Hasta no hace mucho, ideas e ideologías, sistemas y escuelas, métodos y argumentaciones pugnaban entre sí, en el campo abierto del pensamiento racional, sobre los fundamentos y principios que sustentaban los diferentes arquitrabes de sus tendencias. Podríamos afirmar que, en sus dialécticas, a veces contradictorias, se encontraba esparcido cierto 'logos' verdadero, partícipe de una alícuota parte de la verdad, como ocurre en toda dialéctica bien intencionada.

Había incluso regímenes, de infeliz memoria, que pugnaban por verdades absolutas, y buscaban con ello el dominio perfecto sobre la sociedad y sus miembros. No digo que haya que tomarlos en consideración, ni mucho menos. Pero tenían entre sus objetivos la búsqueda de la verdad, aun cuando esta fuera extravagante y siniestra.

El comunismo y el nazismo, por ejemplo, entre otros muchos golfos, pretendieron imponer una cosmovisión monolítica del ser humano, que más valiera no hubieran nacido de tan indeseables y catastróficas que resultaron.

Ya se sabe que cuando al ser humano se le utiliza como medio bajo el paraguas engañoso de un buen fin, al fin, el individuo termina siendo la víctima de tan buenas intenciones. Hay que tener cuidado con los medios tanto como con los fines; porque los fines buenos, por óptimos que sean, no justifican los medios.

La dignidad de la persona no hay que perderla de vista, bajo ningún concepto, en ningún tramo del sistema. De esto nos ha dado suficientes lecciones la historia, para el que quiera leerla adecuadamente, porque cada vez van quedando menos leyentes.

El caso es que la verdad, por fas o nefas, ha sido víctima propiciatoria de cuantos han querido acceder a ella por medios inadecuados. Siento la necesidad de decir que, hoy como antaño, la verdad sigue siendo víctima y no objetivo, que sería lo deseable. De otra manera, más sutil, pero mártir, al fin y al cabo '¿Y qué es la verdad?', preguntaba, con mucha facundia, el prefecto Poncio al reo judío. Si todos nos lavásemos las manos, seguiríamos aceptando, 'sin querer queriendo', la perversión de la verdad, que anda indigente y descalabrada entre tantos razonamientos filosóficos: que si escépticos y sibilinos, que si racionalistas y espirituales, que si inmanentista y trascendentales, hasta en litigios de religiones comparadas.

Expuesta, en tal guisa, a tantas corrientes relativistas, la pobre transita, sin saber muy bien por dónde se anda. Su opositora, la mentira, sin embargo, es tan aparente que, siente como si tuviera más trascendencia que todo el parlamento español al completo, cuando se presenta en sociedad con mejores y más elegantes galas.

Tiene la mentira muy buen repertorio de costura, buenas gasas y mejor maquillaje. Sabe que el atractivo del acicalado dice más que una disertación. Y como nos conmovemos por escaparate y apariencia, entiende que se vende más por la buena presencia que por el contenido.

No digo que el aspecto tenga que ser diabólico, que de sobra sabemos que andan juntos cuerpo y alma, fondo y forma, materia y espíritu, y todas cuantas 'dualidades unidas', que algunos noveles maniqueos quisieran separar. A esto me refiero, porque para buscar la verdad hay que saber mucho de la mentira, saberla identificar, tanto como a la verdad, y poder tomar, con discernimiento y sensatez, el camino adecuado que sale al encuentro. Ante tanta oferta mentirosa, es urgente salirle al paso, hacerle cara, y no dejar que manche todo lo que roza, que ya va siendo mucho. Porque hoy no existe el camino de la razón, que la identificaría de inmediato; sino el de los sentimientos.

La verdad era puesta en entredicho en el ágora de la inteligencia. Las corrientes de pensamientos discutían (dialogaban) y hasta se mataban por conseguirla. Mejor o peor, establecían reglas, principios y referencias que, aunque fueran contrarias, servían para vivir, o bien morir, si fuera preciso. La gente creía y buscaba la razón de su creencia, la razón para su sinrazón, o la mentira para poderla llevar, tanto da; pero fundamentaba lo que quería, razonaba lo que convenía, y hasta mataba por vivir mejor su propia muerte. ¡Ya ni apetece!

En la actualidad, la verdad es víctima del impacto emocional que las nuevas ideologías, con cara de democracia, manejan magistralmente. La verdad ha sido destronada por el sentimentalismo. ¿Dónde reside ahora la Ética anclada en la verdad? ¿Dónde los conceptos de 'importancia' 'valor' 'libertad' 'virtud'? Estamos siendo destronados por el emocionalismo relativista, que, indiferente a la verdad, hace desembocar todo en el `me gusta' 'me parece' 'me siento bien' 'me siento hombre' 'me siento mujer'… ¿Dónde vamos con el tocino convertido en velocidad?

Se ha excomulgado a la verdad, como en su día lo hizo el nazismo, en pro de un nuevo sentimiento subjetivo, de mentalidades expuestas, cada vez más, a la manipulación objetiva de quienes lo propugnan. Se hace prevalecer la opinión por encima de la verdad, el diálogo por encima de la razón y la sensación térmica por encima del termómetro.

El significado de las palabras ha sido sustituido por el efecto emotivo que crean en la mente ciudadana. Consiste en desalojar la verdad y promocionar la opinión. ¡Qué bien sabe aderezarse la mentira de la falsa democracia! Han convertido la verdad en anatema, sencillamente porque pone en entredicho cualquier opinión. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

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