa.

Se dispone un buen trecho entre igualdad y equidad, tanto como entre igualdad y justicia. La igualdad es, en este sentido, injusta. Aristóteles decía lo contrario: lo justo es lo igual. Pero el griego no frivolizaba tanto como hoy: si dar a cada uno lo que merece es justo, entonces ello coincide con la igualdad, que nos invita a darle a los iguales lo mismo y a los distintos algo diferente.

Supondría afirmar que esto y aquello no son lo mismo y que, por este motivo, no es justo tratarlos de igual modo. Por lo que se ve, la igualdad es un principio meramente formal (cómo tratar a los iguales y diferentes), pero nada más.

Decía San Agustín en la Regla monástica: «désele a cada uno según sus necesidades». Por lo que asentaba el principio de la desigualdad y diferencia entre todos; y, sin embargo, era justo.

La igualdad que hoy está de moda no tiene en cuenta las diferencias, aunque sean patentes: ¿la pareja de hombre y mujer es igual que la de hombre y hombre? No se trata de que sea peor o mejor, sino de su diferencia. Sería contrario a la igualdad tratar igual lo que es desigual. De este modo, colegimos que no todo trato igualitario es justo.

No sé si todos estamos en la senda de la igualdad, porque ahora, en estos instantes, asistimos a las desigualdades mundiales: mayor brecha entre clases sociales, bloques desiguales en la guerra, por ejemplo, demasiadas castas… Lo mismo de desiguales que en antañones tiempos.

Hasta en las sepulturas se ve la diferencia: unos se entierran en pirámides, otros en agujeros en el suelo. Las viejas sociedades jerárquicas que dividían las categorías humanas en aristócratas y plebeyos, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos… siguen instaladas en derivadas sociedades del comunismo y el liberalismo.

La sociedad global (globalista) a la que pertenecemos no ha conseguido la igualdad necesaria. Sigue siendo una promesa. La desigualdad sigue creciendo a pasos agigantados.

¿Quiénes acumulan los frutos de la globalización? El 1 % más rico posee la mitad de las riquezas del mundo. Los 100 más ricos poseen más en su conjunto que los 4.000 millones más pobres… Ved que la desigualdad sigue en aumento a la vez que acentuando la brecha social heredada.

La revolución industrial creó masas… ¿qué están creando las nuevas revoluciones tecnológicas? ¿Igualdad de clases, razas y géneros? Todo sigue siendo una promesa en manos de los grupos, lobbies, o como se llamen, que buscan influir en las decisiones políticas y económicas de los gobiernos para favorecer sus intereses específicos.

La desigualdad creciendo y la sociedad jerarquizándose. ¿Habrá que darle la razón a Colt? A ver, quién desenfunda antes…

Añade a todo lo dicho la brecha que se produce con las nuevas tecnologías y la capacidad de poseer datos. ¿Están las nuevas plataformas de redes contribuyendo a una igualdad real, o son instrumentos al servicio de una nueva riqueza que consiste en la manipulación de las masas a base de información privilegiada?

¿Somos iguales ante la ley o la desigualdad viene en función del mayor conocimiento que se tenga de las personas? ¿Quiénes pueden tener acceso a tales datos y cómo utilizarlos?

Ahora la lucha está en poseer información, algoritmos y datos, que seguro valen más que los dólares. Sigamos, mientras tanto, creyéndonos el discurso ideológico de la igualdad: sin diferencia entre sexos. Quedémonos en los géneros, que ya vendrá la sustancia.

Veremos entonces dónde queda la participación equitativa, la no discriminación, la igualdad de oportunidades y el reconocimiento del valor de todas las personas…

El discurso político de la igualdad es una conveniencia ideológica que les viene igual de bien al capitalismo ramplón que al comunismo rampante. Una ilusión medida, democrática y, por supuesto, envenenada.

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